Encontrar en el plato una vieja, un cherne o una sama pescados esa misma mañana frente a las costas de Tenerife es cada día más difícil y más caro. Detrás de esa escasez no hay una sola causa, sino una suma de factores que estrangulan a la pesca artesanal de la isla, la que faena con embarcaciones de pequeño calado y artes tradicionales, y que es la que de verdad abastece de pescado fresco de kilómetro cero.
Tenerife cuenta con unas 235 embarcaciones artesanales organizadas en diez cofradías repartidas por toda la isla. Es una flota envejecida, con escaso relevo generacional y cada vez menos tripulantes dispuestos a dedicarse a un oficio duro y poco rentable. La falta de marineros, un problema que el sector pesquero ha trasladado estos días a los partidos de cara a las elecciones, amenaza con dejar amarradas buena parte de esas barcas en los próximos años.
El principal golpe llega por el combustible. El gasóleo que mueve a la flota se ha encarecido hasta situarse muy por encima de lo que el sector considera asumible, con precios que rozan o superan los dos euros por litro. El problema es que el pescador no puede trasladar ese sobrecoste al cliente, porque el pescado se vende a través de la lonja y los márgenes no los controla la propia barca. El resultado es que muchos patrones se lo piensan dos veces antes de soltar amarras: salir a faenar puede acabar costando más de lo que se ingresa con la venta.
A la crisis económica se suma la ambiental. Las capturas son cada vez menores y más imprevisibles. El calentamiento del agua altera el comportamiento de las especies, y la pesca de bajura, dedicada al pescado pequeño y al marisco, convive además con un clima cada vez más adverso, con sucesión de borrascas, vientos y temporales que rompen cualquier previsión y reducen los días hábiles para salir al mar. Especies de temporada como el atún rojo, por su carácter migratorio, no garantizan ingresos estables a lo largo del año.
Mientras el producto local se vuelve más escaso y costoso de obtener, los mostradores se llenan de pescado importado a precios con los que la flota artesanal no puede competir. En supermercados y pescaderías abunda el género traído de Asia y América Latina, mucho más barato, que hunde aún más la rentabilidad de quienes pescan en aguas canarias. El modelo, denuncia el sector, penaliza a la pequeña pesca local y premia la importación.
El otro extremo de la cadena tampoco ayuda. El consumo de pescado se ha desplomado en Canarias, donde se ha pasado a una media de unos trece kilos por persona y año, muy por debajo de las cifras de hace una década. Esa caída de la demanda arrastra consigo el cierre de pescaderías tradicionales, muchas sin relevo al frente, y debilita todavía más el circuito que llevaba el pescado local de la lonja al plato.
La combinación de todos estos elementos explica la paradoja: en una isla rodeada de mar, el pescado capturado en sus propias aguas se ha convertido en un bien escaso y caro, a menudo reservado a la restauración o a quien puede pagarlo. Las ayudas públicas, tanto del Gobierno autonómico para los barcos grandes como del Cabildo de Tenerife para las embarcaciones pequeñas, alivian puntualmente la situación, pero el sector reclama soluciones estructurales —desde una rebaja del IVA del pescado hasta un apoyo real a la renovación de la flota— para que la pesca artesanal no acabe desapareciendo y, con ella, el pescado fresco de la isla.




