Cada campaña electoral revive una vieja ilusión ilustrada: la idea de que los ciudadanos decidirán su voto después de comparar serenamente programas y propuestas. Sin embargo, desde Aristóteles sabemos que la política nunca ha sido solamente un ejercicio de razón. Es también, y quizá, sobre todo, un arte de la persuasión.

Esta observación adquiere una dimensión particular a la luz de una reflexión de Jean‑Jacques Kourliandsky, justo en estos dias: «La democracia, en Brasil como en América Latina y en otras partes del mundo, está en crisis. Su dinámica se funda cada vez menos en la razón para convencer y debatir, y más en la persuasión y en la manipulación del inconsciente». Pero quizá el aspecto más sugerente de su análisis no se encuentre en la persuasión misma, sino en la contradicción económica y social que la hace posible. En su artículo Democracia, evangelismo y reacción conservadora, Kourliandsky sostiene que, en diversos países latinoamericanos, la vida política tiende a expresar los intereses de minorías económicamente privilegiadas y que esa paradoja se sostiene mediante instrumentos culturales capaces de fabricar consensos. La referencia a la persuasión puede llevarnos fácilmente por un camino equivocado. La política siempre ha persuadido. No hay nada novedoso en ello. Los seres humanos no se movilizan únicamente mediante argumentos racionales. También lo hacen a través de símbolos, expectativas, emociones y creencias compartidas. La persuasión acompaña a la política desde sus orígenes. La cuestión verdaderamente interesante se encuentra en otra parte. No en la persuasión, sino en la contradicción sobre la que ésta actúa. Kourliandsky llama la atención sobre una realidad que atraviesa buena parte de América Latina. Nunca tantos ciudadanos habían gozado formalmente de los mismos derechos políticos. Nunca había sido tan amplia la condición de ciudadanía. Sin embargo, esa igualdad reconocida jurídicamente convive con diferencias económicas cada vez más profundas. La contradicción no se encuentra entre igualdad y desigualdad como conceptos abstractos. Se encuentra entre la promesa de igualdad y la experiencia cotidiana de millones de personas. La ley reconoce ciudadanos iguales. La economía distribuye oportunidades desiguales. La globalización ha contribuido a profundizar esta distancia. No porque haya creado la desigualdad, que forma parte de la historia latinoamericana desde mucho antes, sino porque ha ampliado las ventajas de aquellos grupos capaces de integrarse en los circuitos financieros, tecnológicos y comerciales que operan a escala internacional. Mientras algunos sectores participan directamente de esos beneficios, otros permanecen alejados de ellos. La consecuencia es visible en toda la región. La ciudadanía se universaliza mientras las oportunidades se concentran. Lo importante no es solamente la desigualdad material resultante, sino la necesidad de explicarla. Ninguna sociedad puede convivir indefinidamente con una distancia tan marcada entre la igualdad que proclama y la desigualdad que experimenta sin producir relatos capaces de otorgarle significado. Es en este punto donde adquiere relevancia el análisis de Kourliandsky sobre el fenómeno religioso y, particularmente, sobre el auge del evangelismo político en América Latina. En Democracia, evangelismo y reacción conservadora, el autor interpreta el crecimiento de estas corrientes no sólo como un fenómeno religioso, sino también como una respuesta cultural a las tensiones producidas por sociedades profundamente desiguales. Desde esta perspectiva, la teología de la liberación y la teología de la prosperidad pueden entenderse como dos respuestas diferentes a una misma pregunta. La teología de la liberación interpretó la desigualdad como el resultado de estructuras económicas e históricas que debían transformarse colectivamente. La pobreza era vista como una realidad social antes que individual, y la justicia ocupaba el centro de la reflexión. La teología de la prosperidad recorrió un camino distinto. Allí donde la primera dirigía la mirada hacia las estructuras, la segunda la dirigió hacia el individuo. El éxito económico pasó a ser interpretado como una posibilidad personal asociada al esfuerzo, al emprendimiento, a la disciplina y a la bendición divina. La esperanza dejó de depositarse principalmente en la transformación del orden social para situarse en la capacidad de cada persona para prosperar dentro de él. Un liberalismo evangélico. Lo de Bolsonaro, para entendernos, padre e hijo. Más allá de sus diferencias doctrinales, ambas corrientes, la de la liberación y la de la prosperidad, parten de una misma inquietud. Intentan responder a la misma pregunta: ¿cómo explicar la permanencia de profundas desigualdades en sociedades que se presentan a sí mismas como comunidades de iguales? Brasil representa hoy uno de los escenarios donde esta tensión aparece con mayor claridad. La importancia de sus elecciones no radica únicamente en el tamaño del país ni en su peso económico regional. Tampoco se limita a los nombres de los candidatos o a la alternancia entre proyectos ideológicos. Lo que Brasil pone de manifiesto es algo más profundo: la convivencia entre una igualdad proclamada y una desigualdad persistente. Por eso sus procesos electorales resultan tan reveladores para toda América Latina. No porque anticipen el futuro político de la región, sino porque permiten observar uno de sus problemas centrales. Mientras la igualdad continúa ocupando un lugar privilegiado en los discursos, las leyes y las instituciones, la experiencia cotidiana de amplios sectores de la población sigue marcada por diferencias profundas en riqueza, oportunidades y expectativas. ¿Y qué pasa si la persuasión altera las elecciones?