Un estimado amigo me escribió, textualmete, que desde mi reciente jubilación puedo hablar de política sin pelos en la lengua. No es correcta esa apreciación, porque llevo escribiendo artículos de opinión, profesionales o académicos sobre ciencia política, sociología, economía o teología, que son los ámbitos académicos en lo que me he formado a nivel universitario, más de cuarenta años, en distintos medios de comunicación y en las redes sociales cuando llegaron. Siempre he sido sincero, fiel, con lo que pienso y también creo. Además, por respeto a los que me leen o escuchan en la radio o televisión, he propuesto y expresado lo que tenía que decir en cada momento en toda su crudeza y veracidad.
Nunca me he achicado ante nadie y cuando he tenido que decir lo que convenia, aunque no gustara al destinatario público de turno, lo plasmaba y lo sigo haciendo tal cual era o es preciso. No ha sido fácil, porque algunos políticos no admiten la mínima critica que se le pueda hacer. Están tan engordados de alabanzas por los bufones que les rodean y que ellos mismos escogen cuidadosamente para escuchar las adulaciones oportunas y diarias, cual medicina ansiolítica, para mantener vivo su egocentrismo vanidoso, que cualquier contratiempo que se desvíe del guion preestablecido los pone nerviosos, furiosos y pierden la cordura.
Lo dicho viene a cuento sobre la capacidad de encaje de algunos personajes, que son verdaderos yoyó, que para los jóvenes que no conocen lo que es, su definición significa un juguete de origen chino, que consiste en dos discos pequeños unidos por un eje en torno al cual se ata y enrolla una cuerda por la que se lo hace subir y bajar de manera sucesiva a impulsos de la mano. Es decir, vivir cansinamente en torno a si mismo. Al que se atreva a contradecirlos hay que callarlo, silenciarlo y si es posible anularlo de cualquier posibilidad de presencia o actividad, que pueda producir apoyos contraproducentes a la mayor gloria del narcisista de turno. Ya Napoleón Bonaparte lo dejó diáfanamente explicitado “la masa busca al líder, no porque lo estime sino por interés y el líder acepta a la masa por vanidad o por necesidad”.
La verdad es un lujo casi inalcanzable en la política actual, nadie reconoce errores, que por cierto es señorío, sino que siempre busca y encuentra culpables en los demás, los que se encuentran enfrente o en la penosa disculpa, repetida machaconamente, de la herencia recibida de los gestores anteriores, sin que se den cuenta que, a lo mejor, ellos o ellas, van a dejar una herencia peor de lo que en su día encontraron cuando llegaron a tocar poder.
Lo que sí está de moda es la demagogia, que es la práctica política consistente en ganarse con halagos el favor popular o lo que es peor, la degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder. No podemos olvidar que el gran pensador de la modernidad, el eminente sociólogo Max Weber sentenció que “desde la aparición del Estado constitucional y más completamente desde la instauración de la democracia, el demagogo es la figura típica del jefe político en Occidente.”
Se les llena la boca de promesas relativas a la justicia, progreso, seguridad, que se quedan siempre en el limbo de su cumplimiento cuando se llega al objetivo perseguido, que no es otro que ostentar el poder y sobre todo, mantenerlo a costa de lo que sea, pasando por encima de cualquier obstáculo que lo impida, ya sea material o personal. Persuadir a alguien con argucias o halagos es lo que se estila en la política contemporánea. Se ha convertido en el circo de los embaucadores, intentando seducir la voluntad de los ciudadanos con habilidad engañosa, encanto teatral o argumentos espurios. Tenemos una mayoría de la clase política anodina y farsante, es una realidad incuestionable.




