Canarias vive de espaldas a su propio campo. La Universidad de La Laguna recogía en 2019 que las islas importan más del 80% de los alimentos que consumen y que, ante un desabastecimiento, la cobertura sería de apenas una semana. Esa cifra tiene años y conviene tomarla como orden de magnitud, pero el diagnóstico se repite en todos los estudios: el Archipiélago produce poco de lo que come y tiene muy poco margen si el suministro exterior falla.

Un estudio publicado en BMC Public Health en 2022 y firmado por investigadores canarios calculó que la dieta media se acerca a las tres mil kilocalorías diarias por persona, con un coste cercano a ocho euros al día, y que los productos importados, más baratos por unidad de energía, aportan la mayor parte de los hidratos de carbono y las grasas. Lo que se produce en las islas pesa menos justo en lo que más llena el carro de la compra.

A ello se suma un consumo que no se limita a los residentes. Dos millones de habitantes y millones de turistas comparten una despensa que crece menos que la demanda.

El campo canario no parte de cero en todos los frentes. La papa es el mejor ejemplo. En Gran Canaria se cultivan unas 1.200 hectáreas que dan en torno a 49 millones de kilos al año, y cerca del 60% de la papa que se consume en la isla es local, según los datos que maneja el Cabildo. Canarias es además la cuarta comunidad que más papas consume, con 31,75 kilos por persona al año.

Las hortalizas, las legumbres y los tubérculos cuentan otra historia. Un trabajo de fin de grado de la Universidad de La Laguna que compara Canarias y Baleares entre 2010 y 2024 concluye que el autoabastecimiento de este grupo de productos cayó en las islas del 94% al 74%, mientras que en Baleares se mantuvo estable por encima del 100%. Se trata de un trabajo académico de grado, no de una estadística oficial, pero señala una tendencia que coincide con la que describen los propios agricultores.

La ganadería y los productos de granja completan la lista de oportunidades. Huevos, leche, queso de cabra y carnes locales figuran entre los renglones donde el Gobierno canario ha ido reforzando ayudas a través del POSEI adicional.

La superficie agraria no se aprovecha. En Gran Canaria, solo el 38,83% está en uso y el 61,17% permanece sin cultivar, según el mapa de cultivos del Gobierno de Canarias. COAG Canarias cifra en 76.000 las hectáreas hoy sin labrar en el conjunto de las islas, de las cuales más de 8.000 se abandonaron hace poco, 3.256 de ellas en Tenerife.

El paisaje de abandono convive con una paradoja. El precio de la tierra agrícola subió cerca de un 3% en un año, una de las mayores alzas del país, y una hectárea puede llegar a costar 280.000 euros, sobre todo en fincas de plátanos. Para quien quiere empezar, el acceso a la tierra es una barrera casi insalvable. Los cabildos intentan paliarlo con bancos de tierras que pongan fincas en desuso al alcance de nuevos productores.

En los últimos diez años cerca de 5.000 agricultores han dejado la actividad. En 2023, un reportaje de la televisión autonómica situaba la edad media del sector en 55 años y advertía de que muchos productores vendían por debajo de su coste.

Hasta el productor local necesita importar. Piensos, material genético, instalaciones y medicamentos llegan de fuera, lo que, según un estudio de las universidades canarias sobre el sector cunícola, encarece la producción por el transporte, a lo que se añade una elevada densidad de población y un territorio orientado al turismo que reduce el espacio disponible para las explotaciones.

El Gobierno canario avisó este mismo mes a Bruselas de que la financiación del POSEI se ha mantenido prácticamente invariable durante años mientras suben los costes, y reclama actualizar las compensaciones europeas para sostener las explotaciones y ampliar la producción local.

La herramienta fiscal con la que se intenta equilibrar la competencia con el producto importado es el AIEM. Se trata de un arbitrio reconocido por la Unión Europea para las regiones ultraperiféricas, y en su revisión de 2020 se elevó entre un 5% y un 15% para carnes de porcino, caprino y pollo, papas, cebollas y vino de fuera. Las organizaciones agrarias lo defienden y sostienen que no es la causa del encarecimiento de la cesta de la compra, porque la diferencia de precio entre lo importado y lo local sigue siendo notable. Otros actores sostienen lo contrario, de modo que el debate sigue abierto.

El sector agrario lleva años reclamando que la hostelería compre más producto de las islas. Asaga Canarias Asaja ha impulsado con ese fin el proyecto “Crecer Juntos”, que busca sumar al sector hotelero para aumentar el autoabastecimiento y ofrecer producto local de calidad. Que el visitante coma de aquí o de fuera es, hoy por hoy, una decisión de cada establecimiento.

Nadie plantea que las islas puedan alimentarse solas. La cuestión es cuánto más pueden producir, qué productos tienen sentido y qué hace falta para que el agricultor pueda vivir de ello. Aumentar el peso de papas, hortalizas, huevos o queso local exige tierra accesible, relevo generacional, costes soportables y ayudas actualizadas. Mientras eso no ocurra, una isla seguirá dependiendo de que el siguiente barco llegue a tiempo.