Hay acontecimientos que nos devuelven, de manera abrupta, a la conciencia de nuestra propia fragilidad. La tragedia ferroviaria de Urda, con 69 víctimas mortales, y la muerte de Jesús de Miguel, futbolista del CD Tenerife, han proyectado sobre estos días una tristeza difícil de esquivar. La muerte de Jesús de Miguel tuvo además la crudeza de aquello que sucede ante la mirada de todos. Silencio, angustia e impotencia y la muerte irrumpió con una brutalidad inesperada. En Urda, 69 personas no llegaron nunca a su destino. Detrás de cada una de ellas había una biografía irrepetible, una red de afectos, proyectos, recuerdos y esperanzas. Es difícil contemplar tragedias así sin experimentar ese desasosiego silencioso que nace cuando comprendemos que la existencia humana descansa sobre una certeza tan elemental como incómoda: ignoramos el tiempo que nos ha sido concedido. Quizá por eso he vuelto estos días a la Consolatio ad Marciam de Séneca. No es un texto sobre la muerte, sino sobre quienes permanecen. Sobre quienes tienen que seguir viviendo después de haber conocido una pérdida que parece imposible de aceptar. Marcia llevaba años encerrada en el duelo por la muerte de su hijo y Séneca le escribe con una severidad que hoy puede parecer incómoda. Desde las primeras páginas advierte que no pretende ofrecer consuelos fáciles. Non permulceo te nec extenuo calamitatem tuam. No pretendo endulzar tu dolor ni disminuir tu desgracia. Difícil encontrar una definición más honesta de la consolación. El filósofo sabe que ninguna palabra puede reparar una ausencia, y su Consolación no va por allí, Seneca intenta algo distinto, no pretende convencer a Marcia de que la muerte no sea dolorosa, quiere impedir que el sufrimiento termine ocupando toda su existencia. Y lo hace con razonamiento no con persuasión. Por eso la obliga a mirar de frente una verdad que solemos mantener alejada de nuestro pensamiento cotidiano: Mortalis nata es mortalesque peperisti. Mortal naciste y mortales engendraste. Lo hemos olvidado. Somos mortales, y probablemente solo uno estoico podía decirlo. Vivimos como si la pérdida fuera una anomalía, cuando forma parte de la condición misma de la existencia. Sabemos que somos mortales, pero rara vez vivimos conforme a ese conocimiento. Y, sin embargo, la reflexión de Séneca no desemboca en el pesimismo. Al contrario. En uno de los pasajes más hermosos de toda la obra, recuerda a Marcia algo que el dolor le impide ver: Ipsum quod habuisti, quod amasti, fructus est. Haberlo tenido, haberlo amado, ése es ya el fruto. La observación es sencilla y, precisamente por eso, profunda. El duelo concentra la mirada en lo que ha sido arrebatado, Séneca invita a considerar también aquello que ninguna muerte puede destruir: que ese amor existió, que esos años fueron vividos, que aquella presencia formó parte de nuestra vida. Pensamos inevitablemente en todo lo que quedó interrumpido. En los proyectos que no llegarán a realizarse. En las palabras que ya no podrán pronunciarse. Pero la realidad de una vida no se reduce a la forma en que termina. También está hecha de todo aquello que ocurrió antes, de los vínculos que creó y de la huella que dejó en quienes la compartieron. Marcia no debería considerar perdido el tiempo compartido con su hijo. El proprio hecho de haberlo tenido, amado y educado constituye un bien y en definitiva no es la duración lo que determina el valor de una existencia. Séneca plantea además una cuestión que orienta toda su reflexión, se pregunta utrum magnus dolor esse debeat an perpetuus. si el dolor debe ser grande o perpetuo, puesto que ningún duelo admite calendarios ni prescripciones externas. Es una pregunta filosófica sobre si el amor exige permanecer para siempre prisioneros de la ausencia y la respuesta estoica es exigente. El estoicismo es exigente. Reconoce que el sufrimiento puede ser inevitable, pero convertirlo en nuestro único horizonte es otra cosa y debemos evitarlo para contemplar la vida. Y acaso sea esto lo que más conviene recordar en jornadas como estas. No existe explicación capaz de reparar la pérdida de un hijo, de un hermano, de un amigo o de una persona amada. Hay un tiempo para el dolor que sólo pertenece a quienes lo padecen. Pero llega también un momento en que el recuerdo deja de estar unido únicamente al instante de la muerte y vuelve a contener la vida entera de quien se ha ido. A las familias de las víctimas de Urda, a los seres queridos de Jesús de Miguel y a todos aquellos que hoy conviven con la ausencia, Séneca ofrece la certeza de que el amor compartido forma parte de nosotros de una manera que ninguna pérdida puede deshacer.
Haber tenido. Haber amado. Ése es ya el fruto.
Ipsum quod habuisti, quod amasti, fructus est.




