Luis de Guindos encara sus últimas semanas como vicepresidente del Banco Central Europeo con un mensaje claro para España: la economía sigue creciendo por encima de otros socios europeos, pero ese ritmo no se va a mantener igual durante la segunda mitad del año. El economista español, que abandonará oficialmente el cargo a finales de mayo tras ocho años en Fráncfort, ha advertido este domingo de que el país tendrá que prepararse para una desaceleración y ha reclamado además que España no pierda influencia dentro del organismo monetario europeo.
El BCE acaba de cerrar una nueva reunión sin mover los tipos de interés, pero con un escenario cada vez más complicado por la subida del petróleo, la tensión en Oriente Próximo y el frenazo del crédito. En ese contexto, De Guindos reconoce que España ha resistido mejor que Alemania, Francia o Italia en los últimos trimestres, aunque insiste en que esa diferencia no garantiza inmunidad. “Habrá una desaceleración”, viene a resumir su diagnóstico, apoyado en la pérdida de dinamismo que ya empiezan a reflejar varios indicadores de consumo e inversión.
La advertencia tiene importancia porque llega desde una de las voces españolas con mayor peso dentro de la política monetaria europea. De Guindos ha vivido desde dentro la pandemia, la escalada histórica de la inflación y el endurecimiento de tipos, y sostiene que ahora el principal problema es la suma de varios factores que pueden enfriar la actividad: financiación más cara, empresas retrasando inversión, familias con menor capacidad de gasto y un escenario internacional muy inestable.
Aunque evita hacer pronósticos alarmistas, sí deja claro que el crecimiento que España ha vendido como uno de sus principales activos no será tan sólido si Europa entra en una fase de menor consumo y menor producción industrial. De hecho, dentro del BCE ya se trabaja con la idea de que el segundo semestre puede ser más débil de lo esperado si el precio de la energía sigue presionando y si no mejora la confianza empresarial.
Pero el mensaje de De Guindos no se ha quedado solo en la economía. También ha lanzado una advertencia institucional: España no puede quedarse fuera de los centros de decisión del Banco Central Europeo una vez termine su mandato. A partir del 31 de mayo, el asiento español desaparece temporalmente del comité ejecutivo y el propio vicepresidente saliente considera que Madrid debe mover ficha para colocar cuanto antes a otro representante en uno de los puestos que se renovarán a partir de 2027.
No es una cuestión menor. En el comité ejecutivo del BCE se toman las decisiones que afectan a los tipos de interés, al control de la inflación, a la supervisión bancaria y a la respuesta frente a posibles crisis financieras. Perder presencia en esa mesa significa perder capacidad de influencia en un momento especialmente sensible para la economía europea.
De Guindos incluso desliza que España, por tamaño económico, tendría argumentos para aspirar a algo más que una vocalía y competir por la futura presidencia cuando Christine Lagarde deje el cargo. Esa posibilidad todavía está lejos, pero confirma que el Gobierno y el Banco de España tendrán que empezar a trabajar desde ya en una negociación diplomática que no será sencilla.
Mientras tanto, el economista español también ha dicho que Europa tendrá que asumir un papel mucho más autónomo si Estados Unidos reduce su implicación en la defensa y en el apoyo económico al continente.
Son mensajes que van más allá de una despedida personal. Lo que De Guindos está dejando en sus últimos días es una hoja de advertencias: menos crecimiento del previsto, más incertidumbre internacional y una batalla abierta para que España no pierda voz en Fráncfort.
Después de años con el foco puesto en la inflación, el BCE empieza a mirar otra vez al crecimiento.
Y España, según uno de sus hombres allí dentro, no está al margen de ese cambio.







