Texas atraviesa uno de los episodios más devastadores de su historia reciente. Las intensas lluvias provocaron súbitas inundaciones que arrasaron varias comunidades del centro del estado. La tragedia comenzó la madrugada del 4 de julio, cuando fuertes precipitaciones, alimentadas por los restos de la tormenta tropical Barry, desataron una crecida violenta del río Guadalupe. En cuestión de horas, el nivel del agua se disparó hasta alcanzar los nueve metros, dejando tras de sí un rastro de destrucción, muerte y angustia.
Las lluvias golpearon con mayor fuerza la región montañosa conocida como Hill Country, donde se ubican varios campamentos de verano. El agua lo cubrió todo: caminos, viviendas, puentes, instalaciones recreativas. Lo que horas antes era una zona de retiro y descanso se convirtió en un campo de desastre. Las autoridades han confirmado al menos 52 muertos, entre ellos 15 menores de edad, aunque la cifra podría aumentar, ya que más de 37 personas siguen desaparecidas. La mayoría de las víctimas fueron arrastradas por la corriente sin previo aviso. En el condado de Kerr, uno de los más afectados, se han notificado más de 40 muertes, muchas de ellas ocurridas en instalaciones como el Camp Mystic, un campamento cristiano femenino. Allí, el río creció con tal velocidad que las niñas alojadas en las cabañas no tuvieron tiempo de escapar. Algunas lograron aferrarse a los árboles. Otras no tuvieron tanta suerte.
Los relatos de los supervivientes son estremecedores. Tonia Fucci, residente de Comfort, describió cómo vio pasar casas rodantes, muebles y árboles por la corriente desatada, como si fueran juguetes. Otros cuentan que debieron nadar durante minutos en completa oscuridad mientras escuchaban los gritos de auxilio a su alrededor. Uno de los casos más impactantes fue el de dos hermanos que lograron escapar de su cabaña trepando hasta el techo y nadando hasta un terreno más alto justo antes de que la estructura se viniera abajo.
La respuesta de las autoridades fue inmediata, pero limitada por la magnitud del desastre. Más de 850 personas fueron rescatadas en las primeras 36 horas, muchas de ellas gracias al despliegue de helicópteros de la Guardia Nacional y equipos de emergencia. En total, más de 200 rescates aéreos fueron necesarios para evacuar a personas atrapadas en tejados, árboles o automóviles sumergidos. El gobernador Greg Abbott declaró el estado de emergencia en varios condados y prometió recursos ilimitados para continuar las labores de búsqueda y recuperación. “No descansaremos hasta encontrar a cada uno de los desaparecidos”, afirmó en una conferencia de prensa.
Muchos residentes y expertos han señalado que las alertas meteorológicas llegaron tarde o fueron demasiado vagas. El Servicio Meteorológico Nacional, que ha sufrido recortes presupuestarios en años recientes, no anticipó la velocidad ni la violencia de la tormenta. Algunas autoridades locales han criticado al gobierno federal por la falta de inversión en sistemas modernos de detección y advertencia temprana, lo que habría podido evitar parte de la tragedia.
En las próximas semanas, el estado se enfrenta al duro trabajo de recuperación, mientras decenas de familias lloran a sus muertos o siguen buscando a los desaparecidos. Los caminos destrozados, las casas destruidas y los recuerdos flotando entre los escombros son apenas la parte visible de un drama que quedará marcado en la memoria colectiva de Texas. Las autoridades han pedido a la población mantenerse alejada de las zonas de riesgo y permanecer alerta, ya que los suelos saturados podrían causar nuevos deslizamientos o crecidas. Mientras tanto, la solidaridad se multiplica: iglesias, escuelas y centros comunitarios han abierto sus puertas para recibir a los damnificados.
Texas se levanta sobre el lodo, entre lágrimas y con la esperanza de que esta tragedia sirva para aprender, prevenir y proteger mejor a sus comunidades más vulnerables.







