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domingo, 30 noviembre,2025

Destruir la herencia es destruir la civilización: una advertencia económica

La preferencia temporal como fuerza civilizadora y su colapso cuando se elimina el legado familiar

La herencia es uno de esos conceptos que se suelen discutir desde la emoción, pero su raíz económica es mucho más profunda. Es una práctica que nace de la misma estructura de la acción humana, de cómo organizamos el tiempo, de cómo pensamos el mañana. Si entendemos eso, vemos que la herencia no es un privilegio surgido del capricho, sino un mecanismo civilizador que empuja a la sociedad hacia un horizonte más amplio del que cada individuo puede recorrer por sí solo.

La idea clave está en la preferencia temporal. Cada persona valora el presente y el futuro en distintas proporciones. Si doy prioridad absoluta al hoy, consumo todo lo que tengo. Si reduzco mi preferencia temporal, empiezo a ahorrar. Renuncio a gratificaciones inmediatas, acumulo capital y lo transformo en herramientas, máquinas, infraestructuras, educación, conocimiento. Esa renuncia libera recursos que se convierten en inversión, y la inversión es el acto que multiplica la productividad. Es lo que permite que existan más bienes y mejores servicios. Todo progreso material nace de este fenómeno.

Ahorrar no es solo guardar, es sembrar. De ahí surge la riqueza.

Cuando hablamos de herencia, hablamos de algo todavía más ambicioso. No es ya un individuo pensando en su futuro, es un individuo pensando en un tiempo que él no verá. La preferencia temporal se estira más allá de la vida propia. Construyo, acumulo, ordeno y dejo algo que no disfrutaré directamente. Eso exige una visión del mundo particular, donde des a aquellos que ames tu tiempo presente y tu esfuerzo de hoy, aunque no vayas a poder ver como disfrutan de ese sacrificio, actuando hoy por el bienestar de otros que todavía no existen o son demasiado jóvenes para entenderlo.

Esa prolongación de la preferencia temporal tiene un efecto social. Las familias que consolidan capital, no importa si son grandes o pequeñas, crean continuidad. Generan nodos de estabilidad. Permiten que cada generación empiece desde un escalón un poco más alto. Esto no bloquea oportunidades, las crea. Una sociedad en la que las familias pueden transmitir bienes, negocios, formación y ahorros es una sociedad donde se acelera la acumulación de capital, y la acumulación de capital es la base de la prosperidad compartida.

La herencia, entendida así, no es una recompensa inmerecida, es el resultado natural de una conducta civilizadora. Es el mismo gesto que mueve a quien ahorra, solo que llevado hasta su límite. Es un puente entre generaciones que hace posible que se sostenga el tejido material y cultural de una comunidad.

El ahorro y la herencia comparten una lógica profunda. Ambos son un desafío al impulso de consumirlo todo, de vivir solo el presente. Ambos empujan hacia adelante, dejan huella, construyen. Son actos de disciplina y visión que permiten que la sociedad no se quede

atrapada en lo inmediato. Son, en ese sentido, los valores civilizadores por excelencia: enseñan a mirar el tiempo con responsabilidad, a valorar el esfuerzo acumulado, a entender que el progreso no nace de la nada, sino de quienes deciden postergar un placer para sembrar un futuro.

Lo que uno hereda no es solo un patrimonio. Es una declaración de confianza en la continuidad humana. Es el recordatorio de que cada generación puede dejar el mundo un poco más rico, material y espiritualmente, que como lo encontró. Y eso, al final, es la esencia de toda civilización.

Ahora bien, para entender el valor civilizador de la herencia hay que imaginar su ausencia. Si la herencia se anula, se destruye el incentivo más poderoso para ahorrar. El ahorro deja de tener sentido porque no hay continuidad. Si lo que construyes no puede trascenderte, la preferencia temporal se eleva de inmediato. El individuo se desplaza hacia el consumo presente, no por irresponsabilidad, sino por pura lógica económica, ¿para qué sacrificarte hoy si el fruto de ese sacrificio no llegará a quienes amas?

Eliminar la herencia, por tanto, no ataca solo a un mecanismo legal. Ataca al motor psicológico que sostiene la acumulación de capital. Y cuando esa acumulación se detiene, el progreso lo hace con ella. Se consumen las reservas, cae la inversión, la productividad se estanca y la sociedad retrocede, porque ninguna civilización puede mantener su estructura si cada generación empieza desde cero.

La civilización no es un milagro espontáneo, es un tejido construido durante siglos gracias a que los individuos transmiten más de lo que consumen. Destruir la herencia rompe esa cadena. Es amputar el lazo entre generaciones y condenar a una sociedad a vivir en presente perpetuo. Y una sociedad atrapada en el presente es una sociedad que deja de crecer.

Aday Moreno Pérez
Aday Moreno Pérez
Estudiante de Administración y Dirección de Empresas (ADE), comprometido con la libertad económica y el pensamiento austriaco.

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