Hace más de un año estaba leyendo Nunca, de Ken Follett, cuando me encontré con una conversación entre dos personajes que me hizo detenerme.

Tanto que saqué una foto de la página.

El protagonista explicaba su ideología política de una manera que, para muchos, podría parecer contradictoria: liberal en lo social, conservador en lo económico. Nunca votaría al Partido Socialista francés, pero en Estados Unidos sería demócrata.

El otro personaje reflexionaba entonces sobre cómo el centro político europeo se sitúa algo más a la izquierda que el estadounidense.

Recuerdo que pensé: exactamente.

Por cierto, si te interesa la geopolítica, Nunca es una novela fascinante. De esos libros que no puedes soltar y que, como acabo de comprobar, se quedan contigo mucho después de haberlos terminado. Muy recomendable.

Ayer, más de un año después, volví a pensar en aquella reflexión.

Pero esta vez no fue leyendo una novela.

Fue viendo cómo se estaban interpretando en España los resultados electorales de Estados Unidos, Brasil e Israel.

Me encontré con una publicación en redes sociales que celebraba los tres resultados como una especie de victoria internacional de la izquierda, acompañada de una frase:

“Ahora le toca a España”


https://www.instagram.com/p/DfT-eskt9t-/

Y no pude evitar pensar en aquel párrafo de Ken Follett.

No todo es rojo o azul

Ser demócrata en Estados Unidos no significa necesariamente ser socialista en España.

El Partido Demócrata reúne sensibilidades muy diferentes, desde liberales económicos hasta sectores progresistas y socialdemócratas.

De hecho, me atrevería a decir que determinados republicanos estadounidenses considerarían comunistas algunas políticas que en Europa forman parte de nuestra normalidad democrática.

Y probablemente muchos europeos que defendemos el libre mercado y la iniciativa privada tampoco compartimos determinadas políticas de Donald Trump.

Las recientes elecciones estadounidenses nos han dejado ejemplos interesantes.

En Texas, un estado tradicionalmente republicano, Gina Hinojosa ha ganado la gobernación y James Talarico se ha convertido en el primer demócrata elegido senador por el estado desde 1988.

Talarico es cristiano, tiene formación teológica y, sin embargo, cuestiona abiertamente el nacionalismo cristiano.

En Michigan, Abdul El-Sayed, médico y especialista en salud pública, se ha convertido en el primer musulmán elegido senador estadounidense. Y lo ha conseguido en un estado que votó a Trump en 2024.

Dos perfiles muy diferentes dentro de un mismo partido.

Y precisamente ahí está la cuestión: las personas no tenemos por qué encajar en una única etiqueta política.

¿Una victoria de la izquierda o de las libertades?

Y aquí es donde llego a lo que realmente me ha hecho reflexionar.

Me fastidia un poco ver cómo algunos socialistas españoles celebran estos resultados en redes sociales como si fueran una victoria de su propia ideología.

Y no porque no tengan motivos para celebrarlos, sino porque creo que estamos confundiendo conceptos.

Una cosa es celebrar que ganen determinados derechos y libertades, y otra muy distinta es apropiarse de esas victorias como si fueran patrimonio exclusivo de una ideología política.

Porque yo no lo veo así.

En Brasil, Lula ha ganado con un 51,79 % frente al 48,21 % de Flávio Bolsonaro. Una victoria legítima, pero ajustada, que refleja un país profundamente dividido.

En Israel, Netanyahu ha perdido la mayoría parlamentaria de su bloque, pero su partido sigue siendo el más votado. Eso no significa que haya ganado la izquierda.

Y tampoco hace falta mirar tan lejos. En España, el partido más votado en las últimas elecciones generales tampoco fue el que acabó formando Gobierno. Algo perfectamente legítimo en nuestro sistema democrático, pero que nos recuerda que ganar unas elecciones y conseguir gobernar no siempre es lo mismo.

Y en Estados Unidos, creo que hay cuestiones que trascienden completamente las siglas políticas.

Especialmente cuando hablamos de los derechos de las mujeres.

En 2022, el Tribunal Supremo estadounidense revocó Roe v. Wade, poniendo fin a casi cincuenta años de protección constitucional del derecho al aborto.

En Texas, una niña de doce años que se queda embarazada después de una violación no tiene derecho legal a abortar por ese motivo.

Y es imposible olvidar el caso de Adriana Smith, una mujer declarada con muerte cerebral en Georgia cuando estaba embarazada de apenas nueve semanas. Permaneció conectada a soporte vital durante casi cuatro meses porque, según denunció su familia, el hospital interpretaba que las leyes sobre el aborto impedían retirarlo.

Finalmente, su bebé nació prematuramente y se retiró el soporte vital de Adriana.

¿Hasta dónde debería poder intervenir el Estado sobre el cuerpo de una mujer, incluso después de su muerte cerebral?

Y aquí es donde quiero llegar.

No necesito identificarme con el socialismo para defender que una mujer tenga autonomía sobre su propio cuerpo.

Como tampoco necesito estar de acuerdo con todas las políticas del Partido Demócrata para considerar que determinados derechos individuales deben protegerse.

Y aunque una victoria electoral no significa que esas leyes cambien automáticamente, sí puede abrir la puerta a un debate necesario.

Para mí, no se trata simplemente de que haya ganado la izquierda.

Se trata de qué derechos y libertades queremos defender como sociedad.

¿Y eso de qué partido es?

Yo solo quiero vivir en un país donde…

Pueda amar a quien quiera sin que nadie cuestione mi libertad.

Donde las mujeres tengamos derecho a decidir sobre nuestro propio cuerpo.

Donde formar una familia no se convierta en un privilegio económico.

Donde trabajar ocho horas al día permita vivir dignamente, no simplemente sobrevivir.

Donde trabajar, esforzarme y ahorrar me permita algún día comprarme una vivienda. Y donde mis hijos también tengan esa oportunidad.

Donde emprender no signifique enfrentarse a una carrera interminable de burocracia y obstáculos.

Donde trabajar más, esforzarse más o ganar más no se perciba automáticamente como algo que deba penalizarse.

Donde tengamos una sanidad y una educación públicas de calidad.

Donde podamos ayudar a quienes realmente lo necesitan sin dejar de reconocer el esfuerzo individual.

Donde las pequeñas empresas puedan crecer y generar empleo.

Donde podamos hablar de inmigración, integración y convivencia sin que cualquier pregunta incómoda se interprete automáticamente como racismo.

Donde podamos exigir seguridad sin renunciar a nuestras libertades.

Donde discrepar políticamente no nos convierta en enemigos.

Y donde no tenga que elegir entre defender la libertad económica y defender las libertades individuales.

¿Y eso de qué partido es?