El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, rompió este lunes en la Cadena Ser un mes de silencio sobre la crisis migratoria de Ceuta, y lo hizo desplazando la responsabilidad hacia actores externos y sin reconocer ningún error en la gestión del Ejecutivo. En su primera entrevista del curso político, concedida a ‘Hoy por Hoy’ treinta y un días después de la entrada de decenas de miles de personas en la ciudad autónoma, el jefe del Ejecutivo situó buena parte del problema en una campaña de desinformación y en un bulo, más que en la respuesta de su propio Gobierno.

Sánchez negó que existan contradicciones entre sus ministros pese a las evidencias. El presidente sostuvo que no hay discrepancia entre la titular de Defensa, Margarita Robles, que aseguró que el CNI había alertado, y el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, que negó disponer de información previa sobre la magnitud de lo que iba a ocurrir. «Algunas veces, cuando se ven estas declaraciones, da la sensación de que hay contradicciones y no las hay», afirmó, para admitir a continuación que hubo informes tanto del CNI como de la Policía Nacional en los días previos, pero que «nadie predijo la avalancha», una explicación difícil de conciliar con la existencia de esos avisos.

El tramo más polémico llegó al atribuir la crisis a la injerencia extranjera. Sánchez insinuó que Rusia e Israel habrían difundido desinformación sobre lo ocurrido en Ceuta, en línea con el discurso que sus ministros Marlaska y Albares ya habían desplegado en el Congreso sobre una «guerra cognitiva» de la «internacional reaccionaria». La acusación provocó una réplica inmediata y airada del ministro de Exteriores israelí, Gideon Saar, que acusó al presidente de «mentir descaradamente» y de señalar a Israel sin fundamento. Buscar responsables en potencias extranjeras, en lugar de en la gestión de la frontera, se ha convertido en el eje argumental de un Gobierno que evita el autoexamen.

El presidente esquivó además dos de los asuntos más incómodos. Preguntado por el deseo del rey Felipe VI de visitar Ceuta, se limitó a responder que no comparte las conversaciones que mantiene con el jefe del Estado, pese a que dentro de su propio Ejecutivo se habían dado versiones contradictorias sobre quién controla la agenda del monarca. Tampoco ofreció una explicación convincente sobre su prolongada ausencia durante las vacaciones mientras la ciudad ardía, una desconexión que ha alimentado la imagen de un Gobierno «cerrado por vacaciones» que la oposición le viene reprochando.

Las reacciones no tardaron en subrayar las debilidades de su intervención. El portavoz nacional del PP, Borja Sémper, calificó la entrevista de «ensayo general del relato» que Sánchez pretende trasladar el jueves al Congreso, y le acusó de «externalizar» sus problemas buscando culpables en «un bulo o una fuerza oscura». Incluso su socio Sumar se desmarcó, al responsabilizar a Marruecos de la llegada de migrantes «por acción u omisión», en contra de la tesis exculpatoria del presidente. La entrevista, concebida para recuperar la iniciativa en el arranque del curso, dejó así la imagen de un Sánchez a la defensiva, más pendiente de construir un relato que de rendir cuentas por una crisis que, un mes después, sigue sin resolverse y que llega al Congreso convertida en el primer gran pulso político del otoño.