Hablar del emprendimiento juvenil en Canarias exige abandonar las consignas vacías y mirar de frente los obstáculos que realmente condicionan la iniciativa privada. El problema no es que los jóvenes “no quieran”, sino que el terreno que pisan está tan lleno de trabas, incertidumbre y señales contradictorias que la opción racional, para muchos, es no moverse. Entre todas las causas, sobresalen dos: la lentitud y el desconocimiento del marco legal, y la hegemonía de la salida pública como destino profesional dominante.
Emprender debería ser un trámite claro, ágil y comprensible. En Canarias, y en España en general, es todo lo contrario, una experiencia fatigosa, lenta y, sobre todo, opaca. La mayoría de jóvenes desconoce dónde darse de alta, cómo facturar correctamente, qué es un modelo tributario, cómo se declaran los ingresos o qué cuotas deben pagar. No es ignorancia voluntaria,; es que el propio sistema parece diseñado para expertos.
La consecuencia lógica es el miedo. ¿Quién se lanza a un proyecto si no sabe ni siquiera cómo cumplir la ley sin equivocarse? Los jóvenes temen a Hacienda más que al propio mercado, y con razón, una declaración mal presentada o un plazo mal calculado puede costar más que toda la facturación del mes.
A esto se suma la lentitud de los procesos administrativos, aperturas que tardan semanas, licencias que duermen en ventanillas, trámites digitales que fallan y un sistema de ayudas que promete mucho pero llega tarde. En este entorno de ineficiencia, el espíritu emprendedor no desaparece, simplemente se agota antes de nacer.
El segundo obstáculo es cultural y económico, la salida pública ha capturado el horizonte profesional de los jóvenes. Oposiciones, empleo estatal, ayuntamientos, empresas públicas, consorcios, y toda una constelación de entidades subvencionadas que abarcan desde el transporte hasta sectores enteros que en otras regiones son plenamente privados.
Según el informe de OpositaTest, Canarias es la comunidad autónoma de España con más opositores, esto se debe a la situación empresarial y de empleo en el archipiélago, que cuenta con una tasa de paro juvenil del 33,7%.
El mensaje que recibe un joven canario es claro, si quieres estabilidad, comodidad y un sueldo garantizado, oposita. Si quieres competir en igualdad de condiciones, olvídalo, las empresas subvencionadas y paraestatales ocupan buena parte del espacio productivo.
¿Para qué montar una empresa si tu competidor tiene presupuesto público, no quiebra y puede permitirse perder dinero? ¿Cómo levantar un proyecto en un mercado donde las reglas no son las mismas para todos? Esta presencia hipertrofiada del sector público asfixia silenciosamente la iniciativa privada, no porque prohíba emprender, sino porque lo hace irrelevante.
A nivel sociológico, la oposición se ha convertido en el “camino serio” y el emprendimiento en la vía excéntrica. En un entorno donde la función pública no es la excepción sino el estándar, arriesgar resulta contraintuitivo.
Los jóvenes canarios no carecen de ideas, talento o ambición. Carecen de un terreno fértil. La lentitud administrativa, el desconocimiento legal y el miedo a equivocarse se combinan con un ecosistema dominado por lo público, donde el emprendimiento es visto casi como un gesto romántico más que como una opción profesional viable.
Si Canarias quiere una juventud emprendedora, debe hacer dos cosas: simplificar radicalmente la vida del autónomo y abrir espacio real a la iniciativa privada. Lo demás, formación, inversión y entusiasmo, vendrá solo.





