Una investigación liderada por el Instituto Volcanológico de Canarias ha localizado grandes acumulaciones de magma en la base de la antigua corteza oceánica bajo Tenerife, un hallazgo que ayuda a explicar el origen de la actividad sísmica anómala que la isla registra desde 2016. El trabajo, publicado en la revista Scientific Reports, del grupo Nature, ha permitido obtener por primera vez una imagen tridimensional de la estructura profunda de la corteza y el manto superior bajo la isla, y ha revelado varias zonas de baja velocidad sísmica que se corresponden con esas bolsas de material fundido.
El estudio conecta lo que ocurre en las profundidades con lo que se percibe en superficie. Los investigadores han detectado una relación espacial directa entre esas anomalías profundas y buena parte de los terremotos localizados en Tenerife en los últimos años. La explicación que proponen es la siguiente: desde esas acumulaciones de magma situadas a decenas de kilómetros de profundidad, ascienden gases y fluidos magmáticos hacia niveles más superficiales, donde interactúan con el sistema hidrotermal de la isla. Ese movimiento de fluidos sería el responsable de una parte de los seísmos, en particular de los llamados eventos híbridos y de baja frecuencia, un tipo de temblor asociado precisamente a la circulación de gas, agua o magma bajo tierra.
El hallazgo pone cifras y ubicación a un fenómeno que los científicos venían observando desde hacía casi una década. Tenerife, la mayor de las Canarias, alberga uno de los sistemas volcánicos más complejos del archipiélago, con el complejo Teide-Pico Viejo en su centro. Desde octubre de 2016 se han registrado varios episodios de sismicidad inusual, con pulsos y enjambres de microterremotos de muy baja magnitud, acompañados de un aumento de la emisión difusa de dióxido de carbono en el cráter del Teide y de una ligera deformación del terreno. Todos esos indicios apuntaban a un sistema volcánico vivo, y este estudio aporta ahora la arquitectura profunda que los explica.
La investigación, que es fruto de una amplia colaboración internacional, no implica un aumento del riesgo inmediato. El trabajo, liderado por Víctor Ortega Ramos, investigador del Involcan y doctorando de la Universidad Complutense de Madrid, se ha desarrollado junto al Instituto Tecnológico y de Energías Renovables, la Universidad de Ginebra y el instituto portugués IVAR. Sus autores subrayan que los resultados mejoran de forma significativa el conocimiento sobre cómo se conectan las zonas de almacenamiento de magma del manto con la sismicidad y la desgasificación que se observan en la superficie, un avance clave para vigilar la isla, pero que en ningún caso anticipa una erupción.
Conviene mantener la calma sin bajar la guardia, que es la posición que sostienen los propios expertos. Los científicos recuerdan que la actividad detectada estos años se compone de microseísmos que apenas alcanzan magnitudes de 0,8, imperceptibles para la población, y que responden al comportamiento normal de un sistema volcánico activo. También advierten, por la propia historia eruptiva de Tenerife, de que una futura erupción vendría precedida de terremotos que sí serían sentidos por la población, por lo que la ausencia de esos temblores más intensos es, por ahora, una señal tranquilizadora. El valor de este estudio reside precisamente en entender mejor la maquinaria interna de la isla para poder interpretar cada nueva señal con más precisión, en un territorio densamente poblado donde la vigilancia volcánica resulta esencial.






