Pamplona despedirá este domingo una furgoneta con destino a Ceuta y un cargamento de teléfonos, baterías, cargadores y ayuda básica. Quienes la conducen son miembros de Negu Gorriak-Derecho a Techo, un colectivo navarro de perfil anticapitalista y contrario a las políticas de fronteras, que ha decidido plantarse en el enclave casi dos meses después de la llegada masiva del 30 de julio. Detrás vendrá una segunda expedición, aún sin fecha.
Repartir material es solo una parte de lo que se proponen. Sus integrantes hablan abiertamente de «poner el cuerpo como escudo» frente a lo que consideran una violencia desatada contra los migrantes, y de vigilar de cerca cómo actúan la policía, la Guardia Civil y el Ejército en la ciudad, a los que atribuyen «ataques racistas y fascistas». La palabra que han elegido para resumir su intención en Instagram es directa: «desobediencia».
La consigna que más ha corrido, sin embargo, es otra. «Gaza está en Ceuta ahora mismo», proclaman, en una equiparación entre la ofensiva israelí sobre la Franja y la situación de los migrantes en la frontera sur que extienden hasta su terreno de siempre: dicen que esa misma Gaza está también «en cada chaval magrebí» al que el Ayuntamiento de Pamplona niega el empadronamiento. El colectivo enmarca todo ello en lo que describe como el interés del capital y la industria armamentística por la posición estratégica de Ceuta.
El énfasis en los móviles tiene una explicación concreta en su relato. La organización asegura estar documentando robos y roturas de teléfonos a los migrantes, una práctica que interpreta como una forma deliberada de bloquear las peticiones de asilo, dado que la mayoría guarda su documentación en el propio dispositivo. De ahí el llamamiento que han lanzado a los vecinos de Pamplona para que donen aparatos y baterías antes de la salida.
El precedente que reivindican es el de la flotilla que trató de llegar a Gaza. Aspiran, dicen, a reproducir «de forma mucho más modesta» aquel gesto de solidaridad internacional. Un apunte necesario para no inducir a error: pese al nombre, no se trata del grupo de rock vasco Negu Gorriak, sino de una plataforma activista que ha adoptado esa denominación junto a la de Derecho a Techo.
La reacción en Ceuta ha sido, en su mayoría, de rechazo frontal. Bajo el anuncio del viaje se acumularon los mensajes de residentes que piden a la brigada que no aparezca. «No vengáis a meter más mierda de la que ya tenemos», les espeta una vecina; otros les advierten de que serán expulsados «igual» que otros grupos que llegaron antes, en un clima de hartazgo que la ciudad arrastra desde finales de julio.
La expedición se cruza con la fase más reciente de la crisis, con cerca de 1.700 personas trasladadas al campamento del puerto que la Audiencia Nacional acabó autorizando. Su llegada vuelve a poner sobre la mesa la fractura que atraviesa Ceuta desde el verano, entre quienes acuden a auxiliar a los migrantes y una parte de la población que percibe esas iniciativas como una injerencia y un factor más de tensión en una ciudad que no logra recuperar la calma.






