El buque, que hasta hace unos días operaba en el mar de China Meridional, ha abandonado sus posiciones en el Pacífico para dirigirse a las aguas del Golfo y el océano Índico, en lo que la Casa Blanca define como una de las mayores demostraciones de fuerza naval y aérea de la última década.
El movimiento responde a una directriz directa del mandatario para proteger a los ciudadanos iraníes que, desde hace semanas, protagonizan multitudinarias protestas contra el régimen teocrático de los ayatolás. Trump ha justificado esta movilización de activos estratégicos —que incluye también el desplazamiento de unidades desde bases en Europa— como una medida de disuasión necesaria para frenar la represión interna. «Estamos vigilándolos muy de cerca», advirtió el presidente sugiriendo que la presencia militar ya ha logrado frenar ejecuciones sumarias que estaban programadas por el régimen de Teherán.
La flota enviada por el Pentágono no viaja sola. El USS Abraham Lincoln navega acompañado por un grupo de ataque compuesto por destructores lanzamisiles, como el USS Spruance y el USS Michael Murphy, y se espera que en los próximos días se sumen escuadrones de cazas F-15 desplegados en Jordania y activos logísticos desde la base de Diego García. Esta acumulación de poder bélico busca enviar un mensaje inequívoco: Washington no permitirá que Irán escale el conflicto ni que bloquee pasos vitales como el estrecho de Ormuz ante la inestabilidad que vive el país.
Desde el Pentágono se ha reiterado que todas las opciones están sobre la mesa, mientras que el Departamento de Estado mantiene una retórica de máxima presión. Aunque Trump ha asegurado que preferiría no tener que usar esta fuerza, el despliegue garantiza a la Casa Blanca la capacidad de intervenir de forma inmediata si la situación de los derechos humanos en Irán cruza lo que consideran líneas rojas intolerables.







