Tenerife acaba de activar una de las apuestas energéticas más ambiciosas planteadas en Canarias en los últimos años: perforar hasta tres kilómetros de profundidad en Vilaflor para comprobar si bajo la isla existe un recurso geotérmico capaz de generar electricidad a partir del calor del subsuelo.
La operación, impulsada por el consorcio que encabezan DISA y la islandesa Reykjavík Geothermal, con participación del Cabildo de Tenerife, ya está ejecutándose. El Gobierno canario, a través del consejero Mariano H. Zapata, ha confirmado que la perforación comenzó “hace unos días” y que los trabajos están en marcha.
Energía gestionable y continua
La clave del proyecto es técnica y, a la vez, estratégica: si el sondeo verifica temperaturas altas y la presencia de fluidos en condiciones aprovechables, Tenerife podría disponer de una fuente de energía gestionable y continua —a diferencia de la eólica o la fotovoltaica—, con potencial para reducir dependencia del fuel importado y aportar firmeza al sistema insular.
En sistemas aislados como el canario, donde la seguridad de suministro y el respaldo son temas sensibles, la geotermia se plantea como una alternativa renovable capaz de operar como “base”, ayudando además a integrar más renovables variables sin penalizar la estabilidad.
Por ello este es el paso decisivo para pasar del mapa teórico a la realidad. A esas profundidades se juega la viabilidad del recurso, porque la geotermia eléctrica exige un umbral de temperatura y, sobre todo, un sistema hidrotermal que entregue caudal suficiente de manera sostenida.
Por eso, las “señales preliminares” pueden ser alentadoras, pero no determinantes: el resultado final será un paquete de datos geológicos, térmicos e hidrológicos (temperatura, presión, permeabilidad, química de fluidos) que permita concluir si se avanza a una fase de confirmación o si el proyecto se reorienta.
¿Qué escenarios se abren si la exploración es positiva?
1) Fase de confirmación con más pozos. Un resultado prometedor no suele traducirse en una central inmediata. Lo habitual es diseñar una segunda fase con pozos adicionales (productores e inyectores), pruebas de caudal, modelización del reservorio y definición del esquema de reinyección, clave para sostener el recurso y minimizar impactos.
2) Primer proyecto geotérmico eléctrico de referencia en España. Si los datos sostienen producción, el proyecto podría evolucionar hacia una planta de tamaño moderado, suficiente para aportar energía firme y reducir la necesidad de respaldo fósil en horas críticas. Su valor no estaría solo en los megavatios, sino en la continuidad: producir cuando no hay viento o sol.
3) Efecto arrastre en planificación y regulación. Un éxito en Vilaflor aceleraría permisos, ordenación territorial y debate público: ubicación exacta de instalaciones auxiliares, control ambiental, gestión del agua, ruido, tráfico de obra y compatibilidad con el entorno. También abriría la puerta a campañas de exploración en otras islas con potencial volcánico.
4) Escenario intermedio: calor sí, caudal no. Puede haber temperaturas elevadas pero permeabilidad insuficiente o caudales inestables. En ese caso, el proyecto podría requerir nuevos emplazamientos o más perforaciones, o derivar hacia usos térmicos (aprovechamiento de calor para procesos industriales o agroindustria), con menor impacto eléctrico pero utilidad local.
El arranque en Vilaflor marca un punto de inflexión. Tenerife pasa del “estudio” a la prueba definitiva. Si sale bien, la isla no solo sumará una renovable, podría ganar una pieza de estabilidad energética de gran valor para un sistema insular.







