El ministro de Transportes, Óscar Puente, y el consejero delegado de Ryanair, Michael O’Leary, han protagonizado esta semana un nuevo y agrio enfrentamiento público en las redes sociales, a cuenta de la decisión de la aerolínea de recortar más de un millón de plazas en varios aeropuertos regionales españoles. El intercambio de reproches, mensajes irónicos y descalificaciones, prolongado durante varios días, ha vuelto a situar en primer plano el peculiar estilo del titular de Transportes, que un ministro más contenido difícilmente habría alimentado, y que convierte de forma recurrente asuntos de calado en peleas dialécticas de tono personal.
El origen del choque es una disputa comercial de fondo con nombres y cifras concretas. Ryanair anunció la retirada de 1,3 millones de asientos en aeródromos secundarios como respuesta a la subida del 6,44% en las tasas aeroportuarias aprobada por la CNMC para 2026 y aplicada por Aena. El Gobierno, en cambio, atribuye el recorte a la falta de aviones de la compañía por los retrasos en las entregas de Boeing, y sostiene que las tasas españolas están entre las más bajas de Europa. Hasta aquí, un legítimo desencuentro entre una administración y una empresa, del tipo que suele dirimirse por cauces institucionales.
El problema es la forma en que el ministro elige librar esa batalla. En lugar de limitarse a defender la posición de su departamento, Puente ha entrado al cuerpo a cuerpo en X con una sucesión de mensajes cargados de retranca. «No sé chicos. Yo me he fiado de lo que dice vuestro CEO. Quizá debía haber buscado una fuente más fiable», ironizó en uno de ellos. En otro, subió el tono con un desafío difícil de imaginar en boca de otros miembros del Gabinete: «Sé sumar perfectamente. Ya sabes: si no te gustan nuestras reglas, vuela a otro sitio». El titular de Transportes remató además con un reproche personal al directivo, al recordar que «una sola persona de Ryanair se ha embolsado 100 millones de euros el año pasado».
Conviene, en honor a la verdad, situar cada cosa en su sitio: en esta ocasión los insultos más gruesos han venido del lado de la aerolínea. O’Leary difundió un vídeo doblado con inteligencia artificial, en el que aparecía hablando un español fluido, para tachar a Puente de «ministro dummy» y «fracasado», y llegó a burlarse de su nivel de matemáticas ofreciéndose a enviarle un ejemplar de «Matemáticas básicas para tontos». Que la provocación partiera del empresario irlandés, sin embargo, no exime al ministro de su responsabilidad, sino que hace más pertinente la pregunta de si el titular de una cartera de Estado debe entrar en ese terreno o mantenerse por encima de la refriega.
Y es que el episodio no es un caso aislado, sino un patrón. Puente se ha consolidado como el ministro más activo y combativo del Gobierno en las redes sociales, un espacio en el que con frecuencia responde con sarcasmo, ironía hiriente y descalificaciones a adversarios políticos, periodistas, empresarios y usuarios anónimos. Su perfil en X funciona casi como una tribuna de confrontación permanente, un estilo que sus defensores celebran como frescura y capacidad de réplica, pero que sus críticos consideran impropio de la dignidad institucional que se le presume a un miembro del Ejecutivo. Apenas unos días atrás, sin ir más lejos, el propio ministro ya había protagonizado otra polémica al cargar públicamente contra el rey emérito y contra otros cargos, en la misma línea de intervención sin filtros.
El resultado es que un asunto que afecta a miles de viajeros y a la conectividad de la España regional, con posibles pérdidas de rutas y empleos en aeropuertos de menor tamaño, ha quedado en buena medida sepultado bajo el ruido de una trifulca personal. Mientras el presidente de Aena, Maurici Lucena, acusaba a O’Leary de «mentir continuamente» por cauces más formales, el ministro optaba por medir sus fuerzas con el empresario en el barro de las redes. La pugna, que se salda sin ganador claro, deja una duda de fondo sobre el estilo de comunicación de un Gobierno que, en la figura de Puente, ha encontrado a su portavoz más beligerante, pero también a uno de los más expuestos a que la forma acabe devorando al fondo.






