Estados Unidos está viviendo una de las mayores movilizaciones civiles desde las protestas de 2020. Coincidiendo con el Día de la Bandera y el cumpleaños número 79 de Donald Trump, decenas de miles de personas salen a las calles en los cincuenta estados bajo una consigna tan contundente como simbólica: “No Kings”. Esta consigna, que apela directamente a los principios fundacionales del país y al rechazo de cualquier forma de monarquía o poder concentrado, sirvió como grito unificador en una jornada cargada de tensión, indignación y determinación.
Las marchas han sido organizadas por la coalición 50501, un grupo que ha ido ganando fuerza en los últimos años tras el debilitamiento de organismos federales, los recortes presupuestarios a instituciones como el CDC y la EPA, y las políticas migratorias consideradas por muchos como regresivas y punitivas. A este núcleo se sumaron organizaciones como ACLU, SEIU, Planned Parenthood, Black Voters Matter y decenas de colectivos ciudadanos más. Aunque sus causas variaban —desde la defensa del derecho al aborto hasta la protección del voto afroamericano—, compartían una preocupación común: el temor a que la democracia estadounidense esté cediendo ante un creciente autoritarismo.
En ciudades como San Francisco, Nueva York, Filadelfia y Los Ángeles, las protestas adquirieron un carácter masivo y festivo. Familias enteras salieron con carteles que mostraban coronas tachadas, banderas invertidas y mensajes como “Democracy, not dynasty” o “No empire, no emperor”. La creatividad fue clave: se vieron desde globos gigantes de Trump en pañales hasta adaptaciones satíricas de canciones pop coreadas en las calles, como una versión de “Y.M.C.A.” transformada en una oda a la resistencia civil. En Filadelfia, activistas disfrazados con coronas de la Estatua de la Libertad desfilaron con teatral solemnidad frente al Independence Hall, recordando el espíritu antimonárquico de 1776.
Pero no todo fue celebración. En algunos puntos del país, la jornada estuvo marcada por episodios de violencia. En Los Ángeles, la tensión escaló cuando la policía utilizó gases lacrimógenos contra manifestantes que bloqueaban una autopista. En Virginia, un conductor atropelló intencionalmente a un grupo de participantes, dejando varios heridos. Y en Minnesota, un tiroteo motivado políticamente terminó con la muerte de un legislador estatal y dejó a otro gravemente herido. Estos hechos, lejos de desmovilizar, parecieron confirmar para muchos el mensaje del movimiento: la democracia estadounidense se encuentra en una encrucijada.
Incluso en lugares inesperados como Boise, Idaho —tradicionalmente conservador— miles se congregaron frente al Capitolio estatal en una muestra de que el hartazgo no distingue ideologías ni geografías. La aparición de figuras públicas como Mark Ruffalo, Susan Sarandon o Kerry Washington, en la manifestación de Nueva York, ayudó a amplificar el mensaje. Ruffalo, con tono solemne y citando el universo Marvel, exhortó a la multitud: “No va a venir nadie a salvarnos. Somos nosotros los que tenemos que defender la democracia”.
El lema “No Kings” no solo remite al rechazo de un poder personalista, sino que conecta con el corazón simbólico de lo que significa ser estadounidense: la idea de un gobierno limitado, del pueblo y para el pueblo. En un país que nació precisamente como una rebelión contra el poder de una corona, miles de voces recordaron que la historia no se repite… a menos que se la permita. Lo que comenzó como una convocatoria descentralizada se convirtió en una declaración colectiva: Estados Unidos no quiere un rey.







