No fue un acto más, ni podía serlo. La toma de posesión de la nueva decana del Ilustre Colegio de Abogados se celebró en un escenario a la altura del momento: el Auditorio Adán Martín. Y eso, en términos institucionales, no es un detalle menor, sino una declaración de intención.
Desde primeras horas de la tarde, el recinto comenzó a recibir a colegiados, magistrados, fiscales, representantes políticos y operadores jurídicos de todo el Archipiélago y de la península. La arquitectura del auditorio, sobria y solemne, reforzaba la sensación de que no asistíamos a un simple relevo corporativo, sino a un acto de relevancia pública.
La mesa presidencial concentró el peso simbólico del momento. Autoridades judiciales y representantes de la Abogacía acompañaron a la nueva decana en una ceremonia medida, elegante y sin alardes, fiel al estilo que la profesión exige.
Mila mostró un discurso marcado por la gratitud, el reconocimiento a quienes la han precedido y el agradecimiento a la profesión. Un tono que fue expresamente reafirmado por el presidente del Consejo General de la Abogacía Española, que presidió el acto y subrayó el valor institucional de su nombramiento.
No faltó, además, la referencia expresa al decano saliente, cuya gestión durante dos mandatos fue reconocida como la de un gran decano, cercano, respetado y querido por la colegiación, y cuya labor dejó una institución sólida y cohesionada.
En su intervención, la decana reivindicó la dignidad del ejercicio profesional, la defensa del Estado de Derecho y la necesidad de un Colegio moderno, útil y cercano. Habló de formación, de turno de oficio, de digitalización y, especialmente, de independencia. Pero hubo un pasaje que marcó el tono real de la intervención.
Fue valiente al reivindicar, sin ambages, la defensa de los abogados frente a la creciente falta de respeto institucional que, en demasiadas ocasiones, se percibe desde otros poderes, incluido el judicial. No fue una queja corporativa, sino una llamada a la lealtad entre instituciones y al respeto mutuo sin el cual la Justicia se degrada.
Recordó que sin una Abogacía fuerte no hay tutela judicial efectiva, y que el abogado no es un estorbo procesal, sino una garantía constitucional.
No eludió las dificultades del sistema ni la sobrecarga de los órganos judiciales, y apeló a la corresponsabilidad de todos en la mejora del servicio público de la Justicia. Hubo tono institucional, sí, pero también exigencia y carácter.
Con este nombramiento, Tenerife cuenta ahora con una decana, la segunda mujer en la historia del Colegio en ostentar el cargo. Y lo hace ofreciendo una imagen de fuerza, continuismo y, sobre todo, mucha ilusión.
Los aplausos, prolongados y sinceros, cerraron un discurso que fue más que protocolario: fue programático.
Tras la jura del cargo, el acto concluyó con el saludo de autoridades y un encuentro posterior donde, ya sin micrófonos, se confirmaba una idea compartida: el Colegio inicia una nueva etapa sin renunciar a su tradición, pero consciente de que los retos son mayores que nunca.
Porque la toga no es solo una prenda.
Es una responsabilidad.
Y esa responsabilidad cambió de manos.
Éxitos Mila. Será el de todos y todas.








