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Cajasiete
lunes, 27 abril,2026

Me sentí extraño en mi propia caseta

La noche del pescaíto de este año, me planté puntual en mi caseta. Sillas a la izquierda, sillas a la derecha, mesitas en medio y unos sesenta comensales con la mirada fija en el mobiliario. El juego era sencillo: no se trataba de cenar, sino de conseguir asiento. El pescaíto vino después, mucho después.

La cena comenzó con unas patatas aliñadas solitarias. Las mesas, tan bajas, obligaban a un ejercicio circense: uno pinchaba la patata, la patata se rompía, uno ponía la mano debajo, levantaba el tenedor y la patata, ofendida, se arrojaba al suelo.

Como al día siguiente tenía que madrugar, tomé la heroica decisión de beber solo agua con hielo y limón. Nada de vino, nada de cerveza, nada de rebujito. Cuando por fin apareció el pescado, llegó en forma de chocos de tamaño generoso, sin cuchillos para partirlos, obligándonos a practicar cirugía mayor con tenedor. Luego vinieron el adobo, los boquerones y un bacalao demasiado salado.

El jamón, ese jamón excelente que pone nuestro socio José Manuel, brillaba en su jamonero… para otros. Para probarlo tuve que esperar al día siguiente y, eso sí, pagarlo.

A eso de las doce y media, con el alumbrado recién estrenado y mí única cuenta reducida a una botella de agua, cometí el error que ningún personaje de Larra habría cometido: dejar recado en la barra.

Les dije que si venían mis amigos universitarios de Madrid, con Ruperto al frente y acompañados de Damiana y alguna amiga más, que tomaran algo y lo apuntaran a mi cuenta. Pensé, ingenuo, en un par de copas, una ración de jamón, quizá unas gambas. Pensé mal.

A las dos de la tarde del martes regresé a la caseta: allí estaban los compañeros del despacho que habían guardado tres mesas. El jamón por fin en su esplendor y yo dispuesto a reconciliarme con la Feria a base de cerveza fría y exquisitas raciones.

La reconciliación duró solo unos minutos. Se me acercó el encargado del bar con una nota en la mano y la frase que ningún socio quiere oír:

—Tenemos aquí una cuenta pendiente de anoche… ochocientos y pico de euros.

Creí, naturalmente, que se trataba de un error. O de otro socio. O de una broma cruel. Pero no: por la descripción —uno alto con el cabello rubio rizado — supe que eran mis alumnos. Habían pedido cuarenta copas además del vino y la cerveza. Seis o siete platos de jamón, marisco variado, caña de lomo, queso, postre con torrijas, y todo ello, por lo visto, regado con la instrucción mágica: “Que se tome algo la cuadrilla”. La cuadrilla, al parecer, era media facultad.

Cuando les pregunté, me informaron que estuvieron en la barra hasta las seis de la mañana. Yo, que me fui a las doce y media con una botella de agua, amanecí convertido en mecenas involuntario del Erasmus sevillano.
Y aun así, lo peor estaba por llegar.

Desde las dos de la tarde hasta bien entrada la noche, la caseta se convirtió en un experimento sociológico sobre la masificación. No cabía un alfiler. Yo, apoyado en la barra con una chaqueta color vainilla, descubrí que la pata de jamón, en vez de estar en el jamonero, estaba en mi manga.

La pezuña me rozaba el hombro como recordándome que el día anterior había financiado a sus hermanas. En dos ocasiones, por evitar que el cuchillo acabara en mi brazo, tuve que desplazar la pata unos centímetros.

Dentro no se podía respirar; fuera, tampoco: el mejor sitio resultó ser justo en la puerta, atrapados entre el calor, la música a todo volumen y un flujo de gente que hacía imposible entrar o salir sin practicar contacto físico.

A las nueve y media de la noche, tras abrirme paso entre jarras de rebujito, caballos, coches de caballos y masas de gente que se movían al mismo tiempo en direcciones incompatibles, por fin llegamos a la portada de la Feria de Sevilla y le dije a mi mujer, con la solemnidad de las grandes decisiones:

—El año que viene pasamos la feria en la playa.

Y ella, que ya llevaba dos días pensando lo mismo, asintió sin réplica.

Comprendí que aquellas ferias, cuando uno se dio de alta en la caseta con ilusión, no volverán.

Así que, fiel discípulo de Larra, he tomado una resolución radical: el año que viene, el lunes del pescaíto lo paso en la costa.

Y si alguien quiere que le invite a algo, que se venga conmigo.

Luis Romero Santos
Luis Romero Santos
Abogado | Doctor en Derecho Penal

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