La eurozona se asoma al escenario más temido por los economistas: la estanflación. Los datos publicados ayer por Eurostat confirman que la inflación se disparó hasta el tres por ciento en abril, el nivel más alto desde septiembre de dos mil veintitrés, mientras que el crecimiento económico se desaceleró hasta la mínima expresión con una expansión de apenas el cero coma uno por ciento en el primer trimestre del año.
El principal culpable del repunte inflacionista tiene nombre y apellido: la guerra en Irán y el bloqueo del estrecho de Ormuz. Esta ruta marítima, por la que transitaba en torno al veinte por ciento del petróleo mundial desde los productores del golfo Pérsico hasta los clientes internacionales, ha quedado cerrada desde hace dos meses, provocando un shock energético de dimensiones históricas.
Los precios de la energía se dispararon un diez coma nueve por ciento interanual en abril, más del doble del cinco coma uno por ciento registrado en marzo. Este encarecimiento brutal arrastra al alza el conjunto del índice de precios, situando la inflación un punto completo por encima del objetivo del dos por ciento establecido por el Banco Central Europeo.
El impacto del conflicto en Oriente Próximo también se refleja en otros componentes de la cesta de la compra. Los alimentos frescos se encarecieron un cuatro coma siete por ciento interanual, medio punto porcentual más que el mes anterior. Los analistas advierten que esta tendencia podría agravarse en los próximos meses debido a la escasez de fertilizantes derivada de la crisis energética.
Los servicios, que representan el cuarenta y dos por ciento del peso total del índice armonizado de precios, se encarecieron un tres por ciento interanual, aunque esta cifra supone una moderación de dos décimas respecto a marzo. Por su parte, el coste de los bienes industriales no energéticos subió un cero coma ocho por ciento, tres décimas más que en el mes anterior.
La inflación subyacente, que excluye del cálculo los componentes más volátiles como energía, alimentos, alcohol y tabaco, se moderó una décima hasta el dos coma dos por ciento. Este dato ofrece cierto consuelo a las autoridades monetarias, ya que sugiere que las presiones inflacionistas de fondo permanecen relativamente controladas y que el repunte se debe principalmente al shock energético puntual.
Sin embargo, la combinación de inflación al alza y crecimiento a la baja dibuja un panorama económico extremadamente complicado. El producto interior bruto de la eurozona creció apenas un cero coma uno por ciento en el primer trimestre de dos mil veintiséis, la mitad del cero coma dos por ciento registrado en el último trimestre de dos mil veinticinco. Este frenazo sitúa la expansión económica en niveles alarmantemente bajos.
En términos interanuales, la economía de la eurozona avanzó un cero coma ocho por ciento, frente al uno coma tres por ciento del trimestre anterior. Esta desaceleración refleja que el impacto inicial del conflicto en Irán, que comenzó en marzo, ya está dejando huella en la actividad económica, aunque los efectos más pronunciados se esperan para el segundo trimestre.
La heterogeneidad entre países miembros resulta notable. Finlandia lideró el crecimiento trimestral con un cero coma nueve por ciento, seguida de Hungría con un cero coma ocho por ciento, y Estonia y España, ambas con un cero coma seis por ciento. En el extremo opuesto, Irlanda registró una contracción que lastró la media del conjunto del bloque.
España presenta una situación particularmente preocupante en el frente inflacionista. Con una tasa armonizada del tres coma cinco por ciento en abril, el país registra la inflación más elevada entre las cuatro grandes economías de la eurozona. Alemania e Italia se situaron en el dos coma nueve por ciento, mientras que Francia logró mantener la inflación en el dos coma dos por ciento.
Este diferencial de medio punto porcentual respecto a la media europea coloca a España en una posición desfavorable. Los hogares españoles están experimentando una pérdida de poder adquisitivo más acelerada que sus vecinos europeos, lo que podría afectar al consumo privado en los próximos meses y lastrar el crecimiento económico del país.
Entre los países de la eurozona, las tasas de inflación más bajas se registraron en Finlandia con un dos coma tres por ciento, Malta con un dos coma cuatro por ciento, y Países Bajos y Francia, ambos con un dos coma cinco por ciento. En el extremo opuesto, Bulgaria lideró el ránking con un seis coma dos por ciento, seguida de Croacia con un cinco coma cuatro por ciento y Luxemburgo con un cinco coma dos por ciento.
El Banco Central Europeo se encuentra ante un dilema monumental. La respuesta tradicional ante un repunte inflacionista consiste en elevar los tipos de interés para enfriar la demanda, pero esta medida podría resultar contraproducente en un contexto de crecimiento anémico. Subir los tipos ahora podría empujar a la eurozona hacia una recesión técnica.
Por ello, el BCE decidió mantener sin cambios los tipos de interés en su reunión de ayer, adoptando una postura de espera vigilante. La institución considera que el shock energético derivado del bloqueo del estrecho de Ormuz es temporal, por lo que enfriar la economía con tipos más altos sería un error estratégico. Sin embargo, si la inflación se consolida en niveles elevados durante varios meses, la institución podría verse forzada a actuar.
Los indicadores adelantados no invitan al optimismo. Los PMI y los índices de confianza económica de abril muestran que el segundo trimestre comenzó con una base aún más débil que el primero. Aunque todavía es prematuro afirmar que la eurozona entrará en recesión técnica, el riesgo ha aumentado significativamente en las últimas semanas.
Nicola Nobile, economista de Oxford Economics, señala que la cifra de crecimiento publicada ayer es inferior a la esperada, pero refleja principalmente un fuerte descenso en Irlanda y algunos factores estacionales en la eurozona, más que el impacto directo de la guerra. Los efectos negativos del conflicto serán más visibles a partir del segundo trimestre, cuando el shock energético se traslade plenamente a la economía real.
Los analistas de ING advierten de que el principal responsable del repunte inflacionista fue el alza de los precios de la energía, pero también observan que las presiones deflacionarias en los precios de los bienes están disminuyendo lentamente. Esto sugiere que incluso sin el shock energético, la inflación habría tendido al alza en los próximos meses.
La entidad holandesa considera probable que los precios de la energía se mantengan elevados durante el resto del año si no se resuelve el conflicto en Irán. Además, anticipan que los precios de los alimentos podrían experimentar un repunte adicional a finales de año debido a la escasez de fertilizantes, cuyos efectos se trasladarán con cierto retraso a los alimentos procesados.
En su escenario más pesimista, ING estima que la inflación podría alcanzar gradualmente el cuatro por ciento en los próximos meses si el conflicto se prolonga y los efectos indirectos de la crisis energética se extienden a otros sectores de la economía. Esta posibilidad mantiene en alerta máxima tanto a las autoridades monetarias como a los gobiernos nacionales.
Las proyecciones macroeconómicas del BCE publicadas recientemente anticipan que la inflación general promediará el dos coma seis por ciento en dos mil veintiséis, el dos por ciento en dos mil veintisiete y el dos coma uno por ciento en dos mil veintiocho. Sin embargo, estas previsiones fueron elaboradas antes de conocerse el alcance completo del impacto del conflicto iraní, por lo que podrían revisarse al alza en las próximas actualizaciones.
La coordinación internacional de las políticas monetarias resulta cada vez más evidente. Tanto el Banco de Japón como la Reserva Federal estadounidense mantuvieron sin cambios sus tipos de interés esta semana, y se espera que el Banco de Inglaterra adopte la misma postura en su reunión de hoy. Los principales bancos centrales parecen coincidir en que el shock energético actual es temporal y que endurecer las condiciones financieras sería un error.
Para los ciudadanos europeos, estos datos tienen consecuencias directas en su vida cotidiana. La cesta de la compra se encarece mes tras mes, los recibos energéticos se disparan y los salarios reales pierden poder adquisitivo. Al mismo tiempo, las perspectivas de empleo se ensombrecen ante un crecimiento económico que apenas alcanza para mantener la estabilidad, sin generar nuevas oportunidades laborales.







