El domingo me desperté con la radio puesta. En la SER retransmitían un partido de Carlos Alcaraz “Carlitos” le llamaba el comentarista y llevado por el entusiasmo o por el subconsciente, soltó una frase inofensiva: con la derecha siempre se va mejor. No se si lo han despedido, este país que antes era un reino, es así.
Ya Aristóteles advertía de la diferencia esencial entre el ser y el parecer, aunque hoy esa evidencia resulte subversiva. Nosotros hemos ido un paso más allá: hemos convertido el parecer en sistema político y el ser en una antigualla incómoda. En política, ya no importa lo que las cosas son, sino cómo se venden. Por eso se gobierna a base de relatos y se legisla a base de paquetes lleno de embustes, que compran los ignorantes. Se promete una cosa y se entrega otra. Y por eso el país se vacía por dentro, aunque la fachada siga en pie.
Vayamos a lo concreto. Sánchez miente a los jubilados cuando proclama que con él suben las pensiones. No porque no suban, sino porque oculta deliberadamente que la subida suele venir camuflada dentro de un decreto ómnibus, ese artefacto legislativo donde cabe todo lo que no resistiría un debate parlamentario limpio. La trampa no está en la subida; está en el envoltorio.
Esto lo escribo después de haber pasado la tarde primaveral con cinco jubiletas – palabra de un amigo, no mía- . No mirando obras – que ya no hay- sino la puesta de Sol. Si cinco. Todos han coincidido, sin ideología ni consignas: queremos orden, queremos valores y queremos que nuestros nietos puedan vivir en el país que nuestros abuelos construyeron y por el que lucharon en una guerra civil. No quieren vivir -dicen- en un terruño que otros están diseñando para expulsarlos a nosotros a los de aquí. Y añaden algo más incómodo: gran parte de culpa también es nuestra, porque apenas nacen niños y nos hemos vuelto muy cómodos, nadie quiere doblar la espalda, mejor subvenciones y que trabajen otros que llegan, hoy que benciones del Gobierno de Sánchez todo está lleno de esgarramantas y muchos los crea con el efecto llamada, mira los parques y jardines.
Aquí entra la gran mentira de la política social Sanchista y la de Merkel también. Se mira obsesivamente al que viene de fuera, pero se ignora al que está dentro. Se facilita la llegada, pero se dificulta la permanencia. Se amplía el Estado del bienestar para nuevos beneficiarios mientras se condena a los propios a un Estado del malestar. Formar una familia en España es hoy un acto de heroísmo.
El decreto ómnibus no es una anomalía: es el método. Es la forma de gobernar de quien ha decidido que el Parlamento estorba y que la legalidad es maleable. Todo se mezcla, todo se tapa, todo se justifica si el objetivo es seguir un día más.
Y mientras desayunaba, la radio añadió otra pieza al puzle: se habían admitido a trámite diligencias previas contra Óscar Puente. Pensé lo mismo que ya escribí aquí mismo con lo de Zapatero: tranquilidad, Óscar. Ahora informará el fiscal… y ya sabemos de quién depende el fiscal. En la España del parecer, la admisión a trámite es solo eso: un trámite más.
Todo encaja porque Sánchez hará lo que tenga que hacer para seguir en el poder. Si hay que llamar a quien sea para que vote a favor, se llama. Si hay que envolver decisiones impopulares en un decreto social, se envuelven. Si hay que sacrificar el futuro demográfico del país para ganar elecciones, se sacrifica. El ser queda subordinado a la supervivencia.
Y cuando el ser molesta, llega la censura. No sé si violenta, moral o profiláctica, pero censura al fin. A Pérez-Reverte se le ha impedido presentar ideas, opiniones, debates. Y eso no es una anécdota cultural: es una señal de alarma democrática. La izquierda pretende que nos acostumbremos. Que lo normalicemos. Que aceptemos que ciertas voces sobran. Y eso, a todas luces, es gravísimo.
Ya no hay polarización. Ya hay bandos. Como en el 31. Cuando el adversario deja de ser interlocutor y pasa a ser estorbo. Cuando el debate se sustituye por el veto.
España no se está desintegrando. Ya se ha desintegrado. Ha sido sustituida por un simulacro donde el parecer manda, el ser estorba y la democracia se administra como un resultado de la cahmpion.
Por eso aquella frase radiofónica no era inocente. Porque hoy, incluso en el tenis, todo se politiza. Y porque cuando el lenguaje cae, cae detrás el orden. En la pista, la derecha puede ser un triunfo. En política, repetirlo con esa alegría es admitir que ya no se juega el partido: se administra el resultado.
Y cuando el resultado se administra, la democracia deja de ser un sistema para convertirse en un decorado. Como el país que recordábamos.







