Granada volvió a temblar con fuerza este martes. Un terremoto de magnitud 4,8, con epicentro en la localidad de Gójar, se sintió en toda el área metropolitana y fue seguido por varias réplicas, una de ellas de magnitud 4,2. La nueva sacudida se suma al episodio del pasado fin de semana, cuando un seísmo de magnitud 5 con epicentro en Alhendín activó la emergencia en Andalucía. Desde el día 14, la provincia acumula cerca de 350 movimientos, la mayoría de baja magnitud, en una serie que mantiene en vilo a la población.
Los expertos coinciden en enmarcar lo que ocurre dentro del concepto de enjambre sísmico. A diferencia de un terremoto principal seguido de réplicas, un enjambre agrupa numerosos movimientos de magnitud similar sin que destaque un único episodio dominante. El catedrático de la Universidad de Granada Jesús Galindo-Zaldívar explica que este fenómeno se produce por un efecto dominó: cuando la actividad de una falla dispara la de las fallas próximas. El análisis del Instituto Geográfico Nacional apunta a mecanismos de falla normal, compatibles con las estructuras activas cartografiadas en la zona y con la tectónica de la región.
La raíz del problema está en la propia naturaleza geológica de Granada. La cuenca granadina se asienta en la Cordillera Bética, que el IGN considera la región de mayor actividad sísmica de la Península, y se sitúa sobre un límite de placas que se mueve entre 4 y 5 milímetros al año. Como advierte la profesora de geodinámica de la UGR Ana Crespo Blanc, esa deformación constante hace que los terremotos se repitan. El subsuelo funciona como una red de fallas mecánicamente heterogénea, en la que unas estructuras permanecen bloqueadas y acumulan tensión mientras otras la liberan, lo que explica que se produzcan muchas rupturas pequeñas y moderadas en un espacio reducido sin que se rompa de golpe una falla larga.
Los propios especialistas piden cautela sobre lo que vendrá. La responsable de prevención y riesgo sísmico del Instituto Andaluz de Geofísica, Mercedes Feriche, admite que aún no se sabe si los últimos temblores son réplicas del seísmo del sábado o están asociados a una falla adyacente que se ha recargado, algo que solo podrá dilucidarse al final de la serie. Un factor que agrava la percepción del fenómeno es la escasa profundidad de los focos, muy someros, lo que hace que se sientan con especial intensidad en superficie. La parte tranquilizadora es que las fallas activas de la zona tienen una longitud reducida, de apenas 20 o 25 kilómetros, lo que limita la magnitud máxima que cabe esperar.
Frente a algunas creencias extendidas, los expertos desmienten dos ideas. Ni la sucesión de pequeñas sacudidas garantiza que la región haya descargado por completo su energía y vaya a quedar en calma, ni existe a día de hoy método científico alguno capaz de predecir a la vez el momento, el lugar y la magnitud de un futuro terremoto, como recuerda el IGN. La provincia arrastra un precedente grave en el terremoto de Atarfe-Albolote de 1956, también de magnitud 5, que causó una docena de muertos, y en la serie sísmica de 2020 y 2021, que mantuvo a la zona en tensión durante meses. La recomendación de las autoridades pasa por la prevención: conocer las normas básicas de autoprotección y revisar el estado de las edificaciones, en una tierra acostumbrada a convivir con un suelo que rara vez permanece del todo quieto.






