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lunes, 2 febrero,2026

Democracia vigilada, ciudadanía anestesiada y más cosas

Me dice el editor que el artículo de hoy está disponible en portada hasta el viernes, por eso de la semana con……Por lo que tenéis una semana para leerlo. Empiezo por eso de la Democracia, ya que Hay palabras que hoy se pronuncian con una ligereza sospechosa y es una de ellas. La invocan como conjuro, la utilizan como etiqueta moral y la agitan como bandera, sobre todo esos que limitan libertades tan gordas como la de expresión. Pocas veces recuerdan que esa Democracia nació en un contexto radicalmente distinto al nuestro, y que el primer gran arquitecto no fue un teórico de despacho, ni un político sin estudios y muchos asesores, sino un estratega, un orador y un gobernante del pueblo, os hablo de Pericles.

La Atenas del siglo V a. C. tras las reformas de Clístenes y el trauma de las Guerras Médicas, su gente – la polis- no solo  necesitaba  leyes sino un relato común que legitimara el poder de los ciudadanos frente a la aristocracia y frente al miedo que infundían los poderosos. En ese escenario apareció Pericles, que tuvo que abrirse paso frente a la vieja nobleza ateniense aquellos que querían que Atenas siguiera siendo un chiringuito privado.

Esto ocurría en el continente europeo. Así se formaban conciencias y así empezamos a construir lo que hoy llamamos Occidente. Y conviene preguntarse: ¿qué estaba ocurriendo, en ese mismo momento histórico, en África? ¿Qué pasaba en América o en otras partes del mundo? Por eso, evidentemente, no podemos ser iguales ni compartir automáticamente los mismos valores, como nos insisten e intentan imponer diariamente. Solo somos iguales ante la Ley, solo en eso.

Sigo con el ateniense. Bajo su liderazgo, la democracia dejó de ser una fórmula embrionaria para convertirse en un sistema operativo. La Asamblea se consolidó como órgano soberano y se instauró una idea revolucionaria: que la participación política no podía depender de un líder, de un gurú.

Yo, a Pericles, lo descubrí siendo un   niño, – que lo fui- , en una serie de dibujos animados que se llamaba Érase una vez el hombre. Era una época en la que había cosas tan peligrosas como que nos enseñaran a través de la televisión. Y, claro, la curiosidad te llevaba después a leer quién era aquel señor y qué demonios era eso que llamaban democracia. Y que era eso de Atenas, ¡vaya! Me hice fans de los clásicos, como se diría hoy.

Y también con esa tele en blanco y negro aprendí otra cosa fundamental gracias a Juan Antonio Bardem y a su película Calle Mayor. Ahí estaba la España del respeto obligatorio y de la sumisión a la Iglesia, a la Guardia Civil y a la jerarquía que imperaba en aquellos años —hablamos de 1956—; a los señoritos de provincia, al qué dirán y al miedo a quedarse soltera. No fue hasta 1975 cuando la mujer pudo emanciparse jurídicamente del hombre, con la reforma del Código Civil.

Era la España del silencio. Y quienes mandaban en aquellas capitales de provincias eran los señoritos, o los hijos de…, reunidos en las reales sociedades, con licencia para reírse de todo el mundo y hacer lo que a ello les saliera de donde les salía, por eso era tan importante la democracia, porque esos “tú no sabes quién soy yo” se fueron disipando poco a poco. Aunque algunos o algunas aparecen en estos tiempos.

Les recomiendo esa película. Es en blanco y negro, que enseña más que muchos discursos en color. Recuerdo lo que me supuso verla con mi abuelo, un mutilado de la Guerra Civil, padre de nueve hijas y ver su cara cuando aparecía el “chulo” que engaño a la protagonista y comprender que ella podía ser mi hermana, mi tía, mi abuela o mi madre, y que alguien pudiera infligirle aquel daño por el simple hecho de hacerse el chulo y reírse de ella. Y eso cambió, porque llegó la Democracia, aunque se pasó de frenada y en esa estamos, ya no somos todos iguales ante la ley, depende, entre esos depende, del sexo. Eso no encajaba con los valores que me inculcaron. Pero así aprendíamos entonces: con respeto, no con consignas.

Vuelvo a Pericles que dejó claro que el poder pertenecía a los ciudadanos y aquí empieza la parte moderna.

Hoy aparecen los guardianes oficiales de la democracia que han decidido que quien no esté con ellos es fascista. Una tesis cómoda, torpe y peligrosamente rentable.

Algunos ya empiezan a bajarse del tren. Lobato, por ejemplo. Y también el extremeño que perdió las elecciones en su tierra y ya ha dejado el Senado, el blindaje, supongo que porque la cara, dura como el cemento armado, ya no le daba para más maquillaje. Y claro, hay que vivir. Y los que le rodean, por supuesto, ojos tienen; boca no sé, pero manos sí, para aplaudir. Y esto, casualmente, ha tenido efectos prácticos: ha cambiado incluso el trámite procesal del asunto del hermano de Sánchez. Las cosas del poder cuando empieza a temer al espejo. ¿verdad?

Esta semana, además, el Fiscal informa a favor del archivo de la causa contra Zapatero. Era lo esperable y ya lo conté un uno de esos Tik Tok que me publican.

Ahora Maíllo le dice a Sumar que hasta aquí. Y, con razón, es el único que mantiene una cierta coherencia en la izquierda actual.

También aparecen las denuncias contra Julio Iglesias. No opino. No sé. Pero son tiempos muy rentables, para todas esas cosas, hasta Suárez que en paz descanse, le han metido en ese baúl. Convendría que Pajares y Esteso fueran calentando banquillo.

Trump consigue que Europa mire a Groenlandia. Europa, ya se sabe, ni está ni se la espera.

María Corina Machado reparte Nobel de la Paz. Jueza universal. Vasallaje con estandarte incluido.

Y ahora entiendo con más claridad por qué se quiso eliminar la Filosofía de los planes de estudio.  Y es que pensar molesta, y mucho. Y no digamos opinar.

Como dice un amigo mío: todo pasa y nunca pasa nada.

¿Y qué nos espera?

Que los de abajo sigamos comiendo las migajas del banquete que financiamos.

Tras la muerte de Pericles, Atenas inició su declive. Y con ella, su democracia.

Hablar hoy de democracia sin recordar a Pericles es como hablar de Derecho sin Roma o de Filosofía sin Grecia.

Porque gobernar hombres libres es mucho más difícil que mandar.

Y eso, precisamente por eso, es lo que ya casi nadie quiere hacer. Y aquí me quedo, que tengo el síndrome hoy de Forrest Gump.

Juan Inurria
Juan Inurria
Abogado. CEO en Grupo Inurria. Funcionario de carrera de la Administración de Justicia en excedencia. Ha desarrollado actividad política y sindical. Asesor y colaborador en diversos medios de comunicación. Asesor de la Federación Mundial de Periodistas de Turismo. Participa en la formación de futuros abogados. Escritor.

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