Hay algo paradójico en las protestas contra el sistema cuando algunas de las fuerzas políticas que comparten su horizonte ideológico forman parte del Gobierno. También lo hay en quienes invocan el orden, la ley y la libertad mientras defienden unas estructuras que acaban confundiendo su propia conservación con la conservación de la libertad. Cada cual parece tener muy claro dónde está el peligro, siempre que el peligro se encuentre en el campo contrario. Nietzsche nos dejó una distinción que puede ayudarnos a mirar esa contradicción. En El nacimiento de la tragedia Apolo y Dionisio representan dos fuerzas del destino del hombre. Apolo pone la forma, la medida, el límite. Dioniso desborda las fronteras, rompe la estabilidad de las formas y nos enfrenta a aquello que no puede quedar encerrado en ellas. La tragedia nace de esa tensión, de una duplicidad que no encuentra una solución definitiva. El equilibrio consiste precisamente en que ninguna de las dos fuerzas consiga anular la otra. Hasta que una pretende imponerse y aparece el absoluto. Y ya sabemos lo poco que le gusta al absoluto que lo contradigan. Llevemos la cuestión a la política, otro destino humano. Quienes ocupan una plaza para protestar contra el sistema expresan, al menos en principio, una desconfianza hacia las formas establecidas de representación. No aceptan que las instituciones existentes sean la única manera posible de organizar la vida colectiva. Hay en ese gesto algo dionisíaco: la irrupción de una fuerza que no encuentra su lugar en el orden vigente y reclama otra forma de existencia política. Pero la protesta también puede quedar atrapada en su propia imagen. Puede convertir la rebeldía en una identidad permanente, incluso cuando algunas de sus reivindicaciones han sido asumidas por quienes gobiernan. ¿Qué sentido tiene insistir en presentarse como una fuerza exterior al sistema cuando ya se participa en él? ¿A quién se pretende engañar? Y, sobre todo, ¿qué queda de lo dionisíaco cuando la rebeldía se convierte en normalidad, cuando la ruptura deja de cuestionar el orden y pasa a formar parte de su funcionamiento? ¿se puede seguir siendo antisistema desde el sistema? Al parecer, la política ha encontrado la manera de convertir incluso la rebeldía en una posición estable.
La contradicción inversa, la de apolinieo, tampoco es menos interesante. Las instituciones son necesarias, por supuesto, y la ley protege frente a la arbitrariedad. Pero basta con que algo esté establecido para que algunos empiecen a considerarlo legítimo. El orden adquiere entonces una curiosa ventaja, la del tiempo. Cuanto más tiempo lleva existiendo, más natural parece. Las relaciones de poder dejan de percibirse como algo que alguien ha construido y empiezan a presentarse como si siempre hubieran estado allí. La dominación ya ni siquiera necesita justificarse demasiado. Se llama normalidad y asunto resuelto. Es aquí donde el apolíneo adquiere su interés político. La forma necesita limites, pero también tiende a convertirlo en los límites de lo posible. Las instituciones necesitan estabilidad para funcionar, aunque pueden terminar confundiendo su propia continuidad con el bien común. Y cuando eso sucede, cualquier intento de cuestionarlas se presenta como una amenaza, como si defender la libertad consistiera en aceptar que nada fundamentalmente debe cambiar. El orden puede acabar así con todo aquello que lo obliga a examinarse, con cualquier manifestación de lo dionisiaco que amenace con alterar sus certezas. Pero tampoco conviene idealizar la ruptura. Destruir una forma no garantiza que la siguiente vaya a ser más libre. Quien se rebela contra una norma puede acabar sometido a otras; quien rechaza una identidad impuesta puede descubrir que un nuevo grupo le exige una distinta. Hasta la trasgresión puede convertirse en una obligación. Hay que rebelarse, hay que romper, hay que demostrar continuamente que uno no pertenece al sistema. Y así, en nombre de la libertad, se termina obedeciendo a la consigna de no obedecer. Ambas fuerzas pueden acabar traicionando lo que prometían. El orden puede vaciar de contenido la libertad que dice proteger, la rebelión puede reproducir las relaciones de poder que pretendía destruir. Unos encuentran en la estabilidad la justificación para no cambiar nada; otros encuentran en la ruptura una excusa para no responder por lo que vendrá después. Mientras tanto todos hablan de libertad. La palabra, desde luego, goza de una excelente salud en el discurso político. Había que comprobar cómo anda en a la práctica. La cuestión es cómo mantener abierta esa tensión sin que una de las fuerzas termine imponiéndose sobre la otra. Las instituciones deben poder durar, pero también ser cuestionadas. Las protestas deben poder alterar el orden, pero quienes las protagonizan han de estar dispuesto a examinar sus propias contradicciones. La liberta no pertenece en exclusiva a quien defiendes las instituciones ni a quien las impugnan. Tampoco se convierte en propiedad de un partido por el hecho de que ese la pronuncie más veces que los demás. Es evidente que llegado a este punto necesitemos un Gobierno de adultos. Adulto capaz de asumir responsabilidades, reconocer contradicciones y aceptar que las decisiones públicas tienen consecuencias que van mucho más allá de la satisfacción inmediata de quienes las toman. Las instituciones desde las que se administra la convivencia entre poblaciones enteras no son guarderías. No están para repartir consuelo, alimentar rivalidades o convertir cada discrepancia en una disputa de identidades. Están para gestionar conflictos reales, proteger derechos y tomar decisiones que puedan justificarse ante la ciudadanía. Gobernar exige respectar el equilibrio humano entre el dionisiaco y el apolíneo aquellas dos fuerzas distintas que, lejos de excluirse, hicieron posible una de las expresiones más elevadas de la cultura griega.




