martes, 6 octubre,2026

Los paguitas votan a Sánchez

Juvenal ya lo dejó escrito hace dos mil años, que aquel pueblo que antes repartía mandos, legiones y consulados terminó conformándose con dos cosas, pan y circo. El sanchismo, y con él la izquierda, ha entendido algo que a la derecha todavía le cuesta admitir y es que quien consigue que el ciudadano dependa de una ayuda sin dar palo al agua tiene su voto. No siempre, naturalmente, porque cobrar una prestación no obliga a nadie a entregar el cerebro y vamos a ser serio aun los hay con cerebro. Pero el negocio resulta tentador, veamos; usted cobra, yo le recuerdo quién gobierna y, cuando se acercan las elecciones, le advierto de que vienen unos señores muy malos que se lo van a quitar. Luego hablan de libertad. Una libertad estupenda, siempre que el beneficiario vote lo que corresponde. A mí esa forma de hacer política me preocupa, porque una cosa es ayudar a quien lo necesita y otra muy distinta es crear un país de subvencionados.

Cuando hablo de los paguitas me refiero a quienes, pudiendo trabajar, han decidido que trabajen los demás. Al trabajador que pierde su empleo después de treinta años cotizando no tengo nada que reprocharle por pedir protección. Bastante tiene con descubrir que su experiencia estorba y que su fecha de nacimiento le interesa más al departamento de recursos humanos que todo lo que sabe hacer. El subsidio para mayores de 52 años exige cotizaciones previas y otros requisitos, y mientras se percibe el SEPE cotiza para la jubilación. Eso es así y conviene decirlo con propiedad. Lo que yo cuestiono es otra cosa: que alguien convierta ese subsidio en una sala de espera hasta la jubilación, sin la menor intención de volver a trabajar, mientras los demás seguimos levantándonos, pagando y sosteniendo el sistema. Tener más de 52 años no convierte a nadie en un inútil. Yo los tengo, y todavía no he encontrado quién me pague por quedarme en mi casa.

Con el ingreso mínimo vital ocurre algo parecido. Protege a personas que atraviesan una situación de necesidad y puede ser compatible con determinados ingresos del trabajo, de modo que sería falso afirmar que todos sus perceptores viven sin dar golpe. Pero precisamente porque las ayudas cumplen una función necesaria, hay que exigir que lleguen a quien corresponde y que no acaben convertidas en un modo de vida para quien perfectamente podría buscarse otro. A quien necesita ayuda, se le ayuda. A quien engaña, se le exige responsabilidad. Y al político que presenta el dinero público como si lo sacara de su propio bolsillo habría que recordarle algo bastante elemental, que la generosidad del Gobierno la pagamos nosotros.

Luego está ese joven convencido de que haber nacido le da derecho a que los demás le resuelvan la existencia. Quiere una casa y le parece razonable meterse en la de otro; exige derechos con una soltura admirable y, cuando asoman las obligaciones, casualmente tiene otro compromiso. No hablo de los chicos que estudian, trabajan o encadenan contratos miserables intentando independizarse, que bastante mérito tienen. Hablo del que presume de no dar un palo al agua y encima pretende explicarle al que trabaja cómo debe repartir lo que gana. El trabajo lo hace sudar y él prefiere sudar en una tienda de campaña en la Plaza de España. Eso sí, fuerzas le sobran para manifestarse contra el propietario de la vivienda en la que se ha colado. Para buscar trabajo, eso es cosa de otros, o como acabo de escuchar en una tertulia, el trabajo es cosa de fascistas. Toma tomate.

Lo que de verdad me irrita es el desprecio al que sostiene todo esto. Al autónomo, al asalariado, al pequeño empresario que paga las nóminas antes de saber qué le quedará a él. A ese se le exige que cumpla, que declare, que cotice y que comprenda. Siempre tiene que comprender. Y si protesta por los abusos, resulta que carece de sensibilidad social. Pues mire usted, tengo sensibilidad de sobra para distinguir entre una persona que necesita ayuda y otra que me toma por totufo. Y también para pedirle al Gobierno que explique cómo piensa conseguir que haya menos gente necesitada de prestaciones, en lugar de felicitarse eternamente por repartirlas. El éxito de una política social no se mide por cuántos cobran, sino por cuántos dejan de necesitarlo.

Tampoco voy a dejar fuera al Partido Popular en Canarias, que aquí, sorprendentemente, también se ha subido a la guagua de las ayuditas, los bonos y las subvenciones. Y eso, a mi juicio, lo aleja bastante de una parte de sus propios votantes, que esperaban otra cosa cuando lo llevaron al Gobierno. Yo se lo advertí. Les dije que competir con la izquierda a ver quién reparte más dinero público no era precisamente la mejor manera de distinguirse, porque en esa carrera el original siempre gana a la copia. Pasaron. Pues muy bien. Cada uno hace con sus votos lo que quiere hasta que dejan de ser suyos. Ya veremos quién tenía razón cuando toque abrir las urnas, porque al votante se le puede explicar una cosa una vez, dos y hasta tres, pero llega un momento en que se cansa de que le prometan una política y le sirvan otra.

Mi sospecha es que al PSOE y a cierta izquierda les resulta electoralmente más cómodo un ciudadano pendiente de una ayuda que otro capaz de mandar al Gobierno a paseo porque vive de su trabajo o quiere ser empresario. No puedo saber qué vota cada beneficiario, ni me interesa. Lo que sí puedo exigir es que la política aspire a algo más que a mantener a la gente pendiente de la paguita. Quiero empleo, salarios con los que se pueda vivir y ayudas para quien verdaderamente las necesita.

Porque aquí, chacho, son los pájaros disparando a las escopetas, unos bailan con el sudor de otros. Y el que paga empieza a estar hasta las narices de poner también la música. Por último Sánchez no se va, basta con contar paguitas y pagados. No sean ilusos.

Juan Inurria
Juan Inurria
Abogado. CEO en Grupo Inurria. Funcionario de carrera de la Administración de Justicia en excedencia. Ha desarrollado actividad política y sindical. Asesor y colaborador en diversos medios de comunicación. Asesor de la Federación Mundial de Periodistas de Turismo. Participa en la formación de futuros abogados. Escritor.
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LECTOR AL HABLA