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miércoles, 11 febrero,2026

La paradoja canaria: rodeados de mar, a la cola en consumo de pescado

Canarias vive una contradicción que se ha convertido en síntoma social: un Archipiélago con tradición pesquera y una biodiversidad marina envidiable consume menos pescado que la media española.

En cifras divulgadas en análisis recientes, se sitúa el consumo canario en torno a 14,4 kilos por persona al año, frente a una media nacional cercana a 19 kilos (compras de hogares).

Además, en el conjunto de España el consumo lleva años bajando, lo que refuerza la sensación de cambio de época: el pescado, incluso en un país con cultura marítima, ya no ocupa el lugar central de hace dos décadas.

Pero, ¿por qué Canarias no come más pescado teniendo tantas posibilidades? La respuesta es una suma de economía doméstica, logística, hábitos culturales y cómo funciona la cadena de valor.

El freno número uno

El factor dominante es el precio percibido. En un contexto de inflación y presupuestos ajustados, el pescado —sobre todo el fresco— se convierte en un producto “recortable”.

El problema es que el consumidor no ve “mar” cuando mira una etiqueta: ve un ticket. Y entre un pescado local fresco y un congelado importado o de acuicultura a menor precio, muchas familias eligen lo segundo. No necesariamente por preferencia gastronómica, sino por supervivencia de la cesta de la compra.

A esto se suma un fenómeno silencioso, la volatilidad. El pescado fresco cambia de precio según capturas, temporales, oferta en lonja y demanda. Para un hogar que planifica con presupuesto fijo, esa incertidumbre es enemiga. En cambio, el congelado o los productos transformados ofrecen precios más estables.

Logística y márgenes

A diferencia de territorios peninsulares con mercados mayoristas grandes y cadenas de distribución más densas, Canarias soporta costes estructurales (transporte, cadena de frío, intermediación, menor escala).

Esa “penalización” se acaba notando en el precio final, y el pescado —producto perecedero y sensible a mermas— sufre especialmente.

La paradoja es que incluso el pescado local compite dentro de una economía insular donde la logística y el margen comercial pesan más que la proximidad. Si el consumidor percibe que “lo de aquí” no es claramente más accesible o no se diferencia con claridad, termina comprando lo que es más barato, más fácil y más visible.

El patrón no es solo “menos pescado”, sino otro pescado: sube el peso relativo del congelado, las conservas o los productos transformados. Son formatos más estables, más baratos, menos exigentes de preparación y con menor riesgo de desperdicio. En la vida diaria, esto cuenta.

Limpiar, filetear, cocinar al punto y manejar espinas no encaja igual en familias con poco tiempo o con niños pequeños. Si además la cocina se ha “desaprendido” en parte —por cambios generacionales— el fresco pierde terreno frente a alternativas que no exigen habilidad.

También pesa la percepción de “complicación”: mucha gente asocia pescado fresco a olor, limpieza, riesgo de pasarse de cocción o no saber identificar especies. Cuando la barrera cultural sube, el consumo baja.

Generación joven

El factor generacional es decisivo. En muchas casas canarias, como en el resto del país, la dieta ha cambiado, con más productos listos para comer, más carne barata, más ultraprocesados y más delivery.

Si se rompe la transmisión “de casa” el pescado deja de ser rutina y pasa a ser una elección ocasional. Y si el primer contacto con el pescado es caro o incómodo, la costumbre no se consolida.

Hay una paradoja adicional: parte del mejor producto se orienta a restauración, y especialmente a segmentos turísticos dispuestos a pagar más. Esto crea un doble mercado. El pescado se convierte en experiencia en restaurante, no en hábito doméstico. El residente lo celebra fuera, pero lo reduce dentro.

Es un cambio cultural: el pescado como “capricho” o “plan”, no como básico semanal.

Canarias no consume poco pescado porque no le guste. Consume poco porque hoy el pescado compite en desventaja: precio, conveniencia y hábitos. Y eso no es un detalle gastronómico, es una pista de cómo están cambiando el bolsillo, la cultura alimentaria y la relación con el territorio.

Redacción
Redacción
Equipo de Redacción de elburgado.com

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