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miércoles, 11 febrero,2026

¿Qué está pasando bajo el Teide?

En este arranque de esta semana, el Teide ha vuelto a recordar una realidad que se olvida cuando el volcán parece quieto: Tenerife es un sistema volcánico activo.

El IGN ha registrado alrededor de 90 terremotos en el área oeste de Las Cañadas, con hipocentros a unos 10–12 kilómetros.

No se trata de grandes sismos ni de temblores sentidos por la población. Se trata, sobre todo, de una señal técnica que interesa a los científicos por su tipo y por su patrón temporal.

Eventos híbridos

El matiz clave es que no son “terremotos normales”. En este episodio aparecen pulsos de sismicidad de baja frecuencia y, entre medias, algunos eventos híbridos.

En volcanología, esa etiqueta importa porque suele apuntar a procesos internos distintos a una simple fractura tectónica: los sismos de baja frecuencia suelen asociarse a movimiento de fluidos (agua caliente, gases y, en algunos casos, gases magmáticos o magma) a través de conductos, grietas y zonas de debilidad.

Los híbridos, por su parte, combinan rasgos de rotura de roca con componentes vinculados a fluidos, como si el sistema “crujiera” y a la vez “respirara” internamente.

Dicho de forma sencilla: el enjambre sugiere más un episodio de circulación o presurización de fluidos en profundidad que un terremoto tectónico clásico.

Eso no significa que haya magma subiendo de forma directa hacia la superficie, ni que exista una erupción en el horizonte inmediato. Significa que el sistema volcánico está experimentando un cambio de presión o de dinámica interna que genera pequeñas señales detectables por la red sísmica.

¿Es peligroso?

Depende de si viene acompañado de otras señales. Aquí conviene separar vigilancia de alarma. En el Teide se han observado episodios de sismicidad en esta franja de profundidad en otros momentos recientes, algunos incluso más intensos.

En volcanes activos, los “enjambres” pueden ser parte de la normalidad del sistema, especialmente cuando se mantienen en magnitudes pequeñas y sin migración clara hacia cotas someras.

La clave para valorar si un episodio así implica un escenario más serio no es el número “90” por sí solo, sino el conjunto de indicadores que lo acompañen.

Lo que realmente cambia la lectura es que, además de sismicidad, aparezcan: deformación del terreno (inflación medible), cambios en emisiones de gases (por ejemplo CO₂ o SO₂), alteraciones del sistema hidrotermal, migración progresiva de los hipocentros hacia profundidades menores o un aumento sostenido de la energía liberada.

Cuando varios de esos factores se alinean, el escenario evoluciona. Cuando no, lo más probable es que estemos ante una fase de reajuste interno.

Sin miedo a erupciones

Episodios de microseismicidad como este, aun siendo llamativos en titulares, no son automáticamente sinónimo de “erupción inminente”. El riesgo real no se construye con un dato aislado, sino con tendencias y correlaciones entre señales distintas.

De hecho, hay una lectura positiva en todo esto: que se detecte, se clasifique y se explique. La vigilancia instrumental y la comunicación técnica son la primera línea de seguridad en un territorio volcánico.

El Teide no “despierta” de golpe: si algún día el sistema caminara hacia una fase eruptiva, lo habitual es que lo haga con señales crecientes y convergentes.

Redacción
Redacción
Equipo de Redacción de elburgado.com

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