Underwater Gardens Regenerative Park Tenerife (UGPT) es, según sus promotores, un proyecto de “parque de experiencia regenerativa” que aspira a convertir al visitante en agente activo de restauración ambiental en la costa oeste de Tenerife, en Punta Blanca (Guía de Isora).
Una iniciativa que pretende pasar del enfoque de “conservación” (proteger lo que queda) a “regeneración” (restaurar lo degradado), vinculando turismo educativo, biotecnología, ciencia aplicada y participación ciudadana como motor de financiación y legitimidad social.
A continuación, analizamos sus ventajas, riesgos y condiciones para que el salto de discurso a impacto real sea creíble.
Qué propone
El corazón del proyecto es el Sea Garden, definido como “laboratorio vivo” de restauración marina.
Su metodología parte de un diagnóstico previo del ecosistema para aplicar un conjunto de herramientas de restauración activa y pasiva, como módulos biomiméticos destinados a facilitar la recolonización de especies autóctonas y reforzar cadenas tróficas, además de crear “sumideros de carbono azul”.
En cifras, destacan los 11.690 m² de “superficie de actuación regenerativa” en el mar, con una huella física en el fondo marino de 161,5 m² y emplazamientos a 25–100 m de profundidad, a 400–1.300 m de la costa.
También destacan los 43.000 m² de áreas de regeneración ambiental, principalmente en tierra.
El parque terrestre incluye piezas como Biolab, Aquademy, Centro de la Biodiversidad, espacios de bienestar (Zen Village, Meditadorium), un Sciences Dive Hub para ciencia ciudadana, y zona gastronómica/mercado local (Km 0).
UGPT subraya que no prevé hoteles, viviendas ni embarcaderos, que el acceso al litoral seguirá siendo libre, y que el número operativo de visitantes se escalonaría entre 1.200 y 2.000 personas/día (aunque menciona un aforo técnico legal de 3.000 para cálculos de seguridad/evacuación).
Ventajas potenciales
1) Puede ser una vía de financiación estable para restauración
La idea de “turismo que paga regeneración” tiene lógica: crea un flujo económico recurrente para monitorización, mantenimiento y ajustes adaptativos (algo que muchos proyectos de restauración pierden cuando se agota la subvención inicial). El propio dossier insiste en una lógica de gestión adaptativa: medir, evaluar y corregir.
Condición clave: que exista una trazabilidad pública de cuánto ingreso se destina a restauración, investigación y seguimiento, y cuánto a operación/beneficio.
2) Restauración “en áreas degradadas” con monitorización (si la línea base es sólida)
UGPT afirma que las actuaciones se ubican en zonas degradadas dentro de la ZEC Teno–Rasca (Red Natura 2000) y que habrá monitorización ambiental avanzada para detectar invasoras, tendencias negativas y señales asociadas al cambio climático.
En teoría, esto permitiría comparar antes/después y corregir si aparecen efectos no deseados.
3) Diseño sin carga alojativa y cesión de suelo a uso público
El proyecto destaca la cesión de 26.000 m² al Ayuntamiento para uso público y ambiental, y la ausencia de hoteles o viviendas. En un contexto insular tensionado por el binomio turismo-territorio, limitar la “carga alojativa” es una diferencia relevante respecto a otros desarrollos.
4) Empleo cualificado y diversificación (si no se queda en cifra de marketing)
Se anuncian 300–500 empleos directos e indirectos cualificados asociados a biotecnología, educación y economía azul. Si se materializa, encaja con la narrativa de diversificación (más valor por visitante, menos dependencia del volumen).
Desventajas y riesgos
1) Intervenir en un espacio marino protegido exige un estándar de evidencia más alto que un dossier
Que el área sea Natura 2000 no impide actuar, pero eleva el listón. La restauración puede ser compatible, sí; el problema es el margen de incertidumbre ecológica. En el documento se afirma que el Sea Garden “superará con creces los indicadores biológicos previos” y que se convertirá en sumidero de carbono azul.
Eso puede ocurrir… o no. La restauración marina es sensible a:
- selección de materiales y diseño de hábitats,
- dinámica sedimentaria y eventos extremos,
- cambios de temperatura y acidificación,
- presión humana (buceo, embarcaciones de apoyo, etc.).
Un riesgo importante es que el marketing vaya por delante de la ecología y se vendan resultados “garantizados” cuando, científicamente, deberían presentarse como hipótesis con rangos y escenarios.
2) “No afecta al surf” y “no altera sedimentos”: hay que auditarlo de forma independiente
UGPT sostiene que los módulos estarán por debajo de la profundidad mínima de seguridad (cita una mínima de 14,69 m según Hallermeier y directrices del MITECO) y que se colocarán a 25/80/100 m, fuera de la zona de influencia del oleaje y del “desfase de 400 m protegido para la ola”.
El punto crítico no es solo el cálculo: es la confianza social. Si la ola es un patrimonio comunitario, los estudios deberían:
- publicarse (al menos en resumen técnico),
- permitir réplica,
- contar con revisión externa,
- y definir umbrales de alarma (qué variable, qué desviación, qué acción correctiva).
3) Aforo de 1.200–2.000/día: aunque sea escalonado, sigue siendo mucho para un enclave local
El dossier de UGPT propone entradas escalonadas y priorizar transporte colectivo para evitar picos y colapso.
Aun así, el impacto no es solo tráfico, es carga sobre servicios, residuos, ruido, presión sobre senderos, y la transformación paulatina del “uso cotidiano” del lugar (aunque el acceso sea libre). La masificación puede ser “blanda” pero real: más gente, más economía, más externalidades.
En este sentido existe un riesgo social su comunidad local percibe el “parque” como un rebranding de privatización funcional (aunque no legal) del paisaje.
4) Agua y energía: promesas técnicas plausibles, pero con huella oculta
Se describe una gestión hídrica circular (captación pluvial, reutilización, desalinización “sostenible”, regeneración de residuales) y un modelo energético híbrido con renovables, eólica y biocombustibles de algas.
Todo esto puede reducir impactos, pero también desplazar huella a otros puntos:
- consumo energético real de desalación y bombeos,
- mantenimiento de infraestructura,
- balance neto de emisiones si hay alta demanda operativa,
- dependencia de suministros y reposiciones.
Pero, ¿cuál es el balance ambiental neto anual (energía, agua, residuos, emisiones, movilidad) en operación real, no en diseño?
5) El “aval científico” está bien matizado… y aun así puede usarse como escudo
El dossier aclara que participar en consorcios (Ocean Citizen, MAF World) facilita transferencia metodológica “sin suponer un aval específico” al UGPT.
Es una aclaración honesta, pero en la práctica comunicativa puede convertirse en autoridad prestada y convertirse en un greenwashing: que la existencia de ciencia “alrededor” del proyecto se confunda con validación científica “del” proyecto.
Conclusión:, pero su prueba no es el relato sino la gobernanza
UGPT propone un giro atractivo: que el turismo financie restauración y educación, evitando la lógica de “más camas, más volumen”. Sobre el papel es un proyecto interesante que a priori no conllevará carga alojativa, habrá control de aforo y monitorización con un enfoque bioclimático.
El pnto débil es inherente a este tipo de iniciativas. Cuando se mezcla conservación, espectáculo y negocio, la frontera entre regeneración y marketing verde se decide en tres sitios concretos: transparencia, control independiente y capacidad de corregir (o parar) si algo va mal.
Si el proyecto acepta ese estándar puede convertirse en un caso piloto útil para Tenerife. Si no, corre el riesgo de ser otro artefacto bien diseñado que mejora la narrativa del destino mientras desplaza los costes (ecológicos y sociales) al territorio que dice cuidar.







