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martes, 3 febrero,2026

El tomate canario no “pierde”, lo están dejando solo

Cuando el consejero de Agricultura afirma que el tomate canario “no es competitivo por la desventaja con el marroquí”, describe un hecho, sí, pero también revela un marco mental: si la competitividad se reduce a vender más barato, el tomate canario está condenado por definición.

No porque sea peor. Al contrario, porque compite en otra liga y con otras reglas… mientras el mercado, la distribución y buena parte de la política pública insisten en juzgarlo con el único criterio que favorece al más barato.

Historia

El tomate canario no es solo un producto agrícola. Es una cadena económica histórica, una cultura exportadora, un paisaje, un tejido laboral y una seña de identidad.

Reducirlo a una batalla de céntimos contra Marruecos es ignorar lo esencial, que el tomate canario puede ser competitivo, pero no puede ni debe competir en dumping social, energía más barata, condiciones laborales menos exigentes o normativas fitosanitarias asimétricas. Si ese es el terreno de juego, el problema no es el tomate: es el árbitro.

Porque la “desventaja” no es un misterio natural. Se llama insularidad, sobrecoste logístico, agua cara, energía cara, dependencia de inputs importados, y un sistema de comercialización europeo en el que el productor suele ser el último eslabón al que se le exige absorber todas las tensiones.

Distribución

Luego está la otra parte: la distribución. Al consumidor se le habla de sostenibilidad y de producto local, pero en el lineal manda el precio, las promociones y la uniformidad. El tomate canario no puede ser tratado como un commodity más sin perder su razón de ser.

Defender la exportación no es romanticismo. Es estrategia. Canarias no se puede permitir renunciar a un sector que ha demostrado durante décadas que puede abastecer mercados exigentes, generar empleo y mantener actividad en zonas donde no sobran alternativas.

La exportación, además, disciplina: exige calidad, regularidad, trazabilidad, profesionalización. Si se abandona, el golpe no es solo económico; es estructural: se vacía el campo, se rompe la cadena y se pierden capacidades que luego no se recuperan “cuando vuelva a interesar”.

Aquí viene el punto crítico: cuando una administración asume públicamente que el tomate “no es competitivo”, sin matices, está firmando una rendición anticipada. Lo responsable sería decir: “Con estas reglas es difícil. Vamos a cambiarlas o a compensarlas”. Porque hay margen. No para competir en precio con Marruecos, sino para competir en valor.

Ese valor existe y se puede convertir en músculo exportador: calidad organoléptica, menor tiempo de tránsito hacia mercados europeos frente a rutas más largas, estándares laborales y ambientales europeos, y un relato coherente de proximidad y seguridad alimentaria.

La pregunta es si el sistema está diseñado para pagar eso o para invisibilizarlo. Si el consumidor no distingue, hay que ayudarle a distinguir: etiquetado claro de origen, campañas serias, acuerdos con distribución para dar espacio a producto europeo, y, sobre todo, contratos que no asfixien al productor.

Compensar

La comparación con Marruecos no debería concluir en derrota, sino en diagnóstico, y si hay asimetría, se corrige. Si hay sobrecoste, se compensa. Si hay valor diferencial, se protege y se vende.

El tomate canario puede seguir exportando, pero necesita algo más que nostalgia y notas de prensa. Necesita política comercial, logística, energética y de cadena alimentaria que deje de tratarlo como un problema y empiece a tratarlo como un activo.

Lo que ocurre es que, durante demasiado tiempo, se ha intentado que el tomarte gane una carrera que no es la suya, mientras se desmantelaba la pista que sí podría hacerlo competitivo, la del valor, la calidad y la soberanía económica.

Redacción
Redacción
Equipo de Redacción de elburgado.com

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