La Administración del presidente Donald Trump ha puesto en marcha una reestructuración sin precedentes del Departamento de Estado que ha sacudido los cimientos de la diplomacia estadounidense. Bajo el lema de “America First” y con el objetivo de reducir el tamaño del Estado, casi 3.000 empleados —un 18% del personal doméstico de la agencia— serán despedidos, según una directiva presidencial anunciada en febrero y detallada en abril por el secretario de Estado, Marco Rubio.
El proceso, que el propio Departamento describe en un memorando interno como una estrategia para “optimizar operaciones nacionales” y eliminar “funciones no esenciales o redundantes”, ha desatado una ola de críticas entre antiguos diplomáticos, legisladores demócratas y organizaciones del cuerpo diplomático, que lo califican como un golpe severo a la capacidad de Estados Unidos de ejercer influencia en el mundo.
“El momento no podría ser peor”, advirtió el senador demócrata Tim Kaine, aludiendo a los conflictos activos en Ucrania y Gaza, así como al aumento de tensiones entre Israel e Irán. “Estamos recortando músculo diplomático justo cuando más lo necesitamos”, dijo.
Uno de los puntos más reiterados por quienes rechazan esta medida es el contraste entre el repliegue de Estados Unidos y la expansión diplomática y militar de China. Kaine y otros legisladores advierten que Pekín, a través de iniciativas como la “Nueva Ruta de la Seda”, está afianzando su presencia en regiones clave como África y América Latina, mientras Washington se retira.
“El mundo no se detiene porque Estados Unidos reduzca su personal diplomático. China está ocupando ese espacio”, señaló un exembajador bajo condición de anonimato.
Rubio, por su parte, ha insistido en que no se trata de una “purga ideológica” sino de una racionalización administrativa. “Eliminamos puestos, no personas”, afirmó en rueda de prensa. No obstante, los efectos son personales y profundos: se pierden décadas de experiencia regional acumulada, en especial en áreas estratégicas como Asia-Pacífico.
La reestructuración ha afectado a oficinas fundamentales, incluyendo aquellas dedicadas a derechos humanos, crímenes de guerra y el reasentamiento de refugiados. La desaparición de la Oficina CARE, encargada del apoyo a afganos aliados durante la guerra, ha generado especial indignación. “Nuestro equipo fue masacrado”, declaró Jessica Bradley Rushing, una de sus empleadas.
Senadores como Andy Kim, que asesoró al Departamento de Estado durante la guerra en Afganistán, describen el ambiente como “desgarrador”, mientras que veteranos del servicio exterior como Gordon Duguid acusan al gobierno de priorizar la lealtad política sobre la experiencia profesional.
El recorte no se limita al Departamento de Estado. La clausura de la Agencia de EE.UU. para el Desarrollo Internacional (USAID) y la eliminación de varios programas de ayuda exterior refuerzan la percepción de que Estados Unidos está cediendo terreno en el ámbito del poder blando.
A diferencia de la ayuda estadounidense, que a menudo incluye condiciones vinculadas a derechos humanos, la cooperación china se ofrece sin exigencias democráticas, lo que la hace especialmente atractiva para gobiernos autoritarios o en crisis. Varios analistas ven en este giro una amenaza al liderazgo global estadounidense.
El viernes, la escena en la sede del Departamento de Estado en Washington fue profundamente conmovedora. Cientos de empleados, muchos entre lágrimas, se despidieron entre cajas de cartón y abrazos silenciosos. Afuera, manifestantes —exdiplomáticos, congresistas y ciudadanos— expresaban su rechazo con pancartas que decían “Gracias, diplomáticos estadounidenses” o “Todos merecemos algo mejor”.
Algunas cartulinas tenían forma de lápidas, simbolizando la “muerte” de valores como la diplomacia, los derechos humanos o la defensa de la democracia, pilares históricamente asociados al rol de Estados Unidos en el mundo.
El presidente Trump ha celebrado la decisión como parte de su cruzada contra lo que considera un Estado sobredimensionado y burocrático. Pero para muchos dentro y fuera del país, esta reducción plantea una pregunta inquietante: ¿Está Estados Unidos desmantelando su liderazgo global desde dentro?
Miles de diplomáticos despedidos cierran una etapa con la incertidumbre de qué papel podrá seguir jugando su país en el mundo que ayudaron a construir.







