Hemos visto Odisea hablamos de grande poema épico de gesta de héroes, pero …. ¿Y si bajo las gestas heroicas, las suplicas a los dioses, los episodios trágicos y esos destinos que parecen escrito desde siempre, discurriera una corriente silenciosa, una línea escondida que mueva a todos por igual? ¿Y si esa línea, invisible, pero constante, fuera la fuerza misma actuando como una ley oculta que gobierna cada gesto, cada caída?
La fuerza nunca es un concepto abstracto ni una categoría filosófica encerrada en si misma. Es algo que se siente, que se padece, que atraviesa la vida humana como una corriente que arrastra y trasforma. Cuando leemos la Odisea o la Ilíada no vemos un poema heroico, non solo, vemos un laboratorio moral donde la fuerza muestra su verdadero rostro. Cuando Simone Weil lee la Ilíada ve que la fuerza es el poder que convierte al hombre en cosa, que lo despoja de su interioridad y lo deja reducido a pura materia expuesta al impacto. En ese gesto la fuerza, no solo destruye, también embrutece, vuelve opaco todo lo que toca. Y lo más inquietante es que no distingue entre vencedores y vencidos. Quien la ejerce termina atrapado exactamente como quien la sufre. Weil insiste en que la fuerza es una especie de gravedad moral. Una caída. Una pendiente que, una vez iniciada, ya no permite detenerse. En la Ilíada, cada personaje se desliza por ese pendiente, evidencia Weil, con una mezcla de orgullo y fatalidad. Aquiles, Héctor, Agamenón, Príamo, todos creen dominar la fuerza, todo creen que su voluntad basta con contenerla, y todos acaban convertidos en instrumentos de algo que los supera. La fuerza los vuelves rígidos, previsible, incapaces de ver más allá de su impulso. Patroclo quizá es el único que se salva por un instante, lo hace porque su gesto nace de la atención no del orgullo. Pero incluso el queda atrapado en la rueda trágica que gira alrededor de los héroes, es la huybris griega. Nadie está a salvo si excede. Ese análisis en La Ilíada o el poema de la fuerza, escrito en el 1939, resuena con claridad incomoda hoy. Siempre en realidad, pero hoy vivimos en una realidad donde la fuerza ya no necesita espadas ni escudos, se manifiesta en la velocidad, en la presión de lo inmediato, en la lógica de la urgencia que nos empuja a reaccionar sin pensar. La fuerza aparece en la política convertida en liturgia, la burocracia que inmoviliza proyectos, en la economía que exige resultados sin tiempo para la reflexión. Es la misma fuerza que Simone detecta en Homero: un mecanismo que nos convierte en cosas, que nos arrastra hacia la inercia, que nos hace repetir consignas en lugar de escuchar, defender posiciones en lugar de comprender. Y aunque acabamos de descubrir homero por Nolan que nos permite concluir que los personajes dejan de ser figura lejana podemos ver que los dioses son metáforas de las presiones que gobiernan la vida humana. En la vida cotidiana también sentimos esta presión esa maquinaria. La fuerza aparece en la retórica que sustituye el dialogo, en la polarización que convierte el otro en enemigo, en la presión que nos obliga a actuar antes de pensar. La fuerza nunca es solo violencia, es también fascinación, impulso, por eso seduce y por eso cuesta resistirla. La libertad, en cambio, es un trabajo lento que exige vigilancia sobre uno mismo. A eso se dedica Simone Weil. La euforia de descubrir Homero a través de Nolan puede ser el inicio de ese trabajo, pero prestar atención a Weil es lo que permite comprender la raíz del problema. Sus Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social y su La Ilíada o poema de la fuerza abren puertas que van mucho más allá de lo que está escrito: nos enseña a ver la fuerza donde no la habíamos vista, a reconocer cuando nos convierte en cosas a evitar ser víctima, vencedores o vencido de un mecanismo que, si no se vigila, termina gobernándolo todo. Hay muchas lecturas que podemos hacer este verano, Simone Weil, esa pensadora singular del siglo XX, de una sensibilidad filosófica extraordinaria y como dijo Albert Camus “el único gran espíritu de nuestro tiempo” siempre es una buena elección.






