El consejero delegado de Volkswagen, Oliver Blume, comunicó este lunes a los empleados del grupo a través de un memorando interno que la compañía podría necesitar suprimir otros 50.000 puestos de trabajo en todo el mundo, adicionales a los 50.000 ya acordados que incluyen recortes en Porsche y Audi. La cifra total llegaría así a 100.000, un número sin precedentes para el mayor fabricante de automóviles de Europa.
La razón que esgrime Blume es una desventaja de costes del 20% respecto a sus competidores. Como la mitad de los costes fijos del grupo corresponden al personal, un ajuste para equiparar la competitividad implicaría teóricamente esa reducción, si los costes laborales no cambian. «El siguiente paso es reducir nuestros costes fijos a un nivel competitivo», escribió el directivo en el documento.
Cuatro plantas siguen en el punto de mira. Blume reconoció que a día de hoy el grupo no puede confirmar una distribución competitiva de producción para las fábricas de Emden, Hannover, Zwickau y Neckarsulm en la década de 2030, aunque señaló preferir «soluciones más inteligentes» a los cierres. Entre las alternativas que maneja la dirección figuran reconvertir algunas instalaciones para producción de defensa o fabricar en ellas modelos de marcas chinas del grupo para el mercado europeo.
El plan chocó de nuevo con los sindicatos. Representantes de IG Metall en el consejo de supervisión bloquearon las propuestas presentadas el jueves pasado y el clima laboral en Wolfsburgo es de máxima tensión. Los costes arancelarios impuestos por la Administración Trump suponen una carga adicional de unos 4.000 millones de euros al año para el grupo, y las ventas en China, su principal mercado, cayeron un 20% en el primer trimestre. En bolsa, las acciones de Volkswagen acumulan una caída de más del 25% en lo que va de 2026 y tocaron esta semana su nivel más bajo en 16 años.






