Hay ideas que reaparecen justo cuando creíamos haberlas dejado atrás. La lectura de la historia como un pulso entre potencias terrestres y potencias marítimas de Carl Schmitt es una de ellas. Su distinción, la de tierra como frontera y el mar como expansión parecía un artefacto del siglo XX, sin embargo, basta mirar el mapa político actual para notar que esa dialéctica vuelve a insinuarse bajo la superficie de los titulares.
En el centro del escenario están EEUU, China e Irán, tres actores que encarnan lógicas estratégicas distintas. En el debate público se suele presentar la rivalidad entre Washington y Pekín como competencia tecnológica o comercial. Pero hay algo más profundo que eso: una disputa por el modo de ordenar el mundo. La política exterior estadunidenses se ha articulado históricamente entorno al control de los mares, de las rutas, de los flujos. China en cambio, ha construido su influencia desde la tierra: corredores, infraestructuras, continuidad territorial e Irán opera desde la densidad geopolítica del espacio continental, donde la geografía es un recurso y una defensa. El dominio sobre el estrecho de Ormuz lo evidencia.
No se trata, pero, de reforzar analogías contemporáneas al siglo xx con la lectura filosófica de los hechos, sino de reconocer que la geopolítica sigue organizada por tensiones entre formas distintas de habitar el poder. Y justo aquí la lectura filosófica se vuelve útil porqué el conflicto no es solo un choque de intereses, sino un modo de relevar qué tipo de mundo intenta imponerse. La distinción entre tierra y mar no es geográfica más bien simbólica. Es una forma de entender la historia. En este sentido, la situación actual recuerda a lo que Schmitt, inteligencia entre las más lucida del siglo XX, veía en los grandes giros históricos: identificaba los momentos en lo que una innovación, que sea tecnológica, económica o militar, reconfigura el equilibrio entre estabilidad, inteligencia artificial, cadenas logísticas, infraestructura energética. La frontera ya no es una línea, sino una red y el poder ya no se ejerce solo desde un territorio, sino desde la capacidad de controlar los flujos que los atraviesan. La pregunta entonces no es quien ganará la contienda, sino qué forma de mundo está emergiendo. ¿un orden basado en la fluidez global o un retorno a la solidez territorial? ¿una política que privilegia la movilidad o una que refuerza el arraigo? ¿un sistema que piensa desde el mar o desde la tierra?
Lo que vuelve actual Schmitt no es su diagnóstico, sino su intuición: cada época se define por la manera en que distribuye el espacio del poder. Y que, cuando ese espacio cambia, cambia también la historia. Quizá por eso su obra (que sea la redición de Tierra y mar o el Nomos de la tierra o categoría del político o teología política) vuelve a circular en debates y en publicaciones y artículos de analistas políticos, porqué más allá de los titulares lo que está en juego no es solo una rivalidad geopolítica sino, temo, la arquitectura misma del mundo que vendrá.







