A veces me pregunto si en Santa Cruz estamos discutiendo sobre una estatua o sobre nuestra incapacidad colectiva para entender qué significa estatua. Porque la decisión del Alcalde de retirar el Ángel de Franco y guardarlo en un almacén, o nave, no es una postura política, es una confesión cultural. No es que uno espere que el Alcalde haya leído a Todorov, pero al menos debería intuir lo que cualquier ciudadano comprende sin necesidad de teoría o sea que una estatua no es un objeto que se mueve como quien cambia una papelera de acera. Una estatua significa. Y mientras lo digo, me viene inevitablemente a la cabeza esa distinción entre signo y símbolo que Tvetan Todorov hace en Teoría del símbolo, un libro que casi ni se edita. Poseo una tercera edición del 1993 y no tengo conocimiento de otra en lengua española. Un signo remite a algo directo, mecánico; un símbolo remite a algo que no está allí, algo que pertenece a la memoria, a la tradición, a la interpretación colectiva. Y lo dice con una claridad que ahora se vuelve casi irónica: un símbolo no se agota en su materialidad. No es la piedra lo que lo importa sino lo que la piedra evoca. Por eso, cuando una ciudad decide qué hacer con un símbolo, no está gestionando un objeto, está gestionando un sentido. Y aquí es donde la decisión del Alcalde se vuelve tan reveladora. Porque si uno cree que el Ángel de Franco es un signo, un resto incómodo del franquismo, entonces la lógica es simple: los signos políticos se destruyen ipso facto en el momento del cambio ideológico. Si un régimen cae y un monumento era un signo de ese régimen, se abate en ese instante. No años después. Porque años después la semiótica ha cambiado: lo que fue signo ya no es signo, es símbolo. Y los símbolos no se destruyen: se interpretan, se contextualizan, se asumen como parte de la madurez de una sociedad frente a su propria historia. Se puede pensar que retirarlo es la solución, pero si uno entiende que es un símbolo esconderlo no resuelve nada. Un símbolo no desaparece cuando lo metemos en un almacén. Lo que desaparece es la capacidad de la ciudad para decidir qué hacer con su propia memoria. Y aquí se genera otro problema quizá más grave: la incapacidad de decir no al PSOE, que lleva años obsesionado con convertir la Memoria Histórica en un instrumento de identidad política. Si el Alcalde realmente creyera en la Ley, si realmente quisiera cumplirla con coherencia habría dicho algo muy simple: “de acuerdo, la Ley exige la retirada: entonces la estatua se destruye”. Punto. Eso sería una decisión. Eso sí, sería asumir la responsabilidad simbólica. Pero no, en lugar de eso se opta para un almacén, que es la forma más elegante de no decir ni sí ni no. La forma más cómoda de obedecer sin comprometerse. La forma más tibia de quedar bien con todos y mal con la ciudad. Y aquí conviene añadir algo más, porque Coalición Canaria, el partido del Alcalde, tampoco sale indemne de esta reflexión. ¿De verdad alguien en ese partido ha pensado seriamente que significa esta escultura? ¿O han creído que la solución era convertirla en BIC, como si un catálogo patrimonial fuera un escondite semántico? Otro engaño para no dar respuesta, para no posicionarse, para no asumir que un símbolo exige una decisión y no un trámite. Y ya que hablamos de coherencia, sería interesante llevar a la lógica hasta el final. Si la estatua debe destruirse, destruyámosla. Pero hagámoslo bien, con transparencia, con solemnidad democrática. Organicemos un acto público. Que vengan Sánchez y Torres el ministro de la memoria democrática. Que presencien físicamente la destrucción de la estatua, del símbolo que consideran incompatible con la democracia. Que estén allí, delante de la piedra que se rompe, delante del bronce que cae. Y después, cuando todo está reducido a fragmentos, podemos hacernos la pregunta ¿Seguiremos llamándolos progresistas? O empezaremos a llamarlos como salvajes talibanes que consideran material, la historia. ¿Y ya puestos a seguir la lógica, que hacemos después? ¿Cogemos todos los libros de Arquitectura de Historia del Arte, que han descrito, analizado o simplemente nombrado esta estatua, y hacemos una hoguera? ¿Quemamos también esos libros? ¿hacemos este acto purificatorio para que no quede nada ni rastro simbólico ni textual ni documental? Todo en nombre de la Memoria Democrática, claro. Porque si la memoria democrática exige borrar entonces borremos bien. Borremos todo. No dejamos ni una nota al pie.
La ironía es evidente, pero el problema es real. O destruimos la estatua, y asumimos lo que significa símbolo y signo, o la dejamos donde está y asumimos que es de verdad un símbolo y convivimos con la historia. Lo que no tiene sentido es esconderla. Lo que no tiene sentido es fingir que la historia se puede dejar suspendida en un almacén. Lo que no tiene sentido es gobernar una ciudad sin entender que los símbolos de un mismo signo significan algo distintos en cada época. El Ángel de Franco retirado y oculto no deja de ser un símbolo. Actuando así, no se consigue nada; esa decisión simplemente se convierte en el símbolo de otra cosa: de la indecisión, de la ignorancia semiótica, de la incapacidad política para afrontar con madurez la historia. Querían un símbolo, creen que es símbolo de algo, pues será símbolo de eso. Será un signo del franquismo y un símbolo de esta incapacidad política. Un símbolo que revela que estamos en manos de políticos que no saben leer los símbolos que administran y evidentemente, tampoco los libros. Pueden leer Todorov, en las bibliotecas aún lo encuentran. Y nada más y nada menos para quedar bien con León XIV, los políticos podían haberlo leído San Agustín, y demostrar que algo de él sabían, porqué sí, es el que habla de signo y símbolo.






