Es común clasificar ideológicamente a las personas según pertenezcan a la izquierda o a la derecha. Pese a tratarse de términos enormemente ambiguos y con significados muy disputados, las principales formaciones políticas adscritas a la izquierda tienden a posicionarse, al menos retóricamente, en contra de los valores tradicionales y a favor del intervencionismo del Estado en la economía; mientras que las principales formaciones de derecha tienden —de nuevo, retóricamente— a abrazar la moralidad tradicional y a rechazar el intervencionismo estatal en la economía.
Adoptando esta perspectiva, podríamos definir muy simplificadamente a la izquierda como «intervencionista en lo económico y liberal en lo social», mientras que la derecha sería «liberal en lo económico e intervencionista en lo social». Pero, ¿realmente la mayoría de la población se siente representada en alguna de estas dos etiquetas? Es decir, ¿quienes abogan por dirigir manu militari la economía tienden a despreocuparse de interferir en materia moral y, en cambio, quienes desean imponer sus propios valores morales al resto de la sociedad dejan manga ancha a la economía?
Una parte significativa de la población sí se siente identificada con tal caracterización: en concreto, aquellos ciudadanos más politizados y, por tanto, más expuestos mediáticamente a la segmentación ideológica que impulsan las propias fuerzas políticas «de izquierda» y «de derechas». Pero, ¿qué sucede con el resto de los ciudadanos, esto es, con aquellos que no se agrupan en torno a paquetes ideológicos cerrados y predefinidos sino que meramente se dejan guiar por sus intuiciones morales? La respuesta, según la evidencia empírica disponible, es que ese resto es la inmensa mayoría — y el paquete izquierda-derecha describe cada vez peor su forma real de pensar la política.
Lo que revela la evidencia
El psicólogo político Ariel Malka, junto con Yphtach Lelkes y Christopher J. Soto, sometió esta intuición a la prueba empírica más ambiciosa disponible hasta la fecha. En un estudio publicado en 2019 en el British Journal of Political Science analizaron datos de la Encuesta Mundial de Valores correspondientes a noventa y nueve países, recogidos entre 1989 y 2014, con una muestra agregada de más de 325.000 personas, sobre preguntas sobre libertades personales (derechos de los homosexuales, inserción de la mujer en el mercado laboral, actitudes hacia la inmigración) y libertades económicas (propiedad privada de los medios de producción, función redistributiva del Estado).
El hallazgo central invierte el sentido común: la correlación positiva entre conservadurismo cultural y conservadurismo económico —el paquete que asociamos automáticamente con «la derecha»— resulta, a escala mundial, más la excepción que la regla. En la mayoría de los noventa y nueve países analizados, esa correlación es débil, inexistente o directamente negativa: las personas más partidarias de las libertades personales suelen ser también las más partidarias de las libertades económicas, y viceversa. Y lo más revelador es qué determina, según el propio estudio, en qué países y para qué personas sí aparece el paquete izquierda-derecha clásico: dos variables lo predicen con fuerza, el «tradicionalismo nacional» —cuánto pesan las jerarquías y normas heredadas en la cultura política de un país— y, sobre todo, el nivel de «compromiso político» (political engagement) del propio individuo. Dicho de otro modo: cuanto más rica, más asentada institucionalmente y más mediáticamente saturada de discurso partidista es una sociedad, y cuanto más politizado está un ciudadano dentro de ella, más probable es que sus posiciones culturales y económicas encajen en el paquete izquierda-derecha que domina el debate público. Para el resto —la mayoría de la humanidad, y también la mayoría de los ciudadanos de cualquier país occidental que no vive pegado a la actualidad política— ese paquete simplemente no describe cómo piensan.
El verdadero eje: protección o libertad
Si el paquete izquierda-derecha no organiza las actitudes de la mayoría, ¿qué lo hace? Malka, Lelkes y Soto proponen un eje alternativo que los propios autores bautizan como organización de actitudes según «protección-libertad» (protection-freedom): quienes buscan protección en el Estado tienden a demandarla tanto en cuestiones materiales (intervencionismo económico) como en cuestiones socio-culturales (intervencionismo moral); quienes reclaman libertad también tienden a reivindicarla en ambos frentes a la vez. En términos generales: o se es de derechas en lo económico y de izquierdas en lo social, o de derechas en lo social y de izquierdas en lo económico. Servilismo o liberalismo.
Esta reordenación no es un hallazgo aislado ni caprichoso. Encaja con lo que buena parte de la ciencia política comparada lleva años describiendo bajo otros nombres: la distinción GAL-TAN (verde-alternativo-libertario frente a tradicional-autoritario-nacionalista) que utiliza el Chapel Hill Expert Survey para situar a los partidos europeos en un segundo eje, ortogonal al puramente económico, apunta exactamente a la misma fractura. Lo que Malka, Lelkes y Soto añaden de nuevo no es la existencia de ese segundo eje —ya conocido entre especialistas—, sino la demostración, con datos de casi todo el planeta y un cuarto de siglo de encuestas, de que ese eje protección-libertad es el que efectivamente organiza las actitudes políticas de la mayoría de los seres humanos, mientras que el eje izquierda-derecha es, en comparación, un fenómeno relativamente parroquial: el idioma en el que discuten entre sí las minorías politizadas de un puñado de democracias ricas.
Por qué el populismo le está comiendo la tostada a la izquierda
Este hallazgo, publicado originalmente cuando el ascenso del nacionalpopulismo en Occidente todavía se discutía como una anomalía pasajera, ha ganado urgencia explicativa con cada ciclo electoral transcurrido desde entonces. Sirve, en particular, para entender por qué los movimientos nacionalpopulistas continúan comiéndole la tostada a los partidos de izquierdas en gran parte de Occidente: mientras que las formaciones de izquierdas ofertan protección únicamente en el plano económico —redistribución de la renta, Estado del bienestar—, el populismo de derechas promete protección tanto en lo económico como en lo socio-cultural, con la preservación de una identidad y unos valores tradicionales frente a lo que presenta como amenazas exteriores.
Los datos electorales más recientes son, en este sentido, difícilmente más elocuentes. En las elecciones al Parlamento Europeo de junio de 2024, los partidos de la derecha nacionalpopulista obtuvieron su mejor resultado histórico, haciéndose con cerca de un cuarto de los escaños del hemiciclo y encabezando la votación en Francia —donde la victoria de la Agrupación Nacional forzó a Emmanuel Macron a convocar elecciones legislativas anticipadas— y logrando su mejor marca en Alemania, donde Alternativa para Alemania (AfD) ya anticipaba entonces lo que confirmaría meses después: en las legislativas alemanas de febrero de 2025, la AfD duplicó su resultado de 2021 hasta el 20,8% de los votos, situándose como segunda fuerza del país, mientras que el SPD del canciller saliente Olaf Scholz —el partido socialdemócrata por antonomasia— se hundía al 16,4%, el peor resultado de toda su historia. Un partido que solo compite ofreciendo protección económica pierde, sistemáticamente, frente a uno que ofrece protección económica y cultural a la vez, por muy discutible que resulte esta última. El patrón se repite, con variantes locales, en la reelección de Donald Trump en Estados Unidos en noviembre de 2024 y en el auge de opciones libertario-populistas como la de Javier Milei en Argentina.
Buena parte de la explicación adicional, coherente con lo anterior, tiene que ver con la recomposición de clase que atraviesa a las izquierdas occidentales desde hace una década: cada vez más ancladas en el electorado universitario y urbano —lo que Thomas Piketty ha descrito como la conversión de la izquierda tradicional en un «partido brahmán», culturalmente progresista pero cada vez más alejado sociológicamente de las clases trabajadoras que decía representar—, las formaciones de izquierda han ido perdiendo precisamente a aquellos votantes que, según Malka, Lelkes y Soto, más protección reclaman en ambos frentes a la vez. Cuanto más se recree la izquierda en un discurso de consumo casi exclusivo para sus propias élites universitarias, más espantará a su base de votantes no politizados, quienes buscarán refugio en una derecha nacionalista dispuesta a ofrecerles, aunque sea retóricamente, la protección cultural que la izquierda ya no les ofrece.
La tarea pendiente del liberalismo
Estos resultados también deberían servir a los liberales para recordar que, si bien muchas personas pueden sentirse atraídas por una defensa integral de la libertad —tanto en su dimensión económica como moral—, muchas otras están dispuestas a renunciar a su libertad a cambio de una mayor protección frente al desamparo económico (socialdemócratas) o frente a la disrupción del orden social (conservadores y nacionalpopulistas). Por eso el liberalismo no debe limitarse a exponer por qué la libertad individual es el valor clave en torno al que debería instituirse cualquier orden social que respete a cada persona; también debe explicar, con la misma insistencia, cómo una sociedad liberal es capaz de satisfacer las necesidades de protección económica y sociocultural de aquellos ciudadanos que tan mayoritariamente la reclaman —ya sea mediante mercados que generen prosperidad y seguridad material sin necesidad de un Estado tutelar, ya sea mediante comunidades e instituciones civiles capaces de sostener el tejido cultural que muchas personas echan en falta, sin recurrir para ello a la coerción estatal sobre las costumbres ajenas.
Conclusión
Lo que indica la evidencia, en definitiva, es que deberíamos relegar a un segundo plano la cada vez menos funcional y menos explicativa distinción entre izquierda y derecha. Aquellos que se atrincheren en perpetuarla —partidos, analistas, votantes— solo conseguirán seguir hablándole a los politizados forofos ya convencidos, mientras la mayoría silenciosa de la población, ajena a ese vocabulario, sigue clasificando el mundo con una pregunta mucho más simple: protección o libertad.






