El club vivió este 3 de julio un acto emotivo, cercano y muy familiar, marcado por la continuidad de una presidencia que ha sabido arropar a sus miembros y fortalecer el espíritu rotario en La Laguna.
Rotary La Laguna celebró hoy, 3 de julio, su tradicional acto de cambio de collares, una ceremonia que, más allá del protocolo, volvió a demostrar algo que no siempre se encuentra en estos tiempos de prisas, egos y fotos para justificar presencia: la importancia de pertenecer a una comunidad donde la cercanía todavía cuenta.

El encuentro estuvo marcado por el reconocimiento a Virginia Carballude, presidenta del club, que continuará un año más al frente de Rotary La Laguna tras una etapa valorada por su entrega, su capacidad de escucha y su forma de acompañar a cada miembro. Porque dirigir un club no consiste solo en presidir reuniones ni en llevar un collar institucional con solemnidad de retrato antiguo. Consiste, sobre todo, en estar. Y Virginia ha estado.
Durante su presidencia, ha sabido mantener unido al club, arropar a sus integrantes y transmitir una idea sencilla pero poderosa: Rotary no es solo una organización internacional con historia, símbolos y compromisos; también es una familia local que trabaja desde la amistad, el servicio y la implicación real con su entorno.

El acto tuvo un tono especialmente emotivo por esa mezcla tan difícil de fabricar entre solemnidad y cercanía. Hubo agradecimientos, gestos de afecto y una sensación clara de continuidad. No una continuidad rutinaria, de las que se aceptan porque toca, sino una continuidad ganada. Virginia Carballude seguirá un año más porque su labor ha dejado huella dentro del club.
Además, la jornada sirvió para presentar a nuevos miembros que se incorporan a Rotary La Laguna, reforzando así el crecimiento de una institución que mantiene viva su vocación de servicio. Nuevas caras, nuevas energías y una misma idea de fondo: sumar personas dispuestas a aportar, no solo a figurar. Que eso, en estos tiempos, ya es casi revolucionario.

Rotary La Laguna cerró así una jornada significativa, de esas que no hacen ruido en la política diaria ni abren informativos, pero que sostienen una parte importante de la vida civil: la gente que se organiza, se compromete y trabaja por mejorar su comunidad sin necesidad de convertir cada gesto en espectáculo.
En La Laguna, este 3 de julio, el cambio de collares no fue solo un acto protocolario. Fue la confirmación de un liderazgo cercano, la renovación de una confianza y la prueba de que todavía quedan espacios donde la palabra compromiso no suena hueca.






