El comportamiento individual, en la mayoría de las ocasiones, no se queda sólo en el ámbito privado, porque de una manera estrictamente directa o escasamente indirecta, tiene repercusiones sobre otras personas o casos concretos del convivir societario. Por lo que es oportuno conducirse con prudencia, empatía o solidaridad, con un obrar en relación activa con el bien y desechando el mal en sí mismo, conforme con las normas que cada cual tiene aprehendidas en relación con la honestidad, decencia, integridad y honradez. Es una cuestión comportamental, que no se refiere a lo sentimental, sino al entendimiento y mucho más a la conciencia bien adquirida, a través de la propia familia, educación, relaciones sociales o creencias.
Se trata más del fuero interno y el respeto humano que de unas ordenanzas jurídicas de proceder obligatorio, ya que nos podríamos atrever a manifestar que, sinónimo de la moral es la libertad, que no podemos obviar que implica derechos, pero también deberes. Aunque, en este caso, no estamos refiriéndonos a la moral como el ánimo que debe existir para afrontar cualquier dificultad, aunque si tiene algo de semejanza, en cuanto a que la coexistencia pacífica y benefactora requiere de un esfuerzo continuado en el tiempo, en primer lugar, para vencer las propias fragilidades que todos cargamos.
Las normas, interiorizadas, que rigen el comportamiento de las personas contribuyen al mantenimiento de la estabilidad constitutiva social de una época, dentro de un territorio determinado, si están inspiradas en el buen pensar, hablar, hacer u omitir. Sócrates, considerado el padre de la filosofía occidental, decía que la buena moralidad es consecuencia de una conciencia limpia y no se refería al aseo o la pulcritud, sino a lo exento de cosa que dañe o inficione, despojado de lo superfluo, accesorio o inútil, sin confusión alguna y por supuesto íntegro, noble, desinteresado, resumiendo, libre de culpa. No es fácil, sino meritorio, conseguir una sociedad guiada por comportamientos morales buenos, ya que lo malo nunca pude servir de ejemplo. Fernando Savater, filósofo español, ha sido brillante cuando expresó tres virtudes para definir la ética, a saber, “coraje para vivir, generosidad para convivir y prudencia para sobrevivir”.
No podemos transigir en aceptar sin más, como normal, comportamientos viciosos, es decir, erróneos o defectuosos, resumiéndolos, en una expresión bastante elocuente como corrompidos. Hay valores irrenunciables, vínculos de confianza que siempre hay que fortalecer, ya que tiene que sobresalir el bien común. El yoyó se tiene que quedar en el juguete pasajero y divertido de los niños y nunca en la conducta de los adultos. El figurear como la exhibición, con orgullo y soberbia, pretendiendo ser el centro de atención, se ha convertido, sobre todo en la política, no en un medio para destacar, con el fin de permanecer en lo público como profesión, sino en un fin en sí mismo, adoptando esa forma de conducta como triste y antipático estilo de vida.
Hay que erradicar la corrupción como ese deterioro de valores, usos o costumbres, que siembra descomposición. Tenemos que hacerle caso a Martin Luther King, activista norteamericano por los derechos civiles, cuando enfatizaba que “el brazo del universo moral es largo, pero se dobla hacia la justicia”. La verdad es un principio irrenunciable y hay que defenderla con todas las agallas que se tengan e incluso con las que escasean. La sociedad que acepta la mentira como algo soportable o lo menos ruinoso, es pura putrefacción, fermento de personas sin estima, cual termitas devoradoras de lo bueno, que se aprovechan de un sistema, político o social, totalmente degradado, donde no hay respeto o reconocimiento hacia lo que plantea el que no piensa igual y al que hay que liquidar, en figurado, para que no sea ejemplo de lo virtuoso, no vaya a ser que cunda el ejemplo y se acabe el guachinche que tan buenos resultados económicos y posicionales socialmente les acarrean los hábitos insalubres y sobornables. Ante la epidemia de lo deshonesto, inmoral y corrupto, hay que regenerar nuestro entorno humano, con un compromiso personal íntegro. Se puede conseguir cuando se quiere.






