miércoles, 12 agosto,2026

Pavo real en Bruselas, gallina en Rabat

Hay que reconocerle a Pedro Sánchez un talento indiscutible: la capacidad sobrehumana para tomar el sol mientras “la casa se le quema por los cuatro costados”. Mientras Ceuta vivía una de las jornadas de mayor tensión fronteriza que se recuerda, con una presión migratoria que rozaba el colapso y las fuerzas de seguridad desbordadas, nuestro presidente se encontraba en ese trance casi místico que solo otorgan las tumbonas presidenciales de La Mareta.

Dicen sus aduladores que un líder necesita descansar para pensar con claridad. El problema es que, cuando Sánchez piensa, el resto de España se echa a temblar. Cuando descansa, tiembla el doble al esperar otra carta a la ciudadanía.

La escena roza el esperpento más absoluto. Para los socios comunitarios, el jefe del Ejecutivo se disfraza de majestuoso pavo real: saca pecho, da lecciones de moralidad en Bruselas, exige solidaridad internacional y mira por encima del hombro a los países vecinos. Ah, pero si desde Italia se plantea cerrar temporalmente las fronteras del espacio Schengen para contener el desbarajuste, Sánchez monta en cólera. “¡Qué atropello al espíritu europeo y a los derechos humanos!”. A Italia se le exige el máximo rigor y el sometimiento absoluto a las directivas del progresismo continental.

Sin embargo, en cuanto la mirada se desvía un par de millas hacia el sur, la valentía del pavo real se disuelve.

Frente a Rabat, el pavo real se convierte en una gallina dócil.

Marruecos puede abrir y cerrar el grifo de la presión migratoria según le convenga a sus agendas geopolíticas y la respuesta de La Moncloa siempre es el aplauso entusiasta o el silencio más servil. Resulta cómico – por no llorar – ver cómo a las puertas del espacio Schengen se le ponen candados frente a nuestros aliados de la Unión Europea, mientras en la frontera sur basta un estornudo del soberano marroquí para que el Gobierno español se ponga de perfil y pida disculpas por molestar.

La pregunta que nos puede suscitar ya no es si existe una incoherencia en la política exterior española, que sin duda, sino qué le debe exactamente el PSOE a Marruecos. Y este verano, sin buscarlo, el fútbol nos ha regalado la metáfora perfecta.

España es campeona del mundo. Lo es de forma legítima y merecida: La Roja tumbó a Argentina en la final y sumó su segunda estrella entre fuegos artificiales, cabalgatas y un país entero puesto en pie. Faltaría más que alguien le discutiera a esta generación el trofeo, ganado a puro fútbol. Pero mientras el país celebraba, otros seguían escribiendo su propio guion, y ahí es donde vuelve a aparecer nuestro amigo del sur: en 2030, España organizará el Mundial junto a Portugal y Marruecos, y este último ya ha dejado caer, sin sonrojo, que le encantaría que la gran final se jugara en Casablanca.

No en Madrid. En Casablanca.

Como quien pide la sopa antes que el segundo plato, Rabat negocia con la boca pequeña quedarse con la joya de la corona de un torneo que, en rigor, es tan español como marroquí sobre el papel, pero que en la práctica parece disputarse con las mismas reglas no escritas que rigen en Ceuta: España pone la sede, la logística y la factura, y Marruecos se reserva el derecho a pedir lo mejor del pastel.

¿Es un amor tan desmedido que bordea el odio nacional? ¿O es que hay algo oculto que obliga a responder con una reverencia cada vez que nuestro vecino, Marruecos, mueve una ficha, ya sea en la valla fronteriza o en el sorteo de sedes de la FIFA? Porque pasar de la firmeza implacable en Europa a la sumisión en el norte de África, y encima cederles sin pestañear el protagonismo en la fiesta más grande del deporte mundial, sobrepasa la diplomacia: es un ejercicio de comedia que, a los españoles, no nos sorprende en absoluto.

Mientras Ceuta pide auxilio y los ciudadanos asisten perplejos al espectáculo de una frontera convertida en un coladero gestionado al antojo de terceros, Sánchez sigue apurando su granizado bajo el sol, feliz de que la Selección le haya regalado un titular bonito con el que tapar, aunque sea un par de días, todos los escándalos que le rodean. No se le puede negar el mérito: hace falta mucha templanza para ostentar tanto orgullo ante Bruselas, tan poco coraje ante Rabat y tanta generosidad ajena a la hora de repartir focos, estadios y finales que no son solo suyas para regalar.

Otra decepción más que añadir a la lista de desastres del año. Menos mal que, mientras el país se desmorona, al menos el presidente tiene buen gusto para las “playlists” de la piscina.

Miriam González Pérez
Miriam González Pérez
Jurista especializada en Derecho Penal y Procesal, enfocada en la litigación de impacto y la estrategia procesal. Apasionada por la oratoria jurídica, la investigación y el análisis, cuento con experiencia en despachos y dirección de proyectos. Me defino por la firmeza en las convicciones y la búsqueda constante de la excelencia profesional
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LECTOR AL HABLA