viernes, 21 agosto,2026

Mirada a un hipotético escenario

Empiezan a oírse las voces que la monarquía marroquí es dañina en su proprio país.

La historia reciente ofrece ejemplo contundente de como la caída de un régimen tradicional no garantiza, por si sola, la llegada de una república moderna. Irán lo demostró en 1979, cuando el desgaste acumulado del sah Mohammad Reza Pahlavi, la represión de la policía secreta y el choque entre modernización forzada e identidad religiosa desembocaron en un movimiento que unió a sectores seculares y religiosos. La salida del monarca abrió un vacío que no llenó una democracia liberal, sino una teocracia articulada por el clero chií, que llevaba años construyendo legitimidad social y redes de influencia. La revolución iraní no fue un salto hacia la modernidad occidental, nada de eso.  Fue la reorganización del poder según las lógicas internas del país.

Siria siguió un camino distinto pero igual de revelador. Tras la independencia, la debilidad institucional y la fragmentación social facilitaron la entrada del ejercito en la política. Los golpes de Estados se sucedieron hasta que el partido Baaz tomó el poder en 1963 y consolidó un régimen autoritario que, bajo Hafez Al-Assad y luego su hijo, se mantuvo durante décadas. La estructura republicana siria no nació de ningún proceso democrático, nació de la militarización de la vida pública. Cuando el régimen colapsó tras la guerra civil iniciada en 2011, quedó claro que la Republica Siria había sido desde el principio una construcción rígida sostenida por el aparato militar. Durante décadas, el clima intelectual dominante en Europa y Estados Unidos interpretó la caída de la monarquía y los golpes de estado como paso natural hacia republicas laicas y democráticas. Esta siempre ha sido una lectura heredada de la Revolución Francesa y del liberalismo europeo. Según esa lectura se difundió la idea que derribar un régimen autoritario equivalía a abrir, sin más, la puerta al progreso político. Ese marco mental funcionó como filtro que impedía ver la complejidad cultural y religiosa de las sociedades donde estos procesos tenía lugar. Ciegos a todas las otras posibilidades. En Irán, se subestimó la capacidad del clero para articular un proyecto político. En Siria, se confundió el nacionalismo baazista con modernización. En ambos casos, la proyección occidental generó una ilusión que la realidad desmintió.

Si trasladamos este patrón histórico, a un escenario hipotético, podemos imaginar que ocurriría si el establishment cultural occidental, movido por esa lógica, apoyara un proceso que debilitara la monarquía marroquí, según la convicción de que la caída de un monarca abre automáticamente la puerta a una república moderna y acaba el problema Sáhara y migración. Pero Marruecos no funciona según los esquemas europeos. La monarquia no es solo una institución política, es un marco simbólico que articula la vida social, religiosa y territorial del país. Su legitimidad atraviesa dinastías, tribus y regiones. Si esa realidad se rompiera de manera brusca, el vacío no lo llenaría una república liberal, el espacio libre seria inmediatamente ocupado y llenado de las fuerzas que están organizadas allí y que llevan años construyendo redes de influencia en barrios, mezquitas y asociaciones y también en Europa. La energía social liberada tras la caída de la monarquía no se trasformaría en un proyecto secular, absolutamente, tendríamos una organización del poder alrededor de actores religiosos con legitimidad disciplina y capacidad de movilización. La republica que nacería no sería la que occidente imagina, sino la republica islamizada construida desde la lógica interna del país. El Magreb entraría en una fase de reconfiguración profunda y a la estabilidad que hoy ofrece Marruecos desaparecería. Ese vacío político abriría tensiones regionales que afectarían directamente a España. Canarias situada en la frontera atlántica de ese movimiento, sentiría el impacto de inmediato. La isla vive en un equilibrio frágil, sostenido por rutinas políticas y por una mirada demasiado centrada en sí misma. El caciquismo en estas islas, que adopta formas suaves pero persistentes, reduce la política a un juego de intereses locales. En Canarias, se discuten obras, equilibrio municipal, pequeñas rivalidades, pero rara vez se mira hacia el horizonte que realmente importa. Un Marruecos en transición convulsa alteraría rutas migratorias, dinámicas económicas y equilibrio estratégicos. La presión migratoria aumentaría como consecuencia natural de la instabilidad. Las rutas marítimas y portuarias entrarían en una fase de incertidumbre aún más peligrosa. La isla, acostumbrada a vivir de espalda al mar en términos estratégicos, descubriría, de la manera más cruel posible que el mar es una frontera viva. Europa, desde su distancia, vería Canarias como un punto de presión, un lugar donde la frontera sur es un problema. Pero la isla no puede esperar a que Europa piense por ella. En este escenario hipotético, Canarias necesitaría recuperar la capacidad de ver, de pensar y de anticipar. Necesitaría romper con la inercia que la mantiene atrapada en debates menores y abrir una mirada que abarque el espacio atlántico, el Magreb y la dinámica global que atraviesa la región. La caída de la monarquía marroquí, si alguna vez ocurriera, no sería solo un cambio en país vecino. Sería algo que sabemos pero que seguimos ilusionado que no pase. Ciegos frente a la realidad que las sociedades no se transforman siguiendo los esquemas que otros proyectan sobre ellas. Cada país tiene su propio ritmo, sus propias fuerzas y sus propios frenos. Y lo quienes creían estar guiando el proceso descubren que, en realidad, no habían entendido el terreno que pisaban. Otra vez. Así que cuidado con lo que favorecemos, cuando exigimos algo, detrás de una pancarta de progresismo.

Giovanna Lenti
Giovanna Lenti
Se graduó en filosofía en la Universidad de Estudios de Siena con una tesis sobre "Carl Schmitt, la guerra, el enemigo, el derecho internacional", nombrada doctora en historia de la filosofía política tiene artículos publicados en la revista italiana de psicología e historia militar sobre el dualismo amigo/enemigo y la guerra justa. Desde 2015 colabora con la Fundación de Historia de la Ciencia de La Orotava en Tenerife, publicando para la fundación ensayos sobre Aristóteles, Carl Schmitt, Pablo de Tarso, Ortega y Gasset y Cristóbal Colón. En lengua italiana ha publicado para Aracne "Pablo de Tarso: el origen político del cristianismo" y varios artículos para OIKOS sobre el nacionalismo catalán y los vientos patrióticos europeos. desde el 2020 colaboradora del periódico italiano Leggo Tenerife, desde 2021 es colaboradora fija y comentarista del programa radiofónico de actualidad política "La tertulia de los miércoles" en Tenerife; ha publicado en el 2023 para La Bussola, Destino político in Machiavelli e Ortega y Gasset.
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