Hablaba no hace mucho con el espíritu de Bencomo sobre la situación de su Menceyato de Taoro dada la poca evolución que se aprecia en algunos pueblos de la comarca del Valle de la Orotava. Charlábamos sobre las noticias que nos llegan y el claro deterioro de las nuevas urbes locales costeras.
Se hace extraño ver lugares antes prodigiosos y ahora abandonados por los nuevos mortales ocupantes donde puedes perder tobillos, dientes e incluso la vida si no miras donde se apoyan, caminan e inclinan.
Se ha perdido el valor de la simple conservación como garantía de calidad; de un simple paseo como libertad y calma; de una simple sentada en un banquito como beneficio para la salud.
Los nuevos ocupantes de dichas moradas retroalimentan su ego como si vivieran en zonas chic, premium, cercanas al mar y con largos paseos cuando desde mi cueva se ve la basura flotando y la gente sin dientes por causa de las baldosas rotas.
Debemos procurar ser humildes, gestionar nuestro menceyato y no cometer errores básicos. Los jóvenes deben querer trabajar y progresar, innovar y emprender y pensar en ocasiones que hay mas vida después de lanzarse de la trinchera y al reboso. Los mayores deben permitir que la ciudad prospere, dejar que se hagan obras, se creen negocios jóvenes y con impulso y tolerar los avances.
No todo es culpa en algún menceyato del Mencey Afonso o Sinese aunque sí es cierto que deben poner las garantías para que el pueblo prospere. Yo lo veo languidecer cuando visita sus territorios. Las fiestas y alguna gran obra no arreglan el aspecto. Yo mismo, por mucho que me ponga mis mejores galas no podría ocultar los pies de tierra, ni las hojas en el pelo .
He visto olvidar los detalles y hablar de sumos proyectos. He visto un carro gigante, ahora llamada guagua turística visitar edificios derruidos que no ruinas de nuestros ancestros y todo ello se ve como un éxito de imagen cuando quizás es una solución de movilidad. He visto locales llamados pizzerías frente a un gran jardín emblemático hacer obras ilegales, sin proyectos, permisos ni comunicados a sus anexos destrozar muros, negocios y decirles a sus dirigentes que no perturban la paz ni sus vecinos mientras hunden todo a su alrededor pues se les llama negocios cáncer. He visto trabajadores bajar en mudas quizás de cazadores en sus países por un pequeña puerta de atrás, y preparar comidas para quienes la esperan en sus terrazas y que piensan que les sirve un sommelier.
Algún menceyato como éste han perdido el valor del intelecto, a los inversores locales que requieren desarrollar sus ideas, trabajar con las nuevas herramientas que dicen llamar IA y concentrarse esencialmente en servicios de poco valor añadido que será sustituido por robots mientras hunden al resto de negocios que requieren desarrollo, calidad de trato e inversión.
Todos callan, porque se sienten cómplices de ciudades sin ley, donde los seudoempresarios campan a sus anchas, sin permisos, sin licencias, sin proyectos a cambio de dos pizzas o quizás un plato con vistas a su Jardín emblemático. Vivimos en la época del macarra, del tres duros, del cutre pero amigo del poli bueno o malo y del concejal de turno. Vivimos la época de decaimiento y mayor pérdida de valor de las últimas décadas en que un seudoempresario, sin dinero para no inundar a sus vecinos obtiene ventajas por dos pizzas. Nunca ha sido tanto como ahora, UNA CRUZ.






