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viernes, 3 abril,2026

Londres reúne a 40 países para romper el bloqueo de Ormuz, sin España ni Estados Unidos

El primer ministro británico Keir Starmer convocó una cumbre virtual de urgencia con más de 40 países para abordar el bloqueo del estrecho de Ormuz, la arteria energética por la que fluye el 20% del petróleo mundial y que Irán mantiene prácticamente sellada desde el estallido del conflicto armado con Estados Unidos e Israel el pasado 28 de febrero.

La reunión, presidida por la ministra de Exteriores británica, Yvette Cooper, reunió a naciones tan dispares como Francia, Alemania, Italia, Japón, Canadá, India, Corea del Sur o los Emiratos Árabes Unidos, aunque con dos ausencias que no pasaron desapercibidas: Estados Unidos y España. Washington, con Trump al frente, ya había dejado claro la víspera su posición: los países que dependen del petróleo del Golfo deben resolver el problema por su cuenta, porque Estados Unidos no lo hará. Madrid, por su parte, se aferró a su argumento habitual: fuentes del ministerio de Exteriores español indicaron que «la posición de España de no hacer nada que contribuya a la guerra actual se mantiene».

De los 150 buques que habitualmente cruzan el estrecho cada día, en las últimas 24 horas apenas se registraron entre 5 y 25 tránsitos. Actualmente hay unos 2.000 buques atrapados y cerca de 20.000 marinos bloqueados en una zona de alta peligrosidad, puesto que se han contabilizado más de 25 ataques directos contra embarcaciones comerciales. El impacto no se limita al petróleo: el bloqueo afecta también al suministro de gas natural licuado para Asia, combustible para aviones y fertilizantes destinados a África, con el consiguiente riesgo de una crisis alimentaria de alcance continental.

El origen formal de la coalición se remonta al 19 de marzo, cuando Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, Países Bajos y Japón firmaron una declaración conjunta en la que condenaron «en los términos más enérgicos» los ataques iraníes contra buques comerciales desarmados en el Golfo, los bombardeos a infraestructuras energéticas y el cierre de facto del estrecho. El 30 de marzo, otros 27 países se sumaron a la iniciativa.

Starmer fue a la vez firme y cauto en sus declaraciones públicas. «Estamos explorando todas y cada una de las vías diplomáticas que están a nuestro alcance», afirmó, antes de advertir que «esto no será fácil». El primer ministro aclaró además que la reapertura del estrecho y el fin de las hostilidades no son procesos que vayan necesariamente de la mano: «Ambas cosas no necesariamente van de la mano», señaló, un reconocimiento implícito de que Londres apuesta por la vía diplomática al margen del ritmo que marque el campo de batalla.

Cooper anunció que planificadores militares de un número no especificado de países se reunirán más adelante para trazar maneras de garantizar la seguridad una vez que terminen los combates, incluido un posible trabajo de desminado y medidas de «tranquilización» para el transporte marítimo comercial.

El paralelismo con la gestión del conflicto ucraniano no es casual. El Reino Unido busca posicionarse como un actor clave en la geopolítica energética mundial, replicando el rol que asumió junto a Francia en la Coalición de Voluntarios para Ucrania. Hay además una lectura transatlántica en clave OTAN: la coalición es, en parte, un intento de demostrar al gobierno de Trump que Europa está dando un paso al frente para hacer más por su propia seguridad, ante la renovada insinuación del presidente de que Estados Unidos podría abandonar la Alianza.

Starmer también buscó respaldo en Bruselas. En conversación con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ambos líderes coincidieron en la necesidad de una respuesta multilateral y diplomática, y el primer ministro aprovechó para lanzar un mensaje más amplio: en un mundo que evoluciona de forma volátil, dijo, el interés nacional británico pasa por una asociación más estrecha con sus aliados europeos.

El estrecho de Ormuz, encajonado entre las costas de Irán y Omán, lleva semanas convertido en el termómetro más preciso de la estabilidad global. La pregunta que pesa sobre la cumbre del jueves es si cuarenta declaraciones de buena voluntad bastan para forzar a Teherán a ceder, o si la diplomacia multilateral volverá a estrellarse contra la realidad de un conflicto armado que nadie, por ahora, está dispuesto a detener.

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