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lunes, 22 junio,2026

La izquierda debería ser otra cosa

Entre compungido, decepcionado y con un grado intrínseco de teatralidad bastante alejado del método Stanislavski, Gabriel Rufián dijo eso de “la izquierda es otra cosa”. Sin desarrollar la idea, bien podría dar lugar a múltiples interpretaciones. Pero para la autodenominada izquierda progresista, esa criatura que es el producto de una metilación política consistente en añadir a los viejos y anacrónicos dogmas marxistas las más diversas -transversal se dice ahora- concepciones, movimientos y visiones de la vida, tan excéntricas como vacuas muchas de ellas, esa frase rufianesca bien podría ilustrarse como aquellas dos columnas que sustentaban el templo en el que perecieron cientos de filisteos tras ser derribadas por la fuerza sobrehumana del Sansón bíblico. En una de ellas encontramos una actitud, impostada, que nutre capilarmente todos los entresijos del universo progresista. Me refiero a ese sentimiento, casi místico, de pureza y de inocencia prístina, de victimismo martirológico de quien cree que su mensaje y su papel en el mundo es incomprendido y que, tanto los próceres como los epígonos, están llamados a salvar a la especie humana, eso sí, desde el más fiel y estricto materialismo dialéctico. Porque, aunque muchas veces están en las nubes, no hay ninguna posibilidad de que su reino no sea de este mundo.

En la segunda de esas columnas maestras y estructurales, apreciamos un comportamiento en el que prima la autoexculpación sobre cualquier atisbo de arrepentimiento o contrición. Bajo ningún concepto debe admitirse que en el seno de la izquierda determinados comportamientos puedan producirse y, mucho menos, que sean inherentes y consustanciales al constructo ideológico del socialismo y del comunismo y de toda esa propaganda a la que nos tienen tan acostumbrados y para cuya escenificación son unos auténticos e inimitables maestros. Mientras en la mayoría de las instituciones y de las elaboraciones doctrinales humanas la existencia de luces y sombras, derivadas de la incuestionable e insoslayable dualidad de la naturaleza humana, ha sido y es el denominador común, incluso cuando los valores que las hayan inspirado sean elevados, compartidos e incuestionables, en la Izquierda la mera posibilidad de concebir y conceptuar que alguien adscrito a este pensamiento sea capaz, no ya de realizar, sino incluso de imaginar, actos contrarios al ideario que ensalza la liberación de los oprimidos, los explotados y los alienados, algo semejante al cristianismo, pero sin reino de los cielos, es impensable y prácticamente tan imposible como superar la velocidad de la luz. Al igual que esta funciona como un límite en el entendimiento que, hasta hoy, tenemos del universo, los actos inmorales, antiestéticos, no éticos y delictivos constituyen la linde de la superioridad moral con la que vienen actuando en los últimos tiempos, una especie de limes, de Extrema Durii, más allá de los cuales habitan los bárbaros y las tribus sin civilizar de la “derecha extrema y de la extrema derecha”.

Llega hasta tal punto la convicción, fanática y fundamentalista en algunos casos, de que ser de izquierdas es el equivalente al dogma de la pureza espiritual propio de la mayor parte de las religiones, que la explicación y la justificación de esos comportamientos viles y despreciables se fundamenta, inexorablemente, en que siempre son individuales y que los individuos que los cometen no son, obviamente, verdaderas gentes de izquierda. Y esto es así aunque  esos individuos, ahora convertidos en auténticos herejes, hayan sido previamente ensalzados y exaltados hasta la beatificación o la santificación.

Para los seguidores incondicionales, prosélitos adeptos al catecismo de obligada lectura, rápida asimilación e imposible crítica, los hechos, por muy evidentes que se manifiesten, pueden ser aceptados como manifestación material, pero bajo ningún concepto serán admisibles como mancha del grupo, virus de la comunidad, contaminación de la organización o cáncer metastásico del colectivo.

Para otras comunidades, políticas, sociales, religiosas y económicas, las acciones individuales deshonestas son percibidas, analizadas y clasificadas inmediatamente como manifestaciones propias e inseparables del grupo, casi como una cualidad genética, un código identificativo ineluctable, del que es imposible desprenderse salvo con su disolución y desaparición, y para las que no existe penitencia, reparación ni arrepentimiento válido y suficiente, hasta el punto de que, pase el tiempo que pase, sea cual sea la evolución en los comportamientos o el recambio generacional de los integrantes, no habrá forma de borrar el estigma. La iglesia católica, la institución monárquica, los partidos políticos de derecha, los grupos empresariales, son ejemplos para la izquierda de lo que acabo de decir.

Sin embargo, cuando la sombra de la indignidad, del oprobio, de la vergüenza y de la inmoralidad se cierne sobre el ámbito de círculos y sectores del ámbito de la izquierda, la reacción, tanto inmediata como mantenida en el tiempo, es siempre la de rechazar que el comportamiento en cuestión pueda identificarse con los valores propios de aquella; la de que la persona o personas involucradas se han aprovechado de unas siglas, de un proyecto; la de que esas personas no son gentes de izquierda, sino meros mercenarios que han hecho un uso fraudulento de los principios y valores que constituyen el fundamento mismo del ideario socialcomunista, cuando no de una quinta columna

Y, por supuesto, nada de asumir responsabilidades. Basta con acudir al perdón, ya saben, eso de “lo siento, me he equivocado, no lo volveré a hacer”. Pasamos página, pues, y continuamos, una vez limpios de pecados por la magnanimidad del pueblo al que solo ellos representan, fustigando a los oponentes, ellos sí, personificación del mal. Decía San Agustín que “son buenas las cosas que se corrompen, las cuales no podrían corromperse si fuesen sumamente buenas, como tampoco lo podrían si no fuesen buenas (…)”. Así que, la corrupción de la izquierda actual es una corrupción agustiniana.

Y hasta aquí mi descripción de lo que yo entiendo que es la izquierda actual, que no es otra cosa, como asevera Gabriel Rufián, pero que, como dice el título de este artículo, sí debería ser otra cosa, entre otras razones, porque ya lo fue. Y lo fue durante uno de los períodos más notables de la historia reciente de España, como ya dije antes, con sus luces y sus sombras, pero nada que ver con el retroceso intelectual e ideológico sufrido en las últimas décadas.

Durante la transición y buena parte de la democracia, la izquierda aprendió a renovarse y a ubicarse en un contexto democrático liberal, social y especialmente asentado en el terreno del estado de derecho. Y eso se percibió y favoreció la convivencia sin que la discrepancia se entendiera como ruptura de relaciones o como confrontación sistemática, áspera y beligerante. No basta con abrumar diariamente cacareando calificativos que niegan a los demás por el simple hecho de que ni comparten ni practican sus postulados: progresista, solidario, responsable, demócrata!!!

Que la democracia está en peligro por el surgimiento y la concurrencia de fuerzas reaccionarias que tienden a llevar a España a épocas pasadas, que llevan la marca del retroceso en derechos y libertades, es una de las consignas que con más frecuencia se vierten desde las formaciones de izquierda, que suelen negar a los partidos de derecha el carácter de democráticos, apelando a su pasado de confraternización con el régimen franquista y, por extensión, con el fascismo y con el nazismo; los mismos que, sin embargo, no se avergüenzan de sus raíces marxistas-leninistas y de sus relaciones históricas con la dictadura estalinista u otros regímenes totalitarios, incluso en la actualidad.

El evidente desmoronamiento de aquellas dos columnas de las que hablaba al principio es tan evidente en los últimos tiempos, por la fuerza de los hechos, que ha llevado al desconcierto y a la pesadumbre a esa izquierda, ya tan demacrada, tan desautorizada y absolutamente desprestigiada, que vemos a sus líderes deambular como pollos sin cabeza, buscando reeditar pactos y uniones que solo pretenden aflorar una especie de Frente Popular que, ¡oh paradoja!, nos traslada irremediablemente al pasado, mientras, una y otra vez, sus artífices recalcan machaconamente su progresismo frente al retroceso en el que nos quiere sumir “la extrema derecha y la derecha extrema”.

Si realmente quiere recuperar el prestigio, la atracción, la ilusión y la identidad, la izquierda debe ser otra cosa. Si es solidaria, debe abandonar las relaciones con los nacionalismos identitarios y  posicionarse frente a sus dogmas y sus manipulaciones, anteponiendo el universalismo y la fraternidad entre comunidades y entre ciudadanos. Si es diversa tiene que desterrar la marginalización y el señalamiento hacia aquellos que militan en posiciones políticas distintas. Si es cooperativa, está obligada a encontrar acuerdos con cualquier otra opción política en determinadas cuestiones, cuando la materia o el asunto sea interesante, beneficioso o conveniente para la mayoría de la sociedad. Si es responsable debe hacer de la autocrítica el eje sobre el que ha de rotar toda su actividad y aplicar respuestas contundentes ante la demagogia, la mentira y, especialmente, ante la hipocresía. Si es tolerante tiene que desterrar ese empeño por desacreditar y desprestigiar a todo aquél que no admita o que se posicione en contra de sus planteamientos, propuestas y principios, desechando el recurso fácil al encasillamiento definitorio con términos despectivos, ofensivos e  inapropiados y buscar, por contra, el acercamiento de las posiciones, sabiendo renunciar y transigir. Si es democrática debe sustituir la reivindicación vociferante en la calle por el respeto escrupuloso a los procedimientos establecidos en la Constitución en lo que se refiere a sus legítimas aspiraciones para, por ejemplo, cambiar la forma de Estado o su organización territorial, y no pretender cambiar las reglas mediante el uso torticero y manipulador de herramientas como el referéndum;  y, finalmente, si es progresista, no tiene sentido seguir instalada, en pensamiento y en obra, en un contexto histórico del que han transcurrido casi cien años, como no tiene sentido no reconocer el valor y la trascendencia, para bien, del proceso de transición a la democracia y de su corolario, la Constitución de 1978. Como también es inaudito esa obsesión y esa perseverancia patológicas por presentar la historia de España y la mayoría de sus acontecimientos como reprochables, censurables, condenables y cuestionables, amén de persistir en mantener la falacia y el anacronismo de identificarlos con las posiciones políticas de la derecha.

La izquierda se diluye entre consignas prefabricadas, actuaciones indignantes, manifestaciones estrambóticas, líderes entre descafeinados y despóticos, posiciones intransigentes, y aspiraciones totalitarias. Y lo que más me preocupa es que, ahora mismo, ni hay ni se espera un “mesías”, un patrón capaz de cambiar la derrota de una nave desarbolada y en la que sus ocupantes están más preocupados por ocupar uno de los botes salvavidas que de recuperar el timón de la goleta.

José María Lora Gabarain
José María Lora Gabarain
Licenciado en Derecho y Diplomado en Relaciones Laborales.

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