¿Te acuerdas de cuando en los bares te ponían frases en los envoltorios de los azucarillos? Pues hay una que le atribuyen a Churchill, que corre por las redes de los que venden buenismo, y que dice algo como que la diferencia entre los humanos y los animales es que los animales nunca permiten que un estúpido lidere la manada. Ignoro si la escribió Churchill, un hostelero de Valladolid, mi excuñado o un pesimista con talento. Lo cierto es que describe muy bien el tiempo político que nos ha tocado soportar. Y va a durar, Sánchez no se va.
Porque habrás notado que en este reino el fracaso no penaliza, la incoherencia no avergüenza y el ridículo, lejos de incapacitar, te coloca en buenos puestos e incluso te impulsa para ascender. Habrás visto cómo uno puede contribuir a destrozar un espacio político – la izquierda de toda la vida- dividirlo en facciones, envenenarlo de egos y arrastrarlo por el barro de las rencillas internas, y pasado un tiempo prudencial reaparecer con gesto solemne para ofrecerse de nuevo como salvador. Lo que se dice incendiar la casa y volver para venderte los extintores.
Así es Gabriel Rufián e Irene Montero. Dos nombres que ya no sorprenden, son amiguetes. Y van ahora a dar charlas por toda esa España que odian, con el lema de unidad, resistencia, y regeneración democrática. Y que te olvides de quiénes han sido, qué han hecho y, sobre todo, qué han deshecho. Cuando hablan de unidad hablan de ellos. De su espacio. De su supervivencia. Del próximo cargo. Del siguiente escaño. Del micrófono. Del plató. De la cuota de poder. Tú le importas un pimiento de plástico.
¿Recuerdas aquello de la nueva política que venía a asaltar los cielos? Pues resulta que los cielos quedaron intactos, pero ellos cambiaron de moqueta y el empezó a usar traje y a un estilista, -ella no se- y desde ese momento el objetivo dejó de ser cambiar el sistema para convertirse en no salir de él. El poder engancha, la visibilidad envicia y el dinero público administrado desde un escaño resulta bastante más confortable que vender libros, pasar productos por la caja o llevar un taxi. Aunque, lo grave no es que quieran seguir. Eso lo entiendes tú y lo entiendo yo. Lo grave es que lo presenten como sacrificio heroico. Y que todavía haya quien les aplauda.
Rufián me cae bien, es un tio hábil para la frase. Maneja el impacto rápido, el titular corto, la ocurrencia que se consume con facilidad en redes. Y vacila con Vito Quiles. Y es ocurrente como por ejemplo cuando dijo que prefería llenar TikToks antes que bibliotecas, mucha gente lo leyó como una frivolidad. Yo lo leí como una confesión. Dijo exactamente lo que es: política en formato clip, ideología reducida a impacto de pantalla. No importa tanto pensar bien como sonar fuerte. No interesa tanto convencerte como viralizarse. Platón distinguía entre el político y el sofista: el primero busca el bien común, el segundo solo busca parecer que lo busca. Rufián resolvió esa distinción hace tiempo y no precisamente a favor de Platón. Es legitimo, pero con eso y todo caza a tontos y con eso escaño.
Irene Montero sigue en lo suyo. Esa teología política donde no se argumenta, solo predica. No se convence, se clasifica a todos y todas y todes, los que no piensen como ella. No se debate, se expide doctrina. Si alguna vez has discrepado de su línea en público, ya sabrás lo que pasa: no te rebaten, te diagnostican. Recuerda a Casandra, aunque al revés: Casandra decía la verdad y nadie la creía. Montero dice lo que le conviene y todavía hay quien se lo toma como profecía. Esa ha sido una de las grandes taras de una parte de la izquierda reciente: tratarte no como a un adulto al que se persuade, sino como a un alumno al que se corrige o a un pecador al que se amonesta. Una pena, porque la izquierda, igual que el centro y la derecha, hacen falta.
Y el resultado ya lo estás viendo. Quienes presumían de nueva política han terminado convertidos en lo viejo con peor carácter. Si fracasan, la culpa siempre es del contexto, de los medios, del adversario, del traidor interno o de la insuficiente pureza de los aliados. Nunca de ellos. Nunca de su soberbia. Nunca de su incapacidad para convivir con quien no se arrodilla ante su catecismo y es su adorador.
Y sin embargo, hay gente de la tuya, gente normal, que sigue instalada en el engaño. Ese es el fenómeno que de verdad me fascina. El político embauca: para eso lo es. Conmigo lo intentaron el otro día en el palco de un partido de futbol. Pero hay gente que insiste en ser engañado una y otra vez y eso hay que hacerlo mirar clínicamente.
Estos ven el oportunismo y lo llaman compromiso. Ven la defensa del sillón y la confunden con resistencia. Ven el privilegio reciclado y lo celebran como coherencia ideológica. Es la caverna de Platón actualizada: sombras en la pared, y gente que prefiere quedarse mirándolas antes que darse la vuelta. Porque no vuelven a Cuba y le preguntan.
Y ahí es donde vuelve la frase del azucarillo. Que sea o no de Churchill importa menos de lo que parece. Los animales, por simple instinto de supervivencia, no suelen dejar que un idiota lidere la manada. Nosotros, en cambio, hemos sofisticado tanto la estupidez colectiva que no solo la toleramos, sino que además la premiamos con votos, aplausos y superioridad moral.
Tal vez por eso ya no hace falta buscar extraterrestres en la Luna. Los tienes al lado. No vienen en naves ni lanzan rayos de colores. Publican en redes, comparten consignas, acuden a mítines y siguen creyendo que los mismos que trocearon su espacio político y se acomodaron en el privilegio institucional son ahora los llamados a regenerarlo todo. Son como Sísifo, con la diferencia de que Sísifo al menos sabía que la piedra volvería a caer. Estos todavía creen que esta vez llegará arriba. La fe mueve montañas, ya se sabe. En España además rellena urnas.
Lo más irritante del asunto no es siquiera Rufián ni Irene Montero. Eso entra dentro del oficio. Lo verdaderamente irritante es la persistencia del autoengaño. Esa negativa obstinada a admitir que detrás de tanto gesto grandilocuente no hay ninguna causa histórica, sino una defensa muy terrenal de intereses muy concretos. Mantener presencia. Mantener puesto. Mantener nómina.
Mientras tanto, tú sigues a lo tuyo: pagando impuestos, soportando alquileres, viendo cómo la política se degrada hasta parecer un casting de iluminados que llegan para salvarnos. Y esperando, con la paciencia que da la resignación, los regalos que nos trae la familia Sánchez de sus viajes a China. Que para eso estamos: para recibir.
Por eso digo que los extraterrestres existen. No porque Rufián e Irene Montero sigan representando esta función. Lo verdaderamente alienígena es que todavía haya quien les crea. Que después de la impostura, del fracaso y del acomodo, aún haya ciudadanos dispuestos a tragarse la misma mercancía con etiqueta nueva.
Rufián se pregunta por qué un cajero de Mercadona vota lo mismo que Roig. Legítima pregunta. La mía es más sencilla: ¿cómo es posible que todavía haya gente que os vote a ti y a Montero? Aunque pensándolo bien, la respuesta también es sencilla. Seguir en política es lo que os interesa. Poderoso caballero es don Dinero.
Extraterrestres, amigos míos. No hay que ir a la Luna a buscarlos. Están aquí. Entre nosotros y a veces votan.
Los animales, al menos, se ahorran ese ridículo. ¿verdad Churchil?







