El discurso de Navidad de Felipe VI ha vuelto a servir de combustible para que las formaciones independentistas catalanas, ERC y Junts, reactiven su ofensiva retórica contra la Jefatura del Estado. En una coreografía de críticas que ya se ha convertido en tradición tras el 24 de diciembre, Oriol Junqueras y Jordi Turull han coincidido en señalar al monarca no solo como una figura ajena a la realidad catalana, sino como el principal agente de la crispación que el propio Rey instó a erradicar en su alocución.
La dureza de los calificativos empleados marca un nuevo hito en el distanciamiento institucional. Desde las filas de Esquerra Republicana, Junqueras ha recuperado la memoria del 1 de octubre para lanzar un ataque frontal, tildando a Felipe VI de ser un caso excepcional en el marco europeo por, según sus palabras, aplaudir y animar el uso de la fuerza contra ciudadanos que pretendían votar. Esta visión presenta al Rey como un actor cómplice de la represión, vaciando de contenido su papel de moderador y árbitro de las instituciones.
Por su parte, Junts per Catalunya ha optado por el desprecio directo. Jordi Turull, tras admitir que ni siquiera se molestó en escuchar el mensaje, calificó de surrealista la apelación real contra los extremismos. Para el secretario general de Junts, el Rey encarna precisamente aquello que critica, situándolo como el perfil más radical contra la convivencia democrática. La estrategia de los de Puigdemont es clara: invalidar la autoridad moral de la Corona mediante el recuerdo del discurso del 3 de octubre de 2017, al que acusan de ser el punto de partida del a por ellos judicial que todavía hoy denuncian.
Lo que subyace tras esta pirotecnia verbal es una táctica política que busca capitalizar lo que ellos denominan la debilidad del Estado. Mientras el Rey apelaba a la Constitución como el único camino para la convivencia y la estabilidad, el independentismo responde cerrando filas en su negativa a aceptar el marco constitucional. Junts, de hecho, no oculta su intención de aprovechar cualquier síntoma de fragilidad institucional para maximizar sus objetivos políticos en Madrid, alejándose de cualquier voluntad de entendimiento con la Zarzuela.
Las reacciones de ERC y Junts confirman que el Rey sigue siendo el blanco preferido para escenificar la ruptura. Al calificar al jefe del Estado como un extremista, el independentismo intenta invertir los términos del debate político, presentándose como la verdadera opción democrática frente a una institución que, a sus ojos, ha perdido toda credibilidad y capacidad de interlocución en Cataluña.







