El «sí» a reanudar las negociaciones de adhesión de Islandia a la Unión Europea se impone por un margen muy estrecho en el referéndum celebrado este sábado, según los resultados provisionales conocidos en la madrugada del domingo. Con cerca del 60% de los votos escrutados, el apoyo a retomar las conversaciones con Bruselas se sitúa por delante del rechazo por apenas medio punto, en torno al 50,5% frente al 49,5%, en un recuento tan igualado que augura una espera larga hasta conocer el resultado definitivo. La consulta no es jurídicamente vinculante, pero el Gobierno de la primera ministra socialdemócrata, Kristrún Frostadóttir, se comprometió a respetar su resultado.
El mapa del voto dibuja una clara fractura entre el campo y la ciudad. El «no» se impone en las tres circunscripciones rurales del país, mientras que el «sí» gana en las dos en que se divide Reikiavik, donde reside la mayor parte de la población. En la circunscripción suroeste, la más poblada y correspondiente al área metropolitana de la capital, el rechazo tomó una ligera ventaja después de que ambas opciones partieran empatadas en el primer recuento. Alrededor del 65% de los 273.000 islandeses llamados a las urnas se concentra en esas circunscripciones del entorno de Reikiavik, lo que las convierte en decisivas.
Quedan por contabilizar los votos anticipados, que se escrutan en último lugar y representan cerca del 23% del censo, una bolsa lo bastante grande como para inclinar la balanza en cualquier dirección. La peculiar geografía islandesa complica además el recuento: con menos de 400.000 habitantes dispersos en 100.000 kilómetros cuadrados, las urnas deben trasladarse a los centros de escrutinio de cada circunscripción, en algunos casos a lo largo de 400 kilómetros, por lo que la Comisión Electoral Nacional no espera un resultado provisional con todo el voto contado hasta el mediodía del domingo.
Islandia solicitó el ingreso en 2009, golpeada por la crisis financiera que arrasó su economía, pero congeló las conversaciones en 2013 y las dio por aparcadas en 2015 con un Gobierno euroescéptico, si bien la Comisión Europea considera que nunca hubo una retirada formal de la candidatura. Un «sí» definitivo obligaría a Reikiavik a retomar unas negociaciones que podrían prolongarse un lustro, tras las cuales cualquier acuerdo debería someterse a un segundo referéndum.
La pesca ha vuelto a situarse en el centro del debate, como ya ocurriera hace una década. El sector representa cerca del 40% de la economía islandesa, y el temor a ceder a Bruselas el control sobre sus caladeros ha alimentado buena parte del voto contrario, en un país que recela de perder soberanía sobre sus recursos marinos. A favor del «sí» pesaron los argumentos económicos, como la aspiración de adoptar el euro para ganar estabilidad frente a la volátil corona y frenar una inflación del 5,6%, junto a razones geopolíticas: la imprevisibilidad de Donald Trump y sus amenazas sobre la vecina Groenlandia han acentuado la inquietud de los islandeses. El resultado se sigue con máxima atención en Bruselas, que ve en la consulta una oportunidad de recuperar el impulso ampliador diez años después del Brexit, y también en España, atenta a cómo la entrada de una potencia pesquera de primer orden podría alterar el reparto de cuotas en el Atlántico.






