Hay un ejercicio que recomiendo a quien quiera perder la fe en la superioridad moral de su propio bando y es tan simple como leerse a sí mismo, pero contado por un extraño. España lleva un tiempo sin atreverse a mirarse en ningún espejo, que no sea el que fabrique Sánchez.
Esta semana cayó en mis manos un artículo publicado en The American Spectator, revista estadounidense, en el que su autor -Itxu Díaz- retrata a España como una nación deslizándose hacia lo que él llama, sin excesivo pudor semántico, una “dictadura de extrema izquierda”. El texto repasa la amnistía pactada con los independentistas catalanes, la dependencia parlamentaria de Bildu y Junts, y la sospecha, ya bastante extendida incluso dentro de nuestras fronteras, de que las mayorías se fabrican, sin necesidad de votar.
No comparto el diagnóstico final del artículo -lo de “dictadura” es, me temo, más titular que realidad – por ahora- . En una dictadura de verdad no se podría leer artículos como el suyo, ni columnas de opinión como la mía, ni jueces que se atrevan a cumplir con el mandato constitucional. Y lo hacen aunque disgusten a veces a quien manda. Pero. No soy tan iluso para no pensar que el diagnóstico actual, el de la calidad institucional erosionada por la aritmética del sanchismo, no es un invento de la derecha americana, si lees su artículo, es -en verdad- una conversación que llevamos meses teniendo aquí en tertulias y foros, y sobre todo en la calle y en las redes.
Lo interesante no es que un articulista extranjero nos llame lo que nos llama. Lo curioso es que necesite recurrir a la hipérbole para describir algo que, contado sin adjetivos, ya resulta suficientemente inquietante y es que desde fuera nos ven como un sistema en el que la ley se legisla a medida del socio que sostiene la investidura, y en el que el Poder Judicial -ese tercer poder que Montesquieu quiso independiente y que aquí algunos lo quieren tratar como si fuera un ministerio más- pero se ha convertido en el árbitro de casi todo, incluido que es el único poder que puede salvarnos de dejar de tener el poder.
Cuenta Tucídides que la primera víctima de las guerras civiles griegas no fueron los cuerpos, sino las palabras. Y ojo aquí con la palabra – que se lo digan a Vito- la temeridad pasó a llamarse valor, la prudencia cobardía, y la moderación, mera excusa para no comprometerse. Leyendo según qué prensa extranjera – que lo suelo hacer- y según qué prensa doméstica sobre el mismo país, este que es España, un reino, uno entiende perfectamente de qué hablaba el historiador ateniense. Aquí “amnistía” es para una concordia y para otros prevaricación y ambos bandos citan al mismo Tribunal Constitucional según les convenga la sentencia.
Desconfío tanto del que me dice que esto es una dictadura como del que me jure que aquí no pasa nada. La verdad, como casi siempre en derecho, no está en el titular más vendible sino en la letra pequeña del articulado, que es precisamente la que nadie quiere leer. Ahora, como suelo hacer en mis columnas, no está de más recordar que a los romanos les bastaba con nombrar un dictador -cargo perfectamente legal, por cierto, previsto para las emergencias- sin que nadie se rasgara las vestiduras. Nosotros, en cambio, discutimos si la palabra se puede usar, mientras la institución que debería vigilarnos de verdad -los jueces y su consejo- se dedican a discutir turnos, cupos y sensibilidades territoriales. Sanchopancesco, que diría el manco de Lepanto: mucho ruido de ínsulas y poco gobierno de Barataria. Y que gane España.






