domingo, 9 agosto,2026

El club del futuro, los accionistas de siempre

Hablaba con un viajero que vino a visitarme al Pico desde Londres y me comentaba cómo había podido averiguar, desde mi cueva, que un vecino suyo era el máximo accionista del equipo de uno de los antiguos menceyatos de Anaga.

Me comentaba que en los nuevos menceyatos de la isla se hablaba de que había llegado un Mencey de Taoro a la conquista de un equipo de eso que llaman fútbol, y yo le respondía que en épocas precoloniales aún éramos de palabra, pero que ahora, al no fiarse unos de otros, solo lo grabado en fuego tenía fuerza de ley.

Yo le explicaba que, cuando hablé allá por el 5 de julio sobre el estadio que muchos quieren en la parte de abajo del Menceyato de Anaga, que ahora llaman Santa Cruz, pero para el que ni tienen las perras ni tienen el espacio, los nuevos pobladores de la zona estaban contentos con el Mencey del Norte, quien, con sus hechizos, logró ganarse el respeto, pero que aún no ha cerrado el acuerdo ni transmitido sus prestaciones a quien posee la mayoría de ese llamado Club.

No es menester recordar que el mayor accionista, de profesión ajedrecista, es capaz de jugar dos y tres partidas a la vez con todos y solo él sabe con quién pactará. Se cobra las traiciones, se crece en las adversidades, pero también está acostumbrado a tratar con quienes creen que hacen magia. Ya no esconde que sus pactos han sido incumplidos ni que no ha cobrado, pero se sabe en una partida ya sin caballos y algún alfil, pero con torres, reina y reyes.

Sabe que en su propiedad se huelen los problemas, las luchas de poder, de representación y de imagen, y ahora tiene un doble poder: si el Mencey de Taoro no le paga, todos sabrán no solo que perderá su entrega a cuenta, sino que primero debían cobrar los de allá de los mares y, sobre todo, los de la “Ruta de la Sela”; pero, si cobra en menos de dos años, habrá vencido a sus otros enemigos del Menceyato de Anaga que convivían con él y podrá salir de una inversión que pudo ser ruinosa por su valor y situación económica, pero firmó un precio con suficiente antelación para que no le afectaran los vaivenes deportivos.

Ese deporte es así: estás en el foso y eres el pupas; estás en la élite y eres el mejor. Pero lo bueno que tiene Mr. London es que sabe lo que cobrará en todo caso y no le afectaría en nada cualquier futuro problema, salvo que sus antiguos enemigos del menceyato den una sorpresa tras haberse sometido a los designios judiciales, en los que, quizás, el tiempo y los años juegan en contra del Mencey de Anaga y de Taoro, porque cualquier infortunio económico o deportivo ya no podrá ser achacado a nadie.

Taoro va en serio con su magia, London es escéptico y el carnicero espera que le paguen su suministro, pero, mientras tanto, London tiene lo suyo y en ningún caso perderá su credibilidad, pues quien promete comprar no solo dio su palabra, sino que lo firmó, pero debe pagar, siempre y cuando el dinero que se le dio no tenga que volver por la Ruta de la Sela.

En estrategia se puede competir de diversas maneras, pero, si mientes a tus consumidores fanáticos y los decepcionas, no volverás a tener otra oportunidad en el mercado (Rakan dixit).

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LECTOR AL HABLA