Leía estos días, utilizando la wifi que me llega entre retamas del Parador al Pico, que a un Club, compuesto por una sección masculina y al que se le quitó parte de su sección femenina para traer otra del Sur de la isla por parte de un Mencey del Norte, y que era fruto de un acuerdo de compraventa de acciones, ahora no se le deja viajar por imposición del que dice ser su nuevo Mencey.
La verdad es que, mientras paseaba por Siete Cañadas y me dirigía a Guajara, tuve que sentarme a recapitular y recapacitar porque no entendía lo que decían aquellos que tanto quisieron y presionaron para que ese Club del Sur se cargase lo que ya había y que, además, jugara en el Estadio que tanto discuten ahora dónde ubicar. De hecho, el haber sido detectado el trato y acuerdo por el cual el Mencey del Norte se quedaba con las acciones de un carnicero del Sur, debiendo comerse también su Club del Menceyato de Abona y sus pérdidas, para así no poner tanto o más dinero en el mismo, fue quizás la obligación más significativa del contrato, pero no la finalidad.
Entonces, en una de las ocasiones, me levanté, miré hacia Pico Viejo, por donde suelen venir los más osados tras subir los regatones negros, y entendí en parte la jugada del Mencey del Norte, quien, tras limpiar el Club de los mismos de siempre, sin ser realmente el socio mayoritario ni poder pagarlo, tiene como último fin cargarse dicha sección femenina, traída por la simple y única necesidad de cumplir con un contrato que firmó escondido en sus tierras para que el Mencey de Abona, carnicero de profesión, le vendiese sus acciones.
El Mencey del Norte les dijo: «Vengan al estadio que todos quieren y creamos un superclub. Yo les compro poco a poco sus acciones en el Club de todos, pero con los mismos accionistas de siempre, y me quedo con vuestras pérdidas, pero jugáis con mi escudo». Claro está, el Mencey del Sur le dijo: «¡Por supuesto! Tú me compras mis acciones en el Club de todos por unos 3 millones y te quedas con mis pérdidas del Club del Sur, además de que no pongo un euro más y me pagas poco a poco, pero echas a aquellos que no quieran dicha fusión porque conocen mi situación económica y el trato». Mientras, todos los medios lo bendecían por miedo a que el Mencey del Norte se enfrascara en una Matanza para la historia, y no solo la encabezada en su día por Bencomo y Tinguaro contra los hombres de Alonso Fernández de Lugo.
El problema llegó cuando, tras la entrega de una cueva donde Isabel la Católica, por parte del Mencey del Norte, como pago a cuenta de la compra de esas acciones, no pudo pagar más, lo que hizo que el Mencey de Abona le exigiera el pago y le presionara hace poco, siendo en ese momento cuando el Mencey del Norte, conocido por su magnífica gestión en los trueques, sobre todo de cabeza por cabeza, les dijera: «Pues ahora no viajáis a jugar vuestro partido en los territorios cercanos a la España castellana y os presiono publicando historias para no dormir que algunos trasnochados compran por miedo a una nueva Matanza y, para limpiarme las manos, digo que la orden llegó directa de Isabel la Católica, aun sin conocerla yo mismo».
Cuando los accionistas de siempre, que saben todo, leyeron lo que ahora llaman mail y que antes enviaban mediante palomas u otras aves, que publicó un medio de comunicación, donde un siervo del Mencey del Norte decía que el mayor accionista del Club les negaba jugar cerca de la España castellana, todos dieron certeza a la realidad percibida: el Mencey del Norte no ha pagado al carnicero del Sur, salvo la cueva, y ahora le pide tiempo o sacrificará a las princesas de Abona. Y todo ello porque, como dijo Rakan allá de los Mares, en estrategia se puede competir de diversas maneras, pero, si mientes a tus consumidores fanáticos y los decepcionas, no volverás a tener otra oportunidad en el mercado, y se han dado demasiadas cosas gratis al Mencey del Sur a costa del Club de todos, con los accionistas de siempre.
Mientras, en el poblado duermen o callan, pero todos saben que ya el Mencey del Norte no está fuerte en los trueques ni cumple, salvo que le hayas dejado la puerta abierta para que te venda como ganado.






