Si alguien busca la definición gráfica de la indolencia institucional, basta con observar el contraste de imágenes: mientras Ceuta se asfixia desbordada por la presión migratoria y clama por una respuesta de Estado, el presidente del Gobierno prepara las maletas para embarcar en el Falcon rumbo a su residencia de La Mareta e iniciar sus vacaciones veraniegas. A cada cual, sus prioridades.
En la ciudad autónoma, la desesperación ha pulverizado cualquier trinchera partidista. Todas las fuerzas políticas han tenido que unir su voz en un grito unánime de auxilio. No solicitan parches burocráticos ni la Ley de Protección Civil – la coartada técnica a la que se agarra el Ejecutivo para eludir el problema –; exigen de manera inequívoca la activación de la Ley de Seguridad Nacional. Cuando las infraestructuras de acogida colapsan, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado operan al límite de sus capacidades y la gestión local salta por los aires, no estamos ante un repunte coyuntural: estamos ante una crisis de Estado en toda regla.
¿La respuesta de la Moncloa? Silencio, cinismo y distancia.
A este colapso en la frontera sur se suma el bochorno diplomático fuera de nuestras fronteras. La inacción y la falta de rumbo del Gobierno en la custodia de los límites comunitarios han colmado la paciencia de nuestros socios europeos. El anuncio de Italia de evaluar la suspensión del Espacio Schengen con España deja al descubierto la deriva del sanchismo: mientras otros países aplican firmeza, orden y alianzas estratégicas para defender sus fronteras, la diplomacia española opta por el aislamiento, convirtiendo a nuestro país en el eslabón débil de la Unión.
A los canarios – que sufrimos desde hace años la conversión de nuestras islas en el muro de contención de la pasividad migratoria del Gobierno central – este ejercicio de escapismo nos resulta bastante común. El presidente no acude a Canarias a abordar el drama de la ruta atlántica ni a mirar de frente a quienes trabajan a pie de muelle; utiliza nuestra tierra como un resort privado, atrincherado en un palacio de patrimonio público mientras el mapa fronterizo de España se resquebraja a pocos kilómetros.
Resulta lamentable comprobar cómo un Gobierno implacable a la hora de aprobar decretos por rodillo legislativo para blindar su arquitectura política, se vuelve repentinamente impotente, dócil e inoperante cuando debe tomar decisiones drásticas para proteger el territorio y garantizar un control migratorio digno. Se prodigan discursos grandilocuentes sobre solidaridad desde los despachos de Madrid, pero la factura de la realidad la pagan los ciudadanos de Ceuta, los de Canarias y unos agentes de la autoridad abandonados a su suerte.
La soberanía y la seguridad de un Estado no admiten el “modo avión” porque el jefe del Ejecutivo decida desconectar en Lanzarote. Un país serio no abandona a sus ciudadanos en la frontera ni pierde el respeto de sus aliados europeos.
Exigir fronteras seguras, dotación real de recursos y contundencia legal no es una proclama radical: es estricto sentido común, es defender la dignidad de quienes arriesgan su vida en el mar y es preservar la estabilidad de nuestra tierra.
Porque un país no se lidera a golpe de titular forzado. Canarias no es un balneario, Ceuta no es un plató de televisión y España no se gobierna con la maleta de playa en la mano. Volar a la frontera, poner cara de circunstancias y salir corriendo a Lanzarote no es resolver una crisis: es puro postureo. Por muchas paradas técnicas que haga para salvar los titulares, la foto del sanchismo es irrefutable: Ceuta muriendo de asfixia y Sánchez deseando tumbarse en la hamaca.






