Hubo un tiempo en que la política española parecía sostenerse sobre un pacto tácito de civismo, una confianza mínima en las instituciones y una idea compartida de convivencia. Hoy, sin embargo, asistimos a un fenómeno desconcertante: un gobierno que no defiende su propia soberanía, que avanza hacia forma de concentración del poder que parecen propia del estatalismo más rígido; ministerios convertidos en agencias de colocación para familiares y socios; actividad económica que se confunde con ajuste financieros de particulares con carrera diplomáticas; y una sociedad que, aturdida, parece vivir en trance. Esa es la cuestión: ¿Cómo hemos llegado a este punto? ¿Cómo es posible aceptar, casi sin resistencia, ser súbdito de una política que en principio rechazamos? Hubo un tiempo, hubo de verdad, un tiempo en que parecía imposible volver a preguntarse si era mejor callar o decir la propia opinión, si era mejor callar o decir con total espontaneidad el rey está desnudo.
Giorgio Agamben, filósofo italiano conocido por su análisis del poder contemporáneo y por su reflexión sobre el poder como medio sin fin, explicó que las democracias pueden deslizarse hacia un estado de excepción normalizado, donde la ciudanía se acostumbra a delegar su poder en nombre de la seguridad, la estabilidad o la protección. Y ahí está la trampa: la excepción se vuelve habito, y la obediencia deja de ser un acto consciente para transformarse en una disposición automática. La política ya no gobierna, lo que hace es administrar cuerpos, gestionar miedo y organizar la vida como si fuera un expediente. Pero Agamben añadió algo más inquietante: la figura del refugiado de masa.
No el refugiado clásico que huye de un país, sino el ciudadano que, dentro de su propio Estado, pierde progresivamente su lugar político. Es alguien que ya no pertenece del todo a la comunidad, que vive en un limbo jurídico y moral, que es administrado, pero no representado, protegido, pero no escuchado. El refugiado de masa somos todos nosotros que vivimos en una democracia que ha dejado de ser espacio de participación para convertirse en espacio de gestión. Todos los ministros hablan de gestión, de buena gestión, somos todos ceutís abandonados, refugiados en nuestro propio país.
¿Como hemos llegado aquí? Max Weber también nos lo dijo: “la ausencia absoluta de una relación voluntaria solo se da en los esclavos” Es una frase que exige detenerse en cada palabra porque cada palabra abre un escenario. Y Ortega también, “no existe la persona existe el usuario”. Usuario en mano, el administrador solo debe garantizar la visa para que el sistema siga girando sin que nosotros accedamos a él. El estado o el gobierno se convierten en tutores. La retórica de la protección social, legitima en su origen, ha desnaturalizado las ciudadanías. Hemos aceptado ser despersonalizados. Si con Hobbes cada individuo cedía pequeña porción de soberanía para que el Leviatán la tuviera en protección de todos, aquí hemos acabado entregando la esencia mismo de ser persona para que un Leviatán llamado democracia representativa todopoderosa administre en nuestro lugar. La tutela se ha convertido en dependencia y una vez normalizada es una sumisión. Ya no tenemos voluntad. Somos esclavos. ¿Cómo hemos llegado a ese punto? Quizá porque hemos confundido bienestar con libertad y la protección con ciudadanía, por eso aceptamos conceder ciudadanía, y hemos confundido, quizá, estabilidad con democracia. Y quizá, también, porque hemos aceptado que el conflicto político es ruido y debemos evitarlo para ser buen ciudadanos. ¿Cuántas veces hemos oído el llamado “hablar” en lugar de pensar, “dialogar” en lugar de criticar, “escuchar” en lugar de argumentar? Aprobar es conformarse. Si no eres conforme está en aquel limbo jurídico del refugiado, y conformarse es la nueva virtud publica. Y aquí resuena la frase demoledora: habéis construido un desierto y lo habéis llamado paz.
Calgaco denuncia así el imperialismo romano. Tacito dedica una página decisiva de su Agrícola al jefe britano que critica Agricola, gobernador de Britania y yerno del propio Tacito, con una reflexión potente sobre el poder imperial y sus excesos. Destruido todo el silencio es llamado paz, la obediencia es llamada paz.
Ninguna democracia se sostiene por la obediencia de refugiados de masa en su propio país. La pregunta ¿Cómo hemos llegado a ese punto? es solo el inicio. La verdadera cuestión es otra: ¿Cómo salimos de él?






